MANZANEDA DE OMAÑA: Según algunos especialistas en heráldica, los Melcón,...

Según algunos especialistas en heráldica, los Melcón, que podrían tener ascendencia judía, se instalaron primero en el Valle Gordo y luego en el de Samario. Un personaje significado de este linaje fue don Juan Francisco Melcón quien, antes de caer en desgracia, sirvió al Serenísimo Señor Infante que más tarde sería coronado como José I, Rey de Portugal.
Juan Francisco Melcón es el único torero omañés del que se tiene constancia o, al menos, del que tiene constancia un servidor, no vaya a ser.
Además de correr astados armado de lanza y garrocha, el maestro escribió un notable libro, La Malicia Confundida y la Verdad Triunfante: carta satisfactoria para desengaño del público y defensa de la inocencia. Lo publicó en 1737 a fin de asear su maltrecha reputación y recuperar los honores y autoridad que le eran propios como caballero y como torero. La ilustración de la portada es una copia exacta del escudo visible en la casita de Ponjos, lo que sugiere que o lo mandó hacer el propio rejoneador o lo hizo algún antepasado inmediato.

¿Y qué especie de injurias padeció el maestro Melcón para estar tan dolido? En su libro lo aclara. Resulta que, en diciembre de 1736, desde la Viena de Austria, Don Pedro Antonio Pla envió un recado a nuestro torero omañés. Por un criado del Señor Marqués de Valparaíso, el señor Pla se había enterado de que el diestro había tenido un grave contratiempo con la ciudad de Valladolid. Al parecer, estaba llamado a torear en aquel circo en 1732 pero los comisarios del festejo se volvieron atrás al conocer ciertas acusaciones vertidas contra el maestro. Así pues Don Pedro Antonio, en su carta escrita a orillas del Danubio, pedía dos cosas al lidiador de Ponjos: que le aclarase lo ocurrido en la ciudad castellana y, de paso, le enviase de una vez las reglas que tantas veces le había pedido y que debe observar un caballero cuando toree de garrochón.
Le contestó un Melcón que, después de haber tocado la gloria de la Corte, se encontraba en el estado más deplorable, pobre, mísero, abatido y, por si fuera poco, injuriado en su fama, públicamente, al habérsele negado los honores que tienen y deben tener los que gozan de una calificada genealogía.
En 1731 había debutado en la Villa de Hortaleza con gran afluencia popular pero siendo diana para todo tipo de denuestos por parte de sus envidiosos enemigos que lo despreciaban absolutamente debido al estado miserable de su economía y por otras razones que no quedan explícitas. Los dichos malévolos rivales lamentaban no haberlo visto morir en la plaza como era previsible o deseable. My al contrario, resultó que el torero salió a hombros y, cuando celebraba el éxito junto con su padrino de corrida y otros señores nobles muy principales, sus detractores decían públicamente: ¡Qué hueco está Melcón! ¿De cuándo acá pensaba él verse en paraje tan esclarecido?
El torero sintiose muy malherido por las calumnias, improperios y hasta blasfemias, por ver cómo ponían objeciones a su pureza de sangre, cómo no quedaba nada que fiscalizar a la ojeriza de sus rivales y cómo juzgaban delito lo que era ceño de la fortuna.
Pidió entonces Melcón que acudiesen a los archivos para comprobar si se encontraba algún pleito litigado en la Chancillería en amparo de la nobleza de su familia y de su sangre. Nadie le hizo caso y él se dolió mucho más por el menosprecio que la ciudad de Valladolid hizo a su persona. Esa fue la causa de que acordara publicar la carta satisfactoria para desengaño del público y defensa de la inocencia.
En dicho libro aclara muchas cosas y, entre ellas, la alcurnia de los Melcón de Ponjos. Ahí se dice que, el 29 abril de 1670, gentes de Tremor pusieron demanda de hidalguía de sangre en nombre de Fernando Melcón, vecino del lugar, hijo de Pedro Melcón y Sicilia Fidalgo y nieto de Fernando Melcón y Leonor García, vecinos de Barrio de la Puente, en el Valle Gordo. El proceso se sustanció y, en el año 1675, hubo sentencia declarando que todos los ascendientes de Melcón habían sido Hijos Dalgo notorios de sangre en propiedad posesoria, condenando por calumnia al concejo y vecinos de Tremor de Arriba al pago de 300 ducados de vellón y ordenando se enviase oficio a Ponjos.
Aclarado lo cual, la segunda mitad de este libro o manifiesto de cien páginas contiene la instrucción para torear que reiteradamente solicitaba Don Pedro Antonio Pla. Un servidor, que ni es entendido ni siquiera aficionado a los toros, opina que este manual de tauromaquia es lo mejor del libro.
En fin, ahí quedan estas notas acerca del único torero omañés que mereció ser incluido por el académico José María de Cossío en la magna obra que lleva por título Los Toros: Tratado Técnico e Histórico.

5.- En el camino del Escobio

Decíamos al principio que la Administración ha venido tratando a Valdesamario como el último municipio de la provincia, aunque ya sé que otros ayuntamientos tendrán sus razones para afirmar lo mismo.
En la segunda mitad del siglo XX, para exportar el carbón que arrancaban las máquinas a dentelladas, a La Minero le convino arreglar la pista antigua y polvorienta que pasaba de Valdesamario al Bierzo. En cuanto a la carretera que accede desde la Ribera del Órbigo a Riello, conviene recordar que data del año 2005. ¡Sí, de 2005! Hasta entonces estuvo en uso el mismo Camino Real del que sucesivamente se sirvieron los habitantes de los castros, los funcionarios romanos, los moros para sus aceifas, los cristianos para sus amaños, don Pedro El Cruel y don Enrique de Trastamara para su larguísima y versátil guerra, los Condes de Luna para sus negocios, la Mesta para desplazar sus enormes rebaños, los trajineros de Asturias para distribuir salazones cuaresmales y regresar cargados de pellejos de vino y demás mercaderías, los arrieros de Leitariegos para conducir sus recuas a Madrid... y qué se yo. No hace ni siquiera treinta años que el transporte desde La Garandilla a San Martín de La Falamosa se tenía que hacer en carros y el río Omaña debía ser vadeado con zancos cada vez que una crecida arramblaba con los puentes.