Aquel era un
pueblo feliz, de gentes buenas que respetaban las
costumbres, hacían sus labores en los navares y en los linares, pastoreaban los rebaños y vivían hermanados con los otros
pueblos de Babia, en los que nunca faltó el palo del pobre ni la clemencia para el caminante que buscase abrigo en la
noche helada.
Pero algo sucedió para que la desgracia asolase sus modestos muros, hundiera en la decrepitud aquellos fértiles parajes de generosas
fuentes, sellara el destino mortal de sus habitantes,
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