Se quemaron los montes, se apagaron sus ojos
Tenía que llegar. Era inevitable que cualquier día el Tío Quico de Pinilla de la Valdería se cansara de abrir los ojos y se quedara en sus sueños para siempre. Ya eran 111 años.
No se apagó su alma cuando tuvo que montar en un barco siendo casi un niño para buscarse la vida en otros mundos más prósperos. No se doblegó su razón cuando tuvo que enterrar a unos vecinos que habían dejado tirados y descerrajados en el monte en la sinrazón de lo que fue guerra pero no civil. No se hundió su espíritu cuando supo que la fortuna que había hecho en ultramar se había esfumado en aquellos años en los que la contienda española le impidió regresar a atenderla. No le flaquearon las fuerzas cuando tuvo que empezar de cero en tantos oficios: pastor, obrero, resinero...
No se le borró su eterna sonrisa ni la luz de su mirada cuando trabajaba en los bosques para que la resina fuera el sustento de una familia que supo sacar adelante.
No cambió la limpieza de su mente ninguno de tantos contratiempos como inevitablemente tuvo que sufrir en más de un siglo de vida.
Pero en los mismos días que las llamas iluminaban con crueldad en vez de con luz aquellos bosques que fueron su vida y su trabajo comenzaron a apagarse sus ojos, su brillo.
Y, sin decir nada, se cerraron.
http://www. lacronicadeleon. es/2012/09/26/fotografia. html
Tenía que llegar. Era inevitable que cualquier día el Tío Quico de Pinilla de la Valdería se cansara de abrir los ojos y se quedara en sus sueños para siempre. Ya eran 111 años.
No se apagó su alma cuando tuvo que montar en un barco siendo casi un niño para buscarse la vida en otros mundos más prósperos. No se doblegó su razón cuando tuvo que enterrar a unos vecinos que habían dejado tirados y descerrajados en el monte en la sinrazón de lo que fue guerra pero no civil. No se hundió su espíritu cuando supo que la fortuna que había hecho en ultramar se había esfumado en aquellos años en los que la contienda española le impidió regresar a atenderla. No le flaquearon las fuerzas cuando tuvo que empezar de cero en tantos oficios: pastor, obrero, resinero...
No se le borró su eterna sonrisa ni la luz de su mirada cuando trabajaba en los bosques para que la resina fuera el sustento de una familia que supo sacar adelante.
No cambió la limpieza de su mente ninguno de tantos contratiempos como inevitablemente tuvo que sufrir en más de un siglo de vida.
Pero en los mismos días que las llamas iluminaban con crueldad en vez de con luz aquellos bosques que fueron su vida y su trabajo comenzaron a apagarse sus ojos, su brillo.
Y, sin decir nada, se cerraron.
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