MANZANEDA DE OMAÑA: A falta de la abuela, experta en partos propios y ajenos,...

A falta de la abuela, experta en partos propios y ajenos, Benilde y la madre de Almudenina oficiaron de comadronas. No se si lo habían hecho antes, pero habían visto parir a vacas y otros animales domesticos tantas veces que alguna idea tendrían de cómo sacar a la luz lo que viniera, mientras luchaban por apartarme a mí de la cama a la que pretendía subirme a toda costa para estar presente en el acontecimiento que estaba teniendo lugar y que parecía ser interesante, a juzgar por los gritos de mi madre y las carreras y el alboroto de las dos ayudantes.

A nadie se le ocurrió mandar recado a mi padre pues tardaría más de dos horas en presentarse en casa cuando ya sería tarde y, probablemente, no quedaba nadie disponible en el pueblo que pudiera hacer de mensajero. Mi padre llegó cuando todo había terminado y yo ya no estaba en casa, pues Benilde me había llevado con ella para que esa noche no diera la lata. Cuando mi padre le preguntó a mi madre a que hora había nacido Loli, la respuesta fue: “A la hora de las ovejas”, refiriéndose a esa hora imprecisa pero que a todos nos sugería un momento inequívoco del día, que siempre sucedía a la misma hora. Era el instante en que las ovejas entraban en el pueblo impacientes, precedidas de un rumor de balidos y esquilas después de todo un día pastando en el monte. Alguien que se hubiera situado con su reloj a la entrada del pueblo cuando aparecían las ovejas, habría constatado que las agujas del voluble artefacto cada día marcaban una hora distinta. Todos los demás tendríamos claro que las ovejas llegaban siempre a su hora, como sucedía todos los días desde tiempo inmemorial.

Ahora todo el mundo tiene reloj, puede ver la hora en el móvil o en el ordenador o en cualquiera de las pantallas distribuidas por la casa y la ciudad. Así es fácil acordar una cita a las cuatro de la tarde, una hora tan precisa como aséptica. Todos los relojes marcan la misma hora en el mismo instante, siendo el reloj el que determina cada momento del día.

En la época a que me refiero eran los acontecimientos repetidos desde tiempo ancestral por la comunidad, los que marcaban la hora del día con la misma determinación que ahora lo hacen los relojes. La hora de las ovejas era, ni más segundos ni menos, cuando las ovejas aparecían en la cimera del pueblo entre una nubecilla de polvo y dejando el camino sembrado de bolitas negras, con prisa por amamantar al corderillo que había quedado en el corral todo el día.

Con la misma precisa imprecisión con que mi madre fijó la hora en que nació mi hermana, a lo largo de siglos de rutina se había dividido el día en momentos singulares que, sin reloj de por medio, todos sabíamos cuando acontecían. La costumbre y pequeños indicios nos hacían prepararnos con antelación para estar listos si era nuestra responsabilidad estar presentes o simplemente como mirones. Recuerdo varios ejemplos.

Uno de estos momentos era”Las Diez“. Casi siempre sin haber desayunado, los segadores de la yerba o del pan salían al amanecer hacía los prados o las tierras del centeno. A fuerza de riñones iban echando abajo con el guadaño la yerba en marallos paralelos o agrupando en haces las espigas que habían cortado con sus hoces, encorvados como si fueran animales de cuatro patas. De cuando en cuando un descanso para estirar la espalda mientras afilaban el guadaño o echar un trago de la bota de vino, para continuar con la interminable faena mientras las tripas empezaban a reclamar algo con que reponer las fuerzas consumidas en cada golpe de guadaño o de hoz. A eso de las diez de la mañana alguien de la casa aparecía trayendo “Las Diez“, la primera comida del día. Podía ser una marmita con leche fresca, pan, mantequilla o queso, chorizo, algo de jamón o cecina, amén de un botijo con agua recién traída de la fuente y otra bota de vino o un poco de cuajada para apagar el ardor que producía el vino por la pez de los pellejos. Los segadores dejaban la tarea, se erguían con dificultad y acudían renqueando a la sombra del chopo o rebollo más cercano donde el portador de “Las Diez” había extendido las viandas. Era momento de reponer fuerzas y dar un descanso a los riñones, mientras se escrutaba el cielo por si aparecía alguna alarmante nubecilla. Entretanto ellos comían, el portador de “Las Diez” se dedicaba a deshacer los marallos extendiendo la hierba para que se secara al sol. La importancia de “Las Diez” hacía que solo se confiase como porteador a personas con juicio suficiente para no derramar la leche o romper el botijo en recorridos casi siempre dificultosos, monte arriba y abajo o cruzando el río como un equilibrista sobre las piedras pasaderas. La hora de las diez, dijera lo que dijera el reloj, era cuando llegaba la comida denominada “Las Diez“, que debía su nombre a que solía aproximarse a cuando el reloj marcaba esa hora. Terminado el refrigerio, los segadores liaban un cigarrillo que fumaban pausadamente antes de enderezarse con trabajo para continuar con la faena hasta el mediodía.