Miércoles, 14 de marzo de 2012
Portada > Vivir GENTES DE LEÓN / Obituario
Don Esteban murió con la sotana puesta
Montañés de Besande, como don Rufo, párroco en la Sobarriba y en plena actividad pese a sus 83 años
Fulgencio Fernández / León
Lo de “murió con las botas puestas” es casi siempre una forma de hablar, en el caso de don Esteban, el párroco de La Sobarriba, es la más cruel realidad. “Le echaron de menos en sus deberes dominicales, entraron en la casa rectoral y allí estaba, sobre la cama, con la sotana puesta”.
En la triste noticia hay otras muchas noticias: Que Esteban carrera Cuesta seguía en activo a los 83 años; que jamás había pedido ‘la jubilación’ ni pensaba hacerlo, que vivía en su modesta casa rectoral, sin calefacción y que mantenía ese gusto suyo por el uso de la sotana como símbolo de su orgullo de ser cura, nada más, sin otras lecturas.
Don Esteban era montañés de Besande (como el recordado don Rufo) y desfogó sus ardores de joven cura por aquellas tierras, en Cuénabres, Casasuertes, Valdeón o Taranilla, con el santuario de La Velilla a su cargo. Buen cazador y pescador, igual algo furtivo como todo el mundo en aquellos tiempos, campechano y trabajador, como bien saben quienes le vieronlevantar la rectoral de Valdeón, se ganó el aprecio de sus gentes, “porque era fácil cogerle cariño. Era como un niño grande, un ratonín listo que tenía la entrañable picardía del niño y siempre fue muy servicial, en todas las parroquias, hasta su muerte”, recuerda un compañero, el también cura Antonio Trobajo.
No dejó peor recuerdo entre los feligreses. Uno de ellos, de La Sobarriba, Antonio Barreñada, ironizaba con el símil luchístico y decía aquello de que “tenía el problema de los de la montaña que bajan para la Sobarriba, siempre les queda esa cosa... él siempre me decía que no hay luchador como Tasio el de Argovejo”.
Pero, al margen de la broma, el recuerdo que permanece es el de un tío campechano, que llegó a La Sobarriba, como tantos otros, para acercarse a León pero nuncaabandonó esta comarca. “Allí vivía, él solo en su modesta casa rectoral, que calentaba con una cocina a la que andaba echando palines todo el día”.
Seguramente la sotana le quetiba mucho frío.
Entre los vecinos de Valdefresno, Tendal, Villavente o Villaseca tardará mucho tiempo en olvidarse la figura de don Esteban, también su modesto coche blanco, con el que recorría la comarca y el mismo que condujo hasta el último día, aunque no tuviera muy claro lo de acercarse a la orilla para facilitar el adelantamiento cuando alguien venía detrás. Frente al retraso que provocaba en las carreteras ofrecía otra gran ventaja, que recuerdan sus feligreses. “No se venía arriba en las misas con mucha gente, él siempre era rápido despachando la misa, si te descuidabas...”.
Pero el adjetivo que más veces se repetirá al hablar de él será el de servicial. Sobre todo con los enfermos, a los que acompañaba cada año en las peregrinaciones a Lourdes para ayudar. En la de este año faltará don Esteban, el cura que nunca se quiso jubilar, ni jubilar a su sotana.
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Don Esteban murió con la sotana puesta
Montañés de Besande, como don Rufo, párroco en la Sobarriba y en plena actividad pese a sus 83 años
Fulgencio Fernández / León
Lo de “murió con las botas puestas” es casi siempre una forma de hablar, en el caso de don Esteban, el párroco de La Sobarriba, es la más cruel realidad. “Le echaron de menos en sus deberes dominicales, entraron en la casa rectoral y allí estaba, sobre la cama, con la sotana puesta”.
En la triste noticia hay otras muchas noticias: Que Esteban carrera Cuesta seguía en activo a los 83 años; que jamás había pedido ‘la jubilación’ ni pensaba hacerlo, que vivía en su modesta casa rectoral, sin calefacción y que mantenía ese gusto suyo por el uso de la sotana como símbolo de su orgullo de ser cura, nada más, sin otras lecturas.
Don Esteban era montañés de Besande (como el recordado don Rufo) y desfogó sus ardores de joven cura por aquellas tierras, en Cuénabres, Casasuertes, Valdeón o Taranilla, con el santuario de La Velilla a su cargo. Buen cazador y pescador, igual algo furtivo como todo el mundo en aquellos tiempos, campechano y trabajador, como bien saben quienes le vieronlevantar la rectoral de Valdeón, se ganó el aprecio de sus gentes, “porque era fácil cogerle cariño. Era como un niño grande, un ratonín listo que tenía la entrañable picardía del niño y siempre fue muy servicial, en todas las parroquias, hasta su muerte”, recuerda un compañero, el también cura Antonio Trobajo.
No dejó peor recuerdo entre los feligreses. Uno de ellos, de La Sobarriba, Antonio Barreñada, ironizaba con el símil luchístico y decía aquello de que “tenía el problema de los de la montaña que bajan para la Sobarriba, siempre les queda esa cosa... él siempre me decía que no hay luchador como Tasio el de Argovejo”.
Pero, al margen de la broma, el recuerdo que permanece es el de un tío campechano, que llegó a La Sobarriba, como tantos otros, para acercarse a León pero nuncaabandonó esta comarca. “Allí vivía, él solo en su modesta casa rectoral, que calentaba con una cocina a la que andaba echando palines todo el día”.
Seguramente la sotana le quetiba mucho frío.
Entre los vecinos de Valdefresno, Tendal, Villavente o Villaseca tardará mucho tiempo en olvidarse la figura de don Esteban, también su modesto coche blanco, con el que recorría la comarca y el mismo que condujo hasta el último día, aunque no tuviera muy claro lo de acercarse a la orilla para facilitar el adelantamiento cuando alguien venía detrás. Frente al retraso que provocaba en las carreteras ofrecía otra gran ventaja, que recuerdan sus feligreses. “No se venía arriba en las misas con mucha gente, él siempre era rápido despachando la misa, si te descuidabas...”.
Pero el adjetivo que más veces se repetirá al hablar de él será el de servicial. Sobre todo con los enfermos, a los que acompañaba cada año en las peregrinaciones a Lourdes para ayudar. En la de este año faltará don Esteban, el cura que nunca se quiso jubilar, ni jubilar a su sotana.