Esta forma de medir el tiempo en base a la rutina a través de generaciones, empezó a entrar en crisis en el entorno temporal de la muerte de los abuelos. Eran representantes de la última generación que vivió plenamente integrada en el campo como medio de vida y que con sus hábitos y rutinas diarios mantenían un perfecto equilibrio con la naturaleza y llenaban su tiempo en quehaceres campesinos y ganaderos, encaminados principalmente a la subsistencia de las familias. Pero cometieron un error, aunque es cierto que totalmente justificado. Se empeñaron en que sus hijos tuvieran una vida mejor, ya fuera estudiando o buscando un trabajo menos esclavo que el suyo. Y con gran esfuerzo y la constancia que les caracterizaba, lo consiguieron plenamente. Hoy todos llevamos reloj y corbata o mono de repartidor de algo, pero desconocemos aquellas rutinas de siempre que regían el tiempo y se traducían en, por ejemplo, disponer de mantequilla para untar el pan y que hoy obtenemos de los anaqueles de los supermercados sin siquiera saber cual ha sido el proceso de su obtención.
Con el fin de estas rutinas, la única forma que nos queda de medir el tiempo es el reloj. Antes se deseaba tener tiempo para completar las innumerables tareas que te permitían subsistir. Hoy reivindicamos tener tiempo libre para el ocio. Hasta que te quedas parado y el ocio es permanente.
Conocí aquel territorio pleno de actividad y cada vez que tengo ocasión de visitarlo es más evidente su decadencia y abandono. Los caminos han desparecido colonizados por robles y escobas y el río no tiene orillas, invadidas por alisos y salgueros. Siempre he oído que el tiempo lo cura todo, pero en este caso, ante la falta de actividad humana, es obvio que el tiempo empeora lo que no se cuida. También es cierto que el tiempo termina permitiendo que casi cualquier cosa pueda suceder: en casa de Selima he visto una enorme foto de un ufano Maxi junto a Joan Manuel Serrat que un día estuvo allí metiéndose entre pecho y espalda un cocido leonés. Quien iba a decir que con el tiempo hasta Serrat cenaría en un pueblín como Vega. El tiempo. Al tiempo se le puede achacar cualquier cosa. Incluso que a cada uno de nosotros nos vaya dejando sin tiempo.
Toda la vida he tenido relojes de medio pelo hasta que me jubilé y mis compañeros me regalaron un librito lleno de frases cariñosas y laudatorias (incluso he creído ver la dedicatoria de alguno que me había apuñalado cordialmente por la espalda meses atrás) y un excelente reloj TAG Heuer que marca los segundos implacablemente. A la vejez, viruelas.
Ahora que no tengo prisa para casi nada, dispongo por primera vez en mi vida de una herramienta muy precisa para medir el tiempo, mientras espero mi última rebanada de gelatina sin prisa. ¿Llegará a la hora de Las Diez o a la hora del Ángelus? Puede que llegue a la hora de las ovejas. Pero, …… ¿qué ovejas?. Sea cual sea la hora, con mi TAG Heuer podré tomar nota de los segundos que me concede la señora de la guadaña, dueña absoluta del tiempo de todos nosotros, para tomar conciencia de que ya no seré.
http://lembranzas. wordpress. com/2013/05/10/la-hora-de-las- ovejas/
Con el fin de estas rutinas, la única forma que nos queda de medir el tiempo es el reloj. Antes se deseaba tener tiempo para completar las innumerables tareas que te permitían subsistir. Hoy reivindicamos tener tiempo libre para el ocio. Hasta que te quedas parado y el ocio es permanente.
Conocí aquel territorio pleno de actividad y cada vez que tengo ocasión de visitarlo es más evidente su decadencia y abandono. Los caminos han desparecido colonizados por robles y escobas y el río no tiene orillas, invadidas por alisos y salgueros. Siempre he oído que el tiempo lo cura todo, pero en este caso, ante la falta de actividad humana, es obvio que el tiempo empeora lo que no se cuida. También es cierto que el tiempo termina permitiendo que casi cualquier cosa pueda suceder: en casa de Selima he visto una enorme foto de un ufano Maxi junto a Joan Manuel Serrat que un día estuvo allí metiéndose entre pecho y espalda un cocido leonés. Quien iba a decir que con el tiempo hasta Serrat cenaría en un pueblín como Vega. El tiempo. Al tiempo se le puede achacar cualquier cosa. Incluso que a cada uno de nosotros nos vaya dejando sin tiempo.
Toda la vida he tenido relojes de medio pelo hasta que me jubilé y mis compañeros me regalaron un librito lleno de frases cariñosas y laudatorias (incluso he creído ver la dedicatoria de alguno que me había apuñalado cordialmente por la espalda meses atrás) y un excelente reloj TAG Heuer que marca los segundos implacablemente. A la vejez, viruelas.
Ahora que no tengo prisa para casi nada, dispongo por primera vez en mi vida de una herramienta muy precisa para medir el tiempo, mientras espero mi última rebanada de gelatina sin prisa. ¿Llegará a la hora de Las Diez o a la hora del Ángelus? Puede que llegue a la hora de las ovejas. Pero, …… ¿qué ovejas?. Sea cual sea la hora, con mi TAG Heuer podré tomar nota de los segundos que me concede la señora de la guadaña, dueña absoluta del tiempo de todos nosotros, para tomar conciencia de que ya no seré.
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