El
invierno acrecentó las nieves en la espesura de sus
noches.
Perdido por las sendas cabalgó don Genaro Yánez, aterido como el solitario vigía de la estepa, amoratadas sus manos y su semblante, donde las barbas se quebraban como carámbanos.
Durante varios días siguió algunos rastros reveladores, huellas marchitas en las blancas superficies del llano, con la concentración de alguna manada. Y alargó su búsqueda hasta el filo de la oscuridad, hasta el momento en que los ojos de las alimañas eran
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