El botijo o el chorro de los recuerdos más frescos
Productos del campo de verdad ya no quedamos más que la patata, el botijo y la guardia civil”, decía con gracia el entrañable y recordado cabo Manolo, mando de la Benemérita de aquellos que era consciente de que era mucho más servicio a la sociedad aportar un guardia a una partida de tute a la que faltaba un punto que mandar a los dos de la pareja a denunciar a un carro por no llevar tapado el abono.
De la patata ya no hace falta decir nada, ni de la frita, ni de la cocida, ni de las que asaban los chavales en sus correrías nocturnas. Pero no se le queda atrás el botijo en esos momentos que permanecen en el recuerdo agradable de tantas generaciones.
¿Quién sería capaz de soportar una larga mañana de siega bajo un sol de justicia sin la fresca agua que siempre ofrece el botijo?; ¿quién podría arar las tierras de patatas si al final del surco no esperara a la sombra el botijo metido entre arbustos y agua?; ¿quién no recuerda ese momento en el que llegas a casa sofocado y vas directo hasta ese rincón oscuro del portalón en el que el botijo ofrece un chorro de agua que no tiene comparación con ninguna otra bebida refrescante?
Y ofrece además el placer añadido de dejar que el agua caiga sobre tu camisa y refresque ese pecho sudoroso de la siega, el camino o el trabajo.
¡Dios salve al botijo!
http://www. lacronicadeleon. es/2012/07/02/fotografia. html
Productos del campo de verdad ya no quedamos más que la patata, el botijo y la guardia civil”, decía con gracia el entrañable y recordado cabo Manolo, mando de la Benemérita de aquellos que era consciente de que era mucho más servicio a la sociedad aportar un guardia a una partida de tute a la que faltaba un punto que mandar a los dos de la pareja a denunciar a un carro por no llevar tapado el abono.
De la patata ya no hace falta decir nada, ni de la frita, ni de la cocida, ni de las que asaban los chavales en sus correrías nocturnas. Pero no se le queda atrás el botijo en esos momentos que permanecen en el recuerdo agradable de tantas generaciones.
¿Quién sería capaz de soportar una larga mañana de siega bajo un sol de justicia sin la fresca agua que siempre ofrece el botijo?; ¿quién podría arar las tierras de patatas si al final del surco no esperara a la sombra el botijo metido entre arbustos y agua?; ¿quién no recuerda ese momento en el que llegas a casa sofocado y vas directo hasta ese rincón oscuro del portalón en el que el botijo ofrece un chorro de agua que no tiene comparación con ninguna otra bebida refrescante?
Y ofrece además el placer añadido de dejar que el agua caiga sobre tu camisa y refresque ese pecho sudoroso de la siega, el camino o el trabajo.
¡Dios salve al botijo!
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