Mi padre acudió al corral y le dijo que el caballo no podía quedarse allí pues había muchos niños en la casa y el equino podía contagiarles alguna enfermedad. A don Marcelo le surgió la vena autoritaria familiar y sacó a relucir la frase ritual “No sabe con quien está hablando, soy fulano de tal, el caballo es un purasangre del Ejército, está vacunado contra todo tipo de enfermedad contagiosa y el señor alcalde me ha dado permiso para alojar mi caballo en esta casa“, sin parar mientes en que la casa no era del alcalde sino de las personas que tenía delante.
Parece que al conocer el alcalde los insignes apellidos del peregrino le dijo que podría dejar el caballo en las cuadras de la casa de mi abuelo, a la sazón vacías pues hacía años que ya no había vacas. En vista de que el tío Baldomino estaba de por medio se zanjó el asunto diciéndole que podía dejar allí el caballo, aunque dejando traslucir que se hacía de muy mala gana por el tono tan despótico usado por don Marcelo, de forma que cuando preguntó donde podía dejar la silla recibió por respuesta un “déjela usted por ahí“. Quitó la silla al caballo y la dejó desafiante sobre los tadonjos del carro que estaba en la parte cubierta del corral diciendo con tono amenazador “si se cae de ahí la silla, tomaré medidas“.
A mi padre y al tío Balbino se les llevaban los demonios por tener que aguantar aquellas maneras que hacían del acto de hospitalidad una imposición. Ya anochecido aún seguía la trifulca hasta el punto que Susana, mi hermana pequeña que dormía en la primera planta sobre el corral, se despertó al oír el alboroto. Se asomó con precaución a la ventana y vio en el corral al peregrino rodeado de mi padre, tío Balbino, mi madre y alguno más que discutían con el caballero afeándole sus maneras, pese a lo cual él no se achantaba ni pedía disculpas ni agradecía nada. Susana vio los ánimos tan exaltados que cree que faltó poco para que ante tanta desfachatez le tiraran al río, pues ya se sabe que en Vegarienza a los caballeros andantes no se les mantea sino que se les echa al río. Mientras el peregrino Fraga aseaba los cascos a su montura en la cuadra y llenaba el pesebre con hierba del pajar del alcalde, parece que se apaciguaron los ánimos aunque no le dieron ni las buenas noches cuando salió bufando hacia casa de don Eloy el cura donde pasó la noche.
A la mañana siguiente no se que otras lindezas dijo y hubo otro conato de bronca. Menos mal que don Marcelo al barruntar que la gente de la casa no estaba para más bromas se apresuró a ensillar al purasangre, se caló el sombrero, montó sin más dilaciones y enfiló la puerta del corral sin despedirse, con gran alivio de los presentes.
No se si el caballo era de natural inquieto o se contagió de su dueño que se había alterado por la bronca con mi familia, el caso es que al llegar a la carretera el jinete fue incapaz de dirigirlo carretera arriba hacía Villablino, medio se encabritó e intentó subirse por las peñas de al lado de la casa de Nela, por donde seguro que no hubiera llegado a Santiago sino a Pico Pelao y Babia. Al llegar al puente de piedra sobre el Baltaín el caballo con la tozudez característica de los purasangre se negó a pasar, hasta que el rojazo de Manolón le condujo por las riendas hasta el otro lado, seguramente ignorante de que ayudaba al hermano de un ministro de Franco, pues de haberlo sabido en vez de ayudarle a franquear el puente don Marcelo hubiera terminado en el río con caballo y equipo. Todo invitaba a pensar que aquel día de peregrinaje se presentaba complicado.
Siguiendo con las suposiciones, no se si don Marcelo Fraga pararía en casa de Selima para cumplir con el trámite de sellar la compostela, enterándose por los presentes que no encontraría una fuente hasta Omañón, unos cuantos kilómetros más adelante. Con el caballo atado a la sombra de la casa de Floro y la poca prisa que caracteriza a aquellos peregrinos que piensan que más importante que llegar a la tumba del Apóstol es disfrutar del camino, seguramente decidió refrescar el gaznate antes de seguir camino y así aplacar el disgusto que le habían provocado aquellos pueblerinos que no atendían a jerarquías.
Debió de salir de casa Selima un poco perjudicado pues sino es difícil entender lo que pasó a la cimera del pueblo. Tras la casa del secretario la carretera da una curva pronunciada que provoca que muchos coches avisen de su paso tocando la bocina insistentemente por la poca visibilidad y no se si el caballo se asustó por esta circunstancia o el jinete iba distraído como solía y un poco ajumado o el purasangre se encabrito sin más como ya había hecho antes, el caso es que en un rebrinco caballo y peregrino cayeron al huerto del secretario.
Tuvieron que ayudarles a salir del huerto y el jinete, tan valiente un rato antes, se dolía del pecho y resultó que se había roto una costilla. No pudieron seguir camino y don Marcelo convaleció durante días en casa del cura, apareciendo por el pueblo su mujer y una hija que tuvo ocasión de disfrutar en las fiestas acompañada de mi hermano Fede. Ya se ve, los padres a la greña y los hijos confraternizando. Al cabo de unos días avisaron a alguien del Éjército y aparecieron por Vega varios militares con un camión que retornaron a León al purasangre, a aquel hombre engreído que sacaba a relucir a su hermano el ministro cada dos por tres y a su familia.
Parece que al conocer el alcalde los insignes apellidos del peregrino le dijo que podría dejar el caballo en las cuadras de la casa de mi abuelo, a la sazón vacías pues hacía años que ya no había vacas. En vista de que el tío Baldomino estaba de por medio se zanjó el asunto diciéndole que podía dejar allí el caballo, aunque dejando traslucir que se hacía de muy mala gana por el tono tan despótico usado por don Marcelo, de forma que cuando preguntó donde podía dejar la silla recibió por respuesta un “déjela usted por ahí“. Quitó la silla al caballo y la dejó desafiante sobre los tadonjos del carro que estaba en la parte cubierta del corral diciendo con tono amenazador “si se cae de ahí la silla, tomaré medidas“.
A mi padre y al tío Balbino se les llevaban los demonios por tener que aguantar aquellas maneras que hacían del acto de hospitalidad una imposición. Ya anochecido aún seguía la trifulca hasta el punto que Susana, mi hermana pequeña que dormía en la primera planta sobre el corral, se despertó al oír el alboroto. Se asomó con precaución a la ventana y vio en el corral al peregrino rodeado de mi padre, tío Balbino, mi madre y alguno más que discutían con el caballero afeándole sus maneras, pese a lo cual él no se achantaba ni pedía disculpas ni agradecía nada. Susana vio los ánimos tan exaltados que cree que faltó poco para que ante tanta desfachatez le tiraran al río, pues ya se sabe que en Vegarienza a los caballeros andantes no se les mantea sino que se les echa al río. Mientras el peregrino Fraga aseaba los cascos a su montura en la cuadra y llenaba el pesebre con hierba del pajar del alcalde, parece que se apaciguaron los ánimos aunque no le dieron ni las buenas noches cuando salió bufando hacia casa de don Eloy el cura donde pasó la noche.
A la mañana siguiente no se que otras lindezas dijo y hubo otro conato de bronca. Menos mal que don Marcelo al barruntar que la gente de la casa no estaba para más bromas se apresuró a ensillar al purasangre, se caló el sombrero, montó sin más dilaciones y enfiló la puerta del corral sin despedirse, con gran alivio de los presentes.
No se si el caballo era de natural inquieto o se contagió de su dueño que se había alterado por la bronca con mi familia, el caso es que al llegar a la carretera el jinete fue incapaz de dirigirlo carretera arriba hacía Villablino, medio se encabritó e intentó subirse por las peñas de al lado de la casa de Nela, por donde seguro que no hubiera llegado a Santiago sino a Pico Pelao y Babia. Al llegar al puente de piedra sobre el Baltaín el caballo con la tozudez característica de los purasangre se negó a pasar, hasta que el rojazo de Manolón le condujo por las riendas hasta el otro lado, seguramente ignorante de que ayudaba al hermano de un ministro de Franco, pues de haberlo sabido en vez de ayudarle a franquear el puente don Marcelo hubiera terminado en el río con caballo y equipo. Todo invitaba a pensar que aquel día de peregrinaje se presentaba complicado.
Siguiendo con las suposiciones, no se si don Marcelo Fraga pararía en casa de Selima para cumplir con el trámite de sellar la compostela, enterándose por los presentes que no encontraría una fuente hasta Omañón, unos cuantos kilómetros más adelante. Con el caballo atado a la sombra de la casa de Floro y la poca prisa que caracteriza a aquellos peregrinos que piensan que más importante que llegar a la tumba del Apóstol es disfrutar del camino, seguramente decidió refrescar el gaznate antes de seguir camino y así aplacar el disgusto que le habían provocado aquellos pueblerinos que no atendían a jerarquías.
Debió de salir de casa Selima un poco perjudicado pues sino es difícil entender lo que pasó a la cimera del pueblo. Tras la casa del secretario la carretera da una curva pronunciada que provoca que muchos coches avisen de su paso tocando la bocina insistentemente por la poca visibilidad y no se si el caballo se asustó por esta circunstancia o el jinete iba distraído como solía y un poco ajumado o el purasangre se encabrito sin más como ya había hecho antes, el caso es que en un rebrinco caballo y peregrino cayeron al huerto del secretario.
Tuvieron que ayudarles a salir del huerto y el jinete, tan valiente un rato antes, se dolía del pecho y resultó que se había roto una costilla. No pudieron seguir camino y don Marcelo convaleció durante días en casa del cura, apareciendo por el pueblo su mujer y una hija que tuvo ocasión de disfrutar en las fiestas acompañada de mi hermano Fede. Ya se ve, los padres a la greña y los hijos confraternizando. Al cabo de unos días avisaron a alguien del Éjército y aparecieron por Vega varios militares con un camión que retornaron a León al purasangre, a aquel hombre engreído que sacaba a relucir a su hermano el ministro cada dos por tres y a su familia.