Si nadie la quiere entera, habrá que venderla por letras
Hubo una vieja caja de ahorros, nuestra, de León, la caja, con su monte de piedad, para los casos de apuro. Eran los tiempos de pagar a tocateja y ahorrar a fin de mes lo que sobraba. O de apuntar en la libreta del tendero y el panadero y al vender el ternero se pagaba todo. Y lo que sobraba eran las ganancias.
Y con los ahorros y las ganancias iban a la caja. Allí quedaban bien guardados, por si acaso, para una enfermedad o una operación, para los hijos.
Así fueron al arcón de la caja las perras de aquí y allá, los ahorros de ganaderos y mineros, de agricultores y costureras, de cantineros y tenderos de ultramarinos.
Grano a grano se hizo un enorme granero. ¿Quién cuidaba del granero? Gente lista, se supone, los que saben.
Pero los granos que entraron de uno en uno salieron de carro en carro. Las perras que las mujeres llevaban en el bolso del mandil salían en maletas llenas, cerradas con llave.
Al abrir el arcón y ver que solo había telarañas se montó la tremolina. Y Mauricio, siempre atento, parece querer sugerirles la solución, recuperar aquella vieja fiebre de los años setenta cuando se puso de moda comprar frigoríficos, lavadoras y televisiones. Ante la pregunta del abuelo sobre cómo pagar le decían: “Abuelo, ahora se paga todo con letras”.
Ahí está. Como nadie la quiere entera, la van vendiendo por letras. A por la a.
http://www. lacronicadeleon. es/2013/02/19/fotografia. html
Hubo una vieja caja de ahorros, nuestra, de León, la caja, con su monte de piedad, para los casos de apuro. Eran los tiempos de pagar a tocateja y ahorrar a fin de mes lo que sobraba. O de apuntar en la libreta del tendero y el panadero y al vender el ternero se pagaba todo. Y lo que sobraba eran las ganancias.
Y con los ahorros y las ganancias iban a la caja. Allí quedaban bien guardados, por si acaso, para una enfermedad o una operación, para los hijos.
Así fueron al arcón de la caja las perras de aquí y allá, los ahorros de ganaderos y mineros, de agricultores y costureras, de cantineros y tenderos de ultramarinos.
Grano a grano se hizo un enorme granero. ¿Quién cuidaba del granero? Gente lista, se supone, los que saben.
Pero los granos que entraron de uno en uno salieron de carro en carro. Las perras que las mujeres llevaban en el bolso del mandil salían en maletas llenas, cerradas con llave.
Al abrir el arcón y ver que solo había telarañas se montó la tremolina. Y Mauricio, siempre atento, parece querer sugerirles la solución, recuperar aquella vieja fiebre de los años setenta cuando se puso de moda comprar frigoríficos, lavadoras y televisiones. Ante la pregunta del abuelo sobre cómo pagar le decían: “Abuelo, ahora se paga todo con letras”.
Ahí está. Como nadie la quiere entera, la van vendiendo por letras. A por la a.
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