Bajo la peña del Murial amanecía el humo de los almuerzos en la
fiesta de
San Mamés. En todas las cocinas del
pueblo se calentaban los
hornos, crepitaban los piornos y las urces, a la espera de los panecillos amasados que el cura bendecería en la misa de la
ermíta. Un panecillo para cada miembro de la
familia que, una vez bendito, sería intercambiado entre los vecinos, unos a otros dándose la paz del
Santo, para luego ser comido en alegre
romería....................... ..................... (continuará)....