MANZANEDA DE OMAÑA: Publicado el 1 de marzo de 2013 por Emilio G. de la...

Publicado el 1 de marzo de 2013 por Emilio G. de la Calzada

La cocina de la casa de mis abuelos en Vegarienza era la estancia más amplia y el escenario por excelencia de la convivencia familiar. A pesar de su amplitud, cuando en verano nos reuníamos casi treinta personas era necesario hacer dos turnos de comida. El primer turno lo hacíamos los nietos que cuando volvíamos tiritando de nuestro baño en el pozo La Puente, ya teníamos los platos con las reconfortantes lentejas que nos devolvían algo de color a los amoratados labios. Al terminar de comer nos íbamos a las habitaciones de la planta alta para la siesta ritual y empezaban a comer los mayores. Finalizada la comida y el posterior fregoteo, las mujeres cerraban las ventanas y echaban con un pulverizador insecticida Flit para las moscas que no habían acertado a pegarse en las cintas pegajosas que se colgaban del techo a tal fin.

Tras una siesta corta, aquellas mujeres que no sabían o no podían permitirse estar quietas volvían a la cocina, abrían las ventanas para que se fuera el olor a insecticida y barrían del suelo los cadáveres de mosca. Con todo de nuevo en orden, la cocina se transformaba en taller de costura. Allí se congregaban la abuela Honorina, Dolores mi madre, la tía Milce, la tía Honorina, la tía Pilar y cualquier cuñada que pudiera estar por allí de vacaciones. Aunque la abuela y mi madre eran costureras avezadas, no en vano la abuela había vestido a sus diez hijos y mi madre seguía haciéndolo con su cuadrilla de once zangolotinos, quien llevaba allí la voz cantante era la tía Honorina. No se si había hecho algún curso de costura o de patronaje, pero todos los veranos aparecía con patrones nuevos que publicaban algunas revistas, que se añadían a los de veranos anteriores y servían de inspiración a buena parte de los vestidos y blusas que vestían.