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Diario de un minero en marcha
En Madrid nos han tratado como a héroes... salvo los policías, claro
Sergio Díez Álvarez
De vuelta a casa, son tantas las emociones que se acumulan en mi cabeza que me cuesta trabajo encontrar las palabras. Me cuesta trabajo, por ejemplo, lo que vivimos el martes por la noche. Unos dirán unas cifras y otros tras, pero lo cierto es que la cantidad de gente que inundaba la Gran Vía era algo verdaderamente espectacular. Muy emocionante. Acabamos a las tantas, llegamos al pabellón donde dormimos muy tarde y, entre que te preparas y no, lo cierto es que no hemos dormido prácticamente nada. Y, luego, los nervios antes de la manifestación, por si había palos, como los hubo. No entiendo la forma de actuar de este Gobierno. En Madrid, la gente nos ha tratado como si fuéramos famosos, como a héroes, todos salvo los policías, claro. Nos provocan, nos insultan y luego los malos somos nosotros. Cargaron detrás de donde estábamos los mineros y los sindicalistas por las buenas, sin que hubiera pasado nada, y el resultado es que acabaron en el hospital gentes que nada tenían que ver con los violentos, gentes que habían venidos a apoyarnos desde el más absoluto respeto, personas mayores, niños... No lo entiendo, de verdad, no lo puedo entender.
Pero no quiero acabar con eso, Quiero acabar con el apoyo recibido, con mi familia entera que viajó hasta Madrid para apoyarme, a mí y a todos mis compañeros, con los amigos que me encontré en la capital y que hacía mucho tiempo que no venía, a los que, en medio de todo aquel gentío, en medio de aquel ruido, abracé como si me acabaran de salvar la vida.
Ahora toca esperar. Esperar y descansar. Descansar y pensar. Porque hemos llegado a Madrid y, como decía mi abuela, “si no quieres caldo, toma dos tazas”. Pero aquí no acaba toda. Volveremos a luchar y a hacer lo que sea necesario para luchar por nuestro trabajo y nuestra tierra.
Diario de un minero en marcha
En Madrid nos han tratado como a héroes... salvo los policías, claro
Sergio Díez Álvarez
De vuelta a casa, son tantas las emociones que se acumulan en mi cabeza que me cuesta trabajo encontrar las palabras. Me cuesta trabajo, por ejemplo, lo que vivimos el martes por la noche. Unos dirán unas cifras y otros tras, pero lo cierto es que la cantidad de gente que inundaba la Gran Vía era algo verdaderamente espectacular. Muy emocionante. Acabamos a las tantas, llegamos al pabellón donde dormimos muy tarde y, entre que te preparas y no, lo cierto es que no hemos dormido prácticamente nada. Y, luego, los nervios antes de la manifestación, por si había palos, como los hubo. No entiendo la forma de actuar de este Gobierno. En Madrid, la gente nos ha tratado como si fuéramos famosos, como a héroes, todos salvo los policías, claro. Nos provocan, nos insultan y luego los malos somos nosotros. Cargaron detrás de donde estábamos los mineros y los sindicalistas por las buenas, sin que hubiera pasado nada, y el resultado es que acabaron en el hospital gentes que nada tenían que ver con los violentos, gentes que habían venidos a apoyarnos desde el más absoluto respeto, personas mayores, niños... No lo entiendo, de verdad, no lo puedo entender.
Pero no quiero acabar con eso, Quiero acabar con el apoyo recibido, con mi familia entera que viajó hasta Madrid para apoyarme, a mí y a todos mis compañeros, con los amigos que me encontré en la capital y que hacía mucho tiempo que no venía, a los que, en medio de todo aquel gentío, en medio de aquel ruido, abracé como si me acabaran de salvar la vida.
Ahora toca esperar. Esperar y descansar. Descansar y pensar. Porque hemos llegado a Madrid y, como decía mi abuela, “si no quieres caldo, toma dos tazas”. Pero aquí no acaba toda. Volveremos a luchar y a hacer lo que sea necesario para luchar por nuestro trabajo y nuestra tierra.