Cuando coronamos el Puerto de La Magdalena son las diez y media de la mañana pero parece que en Omaña el reloj va marcha atrás porque el cielo enrojece y se anubla. Viene ardiendo el monte desde Villanueva hacia Senra y dicen que las llamas ya han saltado también al Valle Chico. Arde la provincia y las brigadas de extinción no dan abasto.
En La Garandilla, la iglesia se ve de punta en blanco y la Virgen ya está en las andas, lista para que la saquen en procesión. Un feligrés, tan viejo como amable, me hace saber que es la más milagrera que se conoce. Dígoselo yo. Hace milagros a montones. Hízolos siempre, pero antes más. Cuando era yo un rapaz, venía aquí a las ferias gente de lejísimos, de arriba y de abajo, de Omaña y del Bierzo. Venían muchos asturianos con araos y cestos y qué sé yo. Viajaban de noche y llegaban amanecido. Por allí, por Asturias, los montes somedanos son muy arriscaos y resulta que a un paisano se le marchó el macho por uno de aquellos barrancos abajo y él empezó a gritar Virgen de Carrasconte, Virgen de Lazao, Virgen del Carbayo, Virgen del Acebo, Virgen de La Garandilla y ¡zas!; en cuanto gritó Virgen de La Garandilla, ¡chico!, el macho frenó, quedó quieto parao y no pasó nada. ¿Qué te parez?
Ya va el reloj camino de las doce y media y el olor del caldero parece que perturba, disipa el ánimo y agudiza la flojera corporal propia de la hora. La cocinera dice que a los cachelos les quedan por lo menos diez minutos, pero no importa. Con pulpo y pan vamos que arreamos.
Antes de la ceremonia ya caen unas cuantas raciones.
Los primeros bancos están reservados para los políticos. Últimamente están muy mal vistos los políticos pero no se debe generalizar. Estos, por ejemplo, tienen pinta de ser buena gente. Los otros, los que se meten el política para medrar y porque no valen para otra cosa, son como Drácula y no se reflejan en los espejos.
Esta procesión de La Garandilla tiene mucho predicamento. Quien no está para caminar se acerca a ver cómo desfila la multitud, cómo flamean los coloridos pendones, cómo las pasan canutas los portaestandartes para poder humillar los pesadísimos mástiles y salvar la maraña de cables que las eléctricas y las telefónicas cuelgan cuando y donde les da la gana.
En La Garandilla, la iglesia se ve de punta en blanco y la Virgen ya está en las andas, lista para que la saquen en procesión. Un feligrés, tan viejo como amable, me hace saber que es la más milagrera que se conoce. Dígoselo yo. Hace milagros a montones. Hízolos siempre, pero antes más. Cuando era yo un rapaz, venía aquí a las ferias gente de lejísimos, de arriba y de abajo, de Omaña y del Bierzo. Venían muchos asturianos con araos y cestos y qué sé yo. Viajaban de noche y llegaban amanecido. Por allí, por Asturias, los montes somedanos son muy arriscaos y resulta que a un paisano se le marchó el macho por uno de aquellos barrancos abajo y él empezó a gritar Virgen de Carrasconte, Virgen de Lazao, Virgen del Carbayo, Virgen del Acebo, Virgen de La Garandilla y ¡zas!; en cuanto gritó Virgen de La Garandilla, ¡chico!, el macho frenó, quedó quieto parao y no pasó nada. ¿Qué te parez?
Ya va el reloj camino de las doce y media y el olor del caldero parece que perturba, disipa el ánimo y agudiza la flojera corporal propia de la hora. La cocinera dice que a los cachelos les quedan por lo menos diez minutos, pero no importa. Con pulpo y pan vamos que arreamos.
Antes de la ceremonia ya caen unas cuantas raciones.
Los primeros bancos están reservados para los políticos. Últimamente están muy mal vistos los políticos pero no se debe generalizar. Estos, por ejemplo, tienen pinta de ser buena gente. Los otros, los que se meten el política para medrar y porque no valen para otra cosa, son como Drácula y no se reflejan en los espejos.
Esta procesión de La Garandilla tiene mucho predicamento. Quien no está para caminar se acerca a ver cómo desfila la multitud, cómo flamean los coloridos pendones, cómo las pasan canutas los portaestandartes para poder humillar los pesadísimos mástiles y salvar la maraña de cables que las eléctricas y las telefónicas cuelgan cuando y donde les da la gana.