Una raza que se extingue después de siglos de vida
La fotografía nos acerca algo más que una vida, es un cuadro en el que se refleja todo un mundo, el de los viejos herreros. Y en el centro de la imagen el último ejemplar en activo de esta singular raza, José Ares, Pepe El Herrero de Valdespino, que con 87 años sigue cada mañana echando el carbón a la fragua, lo alimenta con el viejo fuelle y fiel al mismo proceso que se repite desde hace muchos siglos acaba pariendo una navaja, artesana, diferente, única. “Antes nadie salía de casa sin una navaja en el bolso”.
También él, como el poeta, es el último resistente de una raza de artesanos que perdió su libertad cuando se apagaron los fuegos de las fraguas. Por eso él se niega a perder su libertad, por eso él sigue encendiendo cada amanecer el fuego de la fragua, por eso él sigue labrando cada día los aceros de las hojas de las navajas, por eso él sigue golpeando los yunques con su viejo martillo, por eso él no enchufa ninguna moderna máquina que acelere los trabajos que pacientemente hacen sus manos, insultantemente certeras en cada golpe pese a su avanzada edad.
Sigue haciendo lo mismo que ha hecho toda su vida. Sigue pagando cada día el peaje de ser libre y poder vivir sin preocuparse de la velocidad que marca el reloj que parece vigilar cada uno de sus movimientos.
Pepe ya es único, y libre.
http://www. lacronicadeleon. es/2012/03/07/fotografia. html
La fotografía nos acerca algo más que una vida, es un cuadro en el que se refleja todo un mundo, el de los viejos herreros. Y en el centro de la imagen el último ejemplar en activo de esta singular raza, José Ares, Pepe El Herrero de Valdespino, que con 87 años sigue cada mañana echando el carbón a la fragua, lo alimenta con el viejo fuelle y fiel al mismo proceso que se repite desde hace muchos siglos acaba pariendo una navaja, artesana, diferente, única. “Antes nadie salía de casa sin una navaja en el bolso”.
También él, como el poeta, es el último resistente de una raza de artesanos que perdió su libertad cuando se apagaron los fuegos de las fraguas. Por eso él se niega a perder su libertad, por eso él sigue encendiendo cada amanecer el fuego de la fragua, por eso él sigue labrando cada día los aceros de las hojas de las navajas, por eso él sigue golpeando los yunques con su viejo martillo, por eso él no enchufa ninguna moderna máquina que acelere los trabajos que pacientemente hacen sus manos, insultantemente certeras en cada golpe pese a su avanzada edad.
Sigue haciendo lo mismo que ha hecho toda su vida. Sigue pagando cada día el peaje de ser libre y poder vivir sin preocuparse de la velocidad que marca el reloj que parece vigilar cada uno de sus movimientos.
Pepe ya es único, y libre.
http://www. lacronicadeleon. es/2012/03/07/fotografia. html