Mala cosa cuando ya no nos fiamos de nosotros mismos
Han cambiado los tiempos. Hasta hace unos días la obsesión era grabar a todos los ciudadanos, tenerlos en sus archivos, saber todos sus pasos. Y quedábamos en nuestro diario caminar ‘retratados’ en las cámaras del cajero del banco, en Hacienda, en el colegio de los niños, en las tiendas de ricos, en los grandes almacenes... Todos tenemos metraje suficiente en los cajones del vigilante Estado para protagonizar una gran película, la de nuestra vida cotidiana.
Ya son otras las prioridades. Ahora la obsesión es defender, aislar, dividir, multiplicar las fronteras. Nuestros representantes deciden sobre nuestras vidas blindados en sus escaños, es imposible llegar a ellos, decirles a la cara lo que pensamos, aunque nos hayan prometido en campaña que sus puertas están abiertas a nuestros problemas, que sus despachos son nuestras casas. Cada vez que algún colectivo anuncia una protesta ante cualquier administración se multiplican los policías, los guardias, los vigilantes, las fronteras...
No parecen nuestras calles. No parecen nuestras ciudades. ¿Quién ha decidido cambiar las aceras por fronteras? ¿Qué está pasando?
Eso parece preguntarse la buena mujer que, sin embargo, camina tranquila pues con la más vieja lógica del mundo piensa que “nada teme quien nada ha hecho”.
http://www. lacronicadeleon. es/2012/07/19/fotografia. html
Han cambiado los tiempos. Hasta hace unos días la obsesión era grabar a todos los ciudadanos, tenerlos en sus archivos, saber todos sus pasos. Y quedábamos en nuestro diario caminar ‘retratados’ en las cámaras del cajero del banco, en Hacienda, en el colegio de los niños, en las tiendas de ricos, en los grandes almacenes... Todos tenemos metraje suficiente en los cajones del vigilante Estado para protagonizar una gran película, la de nuestra vida cotidiana.
Ya son otras las prioridades. Ahora la obsesión es defender, aislar, dividir, multiplicar las fronteras. Nuestros representantes deciden sobre nuestras vidas blindados en sus escaños, es imposible llegar a ellos, decirles a la cara lo que pensamos, aunque nos hayan prometido en campaña que sus puertas están abiertas a nuestros problemas, que sus despachos son nuestras casas. Cada vez que algún colectivo anuncia una protesta ante cualquier administración se multiplican los policías, los guardias, los vigilantes, las fronteras...
No parecen nuestras calles. No parecen nuestras ciudades. ¿Quién ha decidido cambiar las aceras por fronteras? ¿Qué está pasando?
Eso parece preguntarse la buena mujer que, sin embargo, camina tranquila pues con la más vieja lógica del mundo piensa que “nada teme quien nada ha hecho”.
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