MANZANEDA DE OMAÑA: Aquella mujer (u hombre) se casó con un olmo....

Aquella mujer (u hombre) se casó con un olmo.
Lo cuidó muy bien desde el primer momento. Le cambió el abono para sus raíces y le dosificó cuidadosamente el riego. Después fue podando las ramas que le parecían innecesarias, las que no le gustaban y las que, simplemente, daban hojas con colores disonantes con el tono de los muebles de su casa.
Pasado algún tiempo la muer comenzó a pedir a su marido peras diariamente y, ante la negativa, continuó podando.
Dio a las ramas del olmo tal forma a fuerza de cortes y recortes, que realmente a vista de todos parecía más un peral que un olmo, y así, sus amigos y hermanos olmos fueron dejando de tratarlo, enviarle sms por su cumpleaños, o, simplemente, saludarlo.
Y la mujer seguía esperando que algún día su marido le diese peras, mas, no siendo esto así, aún hizo un nuevo intento y trató de adelgazar su tronco para asemejarlo al del peral, arrancando capas y capas de su corteza.
Pero el olmo, que tenía ya toda la forma de un extraño peral, continuaba sin dar peras...
La mujer, por tanto, se desesperaba uno y otro día, y continuamente reprochaba a su marido que fuese incapaz de darle una sola pera, como era lo normal, según ella, en cualquier matrimonio.
Debilitado e irreconocible para sí mismo, el olmo sólo alegaba por respuesta que no podía dar peras, puesto que él era un olmo, pero su esposa argumentaba, cargada de razón, que ella no veía ningún olmo cuando lo miraba, sino un peral que no daba peras.
Pasaron los años... Años en los que la mujer fue perfeccionando sus técnicas de poda y abono, de corta y torcecura de ramas para que el olmo se pareciese en todo a un peral. Años de pedir todos los días y reprochar todas las noches. Años de frustración para la mujer y para su marido que ya se veía a sí mismo como un no-olmo o como un frustrado peral, pues ni conservaba su recio tronco ni su frondoso ramaje y sus profundas y fuertes raíces eran ahora débiles y superficiales.
Poco a poco la queja de la mujer se fue haciendo más amarga y el olmo se fue haciendo más triste. Ahora la mujer le reprochaba que no sólo no le daba peras, sino que había cambiado, pues ya su tronco no la protegía del viento, ni de la lluvia y el sol la protegían sus ramas, de forma que le decía que mejor se fuese con los demás olmos y la dejase a ella buscarse las peras por su cuenta.
... Pero el olmo ya no tenía fuerzas para nada, pues era un no-olmo a quien todos miraban como un peral que no daba peras.
Autor Piqueras

P. D. ESTE RELATO ME LO HAN REGALADO POR MI CUMPLE, ME HA ENCANTADO PUES ES LA VIDA MISMA