LOS INOLVIDABLES / Julio José H. Rivas
“Menos mal que estaba el doctor Rivas en casa, si no las palmo”
La clínica de este médico en Cistierna y su particular forma de entender la medicina se han convertido en leyenda
Fulgencio Fernández / Cistierna
Nada más que salió una semana este apartado de ‘Los inolvidables’ recibí una llamada.
- Hola, ¿escribe usted lo de los inolvidables?
- Sí, de momento sí.
- ¿Y cuándo sale el doctor Rivas de Cistierna?
- No lo sé.
- ¿No lo tiene previsto?
- Pues...
Y colgó. Pero las nuevas tecnologías son muy traicioneras, su número queda grabado en la centralita del periódico. Llamo.
- Buenas, ¿es usted el que decide quién debe salir en la sección de los inolvidables?
- Bueno, yo...
- ¿Es familia de Rivas?
- No, mucho más, le debo una pierna, ¿le parece poco?
- Me parece suficiente para exigir que le dediquen un recuerdo en un periódico.
Todo quedó en un café. Y en algo que es evidente, que Julio José Hernández Rivas, el doctor Rivas, es uno de los inolvidables de esta tierra y no solo en la comarca de Cistierna, pues su fama fue creciendo por las tierras vecinas, funcionó el boca a boca, y tenía pacientes de todos los rincones de la provincia y de fuera de ella.
Uno de sus hijos, José María, recordaba un caso entre otros muchos, pero significativo, por lo que suponía para su padre tener que atenderlo. “Llegaron a casa unos hombres que venían desde el valle de Valdeón para pedirle por favor que acudiera a un caso muy grave, se lo suplicaban, aunque no hacía falta pues mi padre nada más verlos comenzó a prepararse. Era invierno y traían una camioneta pero en las condiciones que había apenas anduvieron unos kilómetros y tuvieron que dejarla, después siguieron en unos caballos y finalmente accedieron a Posada de Valdeón andando, con aquellas viejas raquetas, muy rústicas y difíciles para caminar, pero era lo que había. Mi padre llegó, operó a aquel hombre que estaba realmente grave y salvó su vida, jamás lo pudo olvidar”.
- ¿No será usted el de Posada de Valdeón que le salvó la vida?
- No, pero sé del caso.
Ésa era una constante en el trabajo de Julio H. Rivas, ‘el doctor’ Rivas, que aquellos casos más llamativos de su trabajo, que eran muchos, corrían de boca en boca, de comarca en comarca..
Para los mineros... y más
- Le debo la pierna a Rivas —explica Javier Ramos, que fue minero en el valle de Sabero—. Había quedado atrapado debajo de toneladas de tierra y gritaba que me sacaran, no quería esperar a ningún rescate pues temía que cayera más tierra y me ahogara. Tiraron fuerte de mí, me desgarraron entero y me llevaron hasta Cistierna en una camioneta de la empresa. Aunque está cerca, por suerte perdí el conocimiento del dolor. Desperté a las cinco de la mañana, Rivas estaba allí operando, llevaría varias horas pues el accidente había sido hacia las nueve de la tarde y recuerdo sus primeras palabras: “Los mineros de antes aguantaban estas cosas despiertos”.
El hecho de haber abierto su clínica en una comarca minera (el valle de Sabero) y estar muy cercano a otras (Matallana de Torío, Puente Almuhey, incluso, Guardo, Velilla del Río Carrión) hace que un buen número de casos de operaciones de Rivas en su clínica tengan relación con la minería y con accidentes mineros, pero no se dedicaba solamente a traumatología o accidentes, en su clínica eran atendidas hernias, apendicitis... o lo que llegara pues a los evidentes conocimientos que tenía unía un especial olfato para los diagnósticos complicados.
Y material apropiado.
Siempre estaba al día
Puede parecer que en una comarca de la montaña leonesa podía un médico rural, con clínica, quedarse obsoleto, atrasado; sin embargo, no era así en el caso de Rivas. Es curioso como su mujer, María Cristina García, y un joven médico de la comarca que trabajó con él algunos años, Roberto López González, resaltaban el mismo hecho. “Desde la librería Cervantes de Salamanca le enviaban todo lo que se publicaba de medicina, para que pudiera estar al día; tuvo oportunidades para irse a grandes hospitales pero no quería ir a Madrid, quería atender a todo el que llegaba a su clínica de Cistierna”, recordaba su mujer, licenciada en Ciencias Químicas y la encargada de recibir a los pacientes y organizar el trabajo de su marido.
“Tenía un profundo amor a su profesión, lo que le hacía estar al día en sus especialidades quirúrgico-traumatológicas, así como las diferentes ramas de la medicina interna. Nunca estuvo rezagado, cada año recibía varias cajas llenas de libros de cualquier tipo de especialidad. Juntos, y durante varios días, leíamos aquellos libros quedándonos con lo que más nos interesaba”, recordaba su ‘alumno’ López González, quien también se refería al material quirúrgico y de diagnóstico de la clínica. “Los equipos de trabajo, tanto en quirófano como en la consulta externa, estaban por aquel entonces a la altura de muchos hospitales.
Podías encontrar desde instrumental de cirugía estética hasta un trépano para abrir el cráneo. En el quirófano contábamos con un amplificador de imágenes muy bueno que nos permitía un cómodo y ventajoso trabajo en traumatología. En la consulta había varios equipos de Rayos X, uno de ellos tipo telemando que nos permitía poder realizar tomografías, urografías, estudios digestivos con contraste baritado. Varios aparatos de electrocardiografía... en fin, no se puede decir que Rivas dejara pasar el tren de la ciencia”.
Y, además, la herencia familiar. Su mujer, María Cristina García, recordaba que “era hijo y nieto de médicos, siempre quiso ser médico y sacó unas notas excelentes en la carrera, de matrícula de honor. Pero en Salamanca conoció a un leonés, que era obispo de Cuenca, y le recomendó “venir a Cistierna. Vinimos a conocer la comarca y no hace falta decir si le gustó o no, basta recordar que aquí se quedó para siempre, aquí hizo su vida, montó su clínica...”.
E hizo sus amigos, pues siempre tenía un rato para departir con su grupo, entre los que se encontraba el fallecido juez Quirós, destinado entonces en la villa.
“Menos mal que estaba el doctor Rivas en casa, si no las palmo”
La clínica de este médico en Cistierna y su particular forma de entender la medicina se han convertido en leyenda
Fulgencio Fernández / Cistierna
Nada más que salió una semana este apartado de ‘Los inolvidables’ recibí una llamada.
- Hola, ¿escribe usted lo de los inolvidables?
- Sí, de momento sí.
- ¿Y cuándo sale el doctor Rivas de Cistierna?
- No lo sé.
- ¿No lo tiene previsto?
- Pues...
Y colgó. Pero las nuevas tecnologías son muy traicioneras, su número queda grabado en la centralita del periódico. Llamo.
- Buenas, ¿es usted el que decide quién debe salir en la sección de los inolvidables?
- Bueno, yo...
- ¿Es familia de Rivas?
- No, mucho más, le debo una pierna, ¿le parece poco?
- Me parece suficiente para exigir que le dediquen un recuerdo en un periódico.
Todo quedó en un café. Y en algo que es evidente, que Julio José Hernández Rivas, el doctor Rivas, es uno de los inolvidables de esta tierra y no solo en la comarca de Cistierna, pues su fama fue creciendo por las tierras vecinas, funcionó el boca a boca, y tenía pacientes de todos los rincones de la provincia y de fuera de ella.
Uno de sus hijos, José María, recordaba un caso entre otros muchos, pero significativo, por lo que suponía para su padre tener que atenderlo. “Llegaron a casa unos hombres que venían desde el valle de Valdeón para pedirle por favor que acudiera a un caso muy grave, se lo suplicaban, aunque no hacía falta pues mi padre nada más verlos comenzó a prepararse. Era invierno y traían una camioneta pero en las condiciones que había apenas anduvieron unos kilómetros y tuvieron que dejarla, después siguieron en unos caballos y finalmente accedieron a Posada de Valdeón andando, con aquellas viejas raquetas, muy rústicas y difíciles para caminar, pero era lo que había. Mi padre llegó, operó a aquel hombre que estaba realmente grave y salvó su vida, jamás lo pudo olvidar”.
- ¿No será usted el de Posada de Valdeón que le salvó la vida?
- No, pero sé del caso.
Ésa era una constante en el trabajo de Julio H. Rivas, ‘el doctor’ Rivas, que aquellos casos más llamativos de su trabajo, que eran muchos, corrían de boca en boca, de comarca en comarca..
Para los mineros... y más
- Le debo la pierna a Rivas —explica Javier Ramos, que fue minero en el valle de Sabero—. Había quedado atrapado debajo de toneladas de tierra y gritaba que me sacaran, no quería esperar a ningún rescate pues temía que cayera más tierra y me ahogara. Tiraron fuerte de mí, me desgarraron entero y me llevaron hasta Cistierna en una camioneta de la empresa. Aunque está cerca, por suerte perdí el conocimiento del dolor. Desperté a las cinco de la mañana, Rivas estaba allí operando, llevaría varias horas pues el accidente había sido hacia las nueve de la tarde y recuerdo sus primeras palabras: “Los mineros de antes aguantaban estas cosas despiertos”.
El hecho de haber abierto su clínica en una comarca minera (el valle de Sabero) y estar muy cercano a otras (Matallana de Torío, Puente Almuhey, incluso, Guardo, Velilla del Río Carrión) hace que un buen número de casos de operaciones de Rivas en su clínica tengan relación con la minería y con accidentes mineros, pero no se dedicaba solamente a traumatología o accidentes, en su clínica eran atendidas hernias, apendicitis... o lo que llegara pues a los evidentes conocimientos que tenía unía un especial olfato para los diagnósticos complicados.
Y material apropiado.
Siempre estaba al día
Puede parecer que en una comarca de la montaña leonesa podía un médico rural, con clínica, quedarse obsoleto, atrasado; sin embargo, no era así en el caso de Rivas. Es curioso como su mujer, María Cristina García, y un joven médico de la comarca que trabajó con él algunos años, Roberto López González, resaltaban el mismo hecho. “Desde la librería Cervantes de Salamanca le enviaban todo lo que se publicaba de medicina, para que pudiera estar al día; tuvo oportunidades para irse a grandes hospitales pero no quería ir a Madrid, quería atender a todo el que llegaba a su clínica de Cistierna”, recordaba su mujer, licenciada en Ciencias Químicas y la encargada de recibir a los pacientes y organizar el trabajo de su marido.
“Tenía un profundo amor a su profesión, lo que le hacía estar al día en sus especialidades quirúrgico-traumatológicas, así como las diferentes ramas de la medicina interna. Nunca estuvo rezagado, cada año recibía varias cajas llenas de libros de cualquier tipo de especialidad. Juntos, y durante varios días, leíamos aquellos libros quedándonos con lo que más nos interesaba”, recordaba su ‘alumno’ López González, quien también se refería al material quirúrgico y de diagnóstico de la clínica. “Los equipos de trabajo, tanto en quirófano como en la consulta externa, estaban por aquel entonces a la altura de muchos hospitales.
Podías encontrar desde instrumental de cirugía estética hasta un trépano para abrir el cráneo. En el quirófano contábamos con un amplificador de imágenes muy bueno que nos permitía un cómodo y ventajoso trabajo en traumatología. En la consulta había varios equipos de Rayos X, uno de ellos tipo telemando que nos permitía poder realizar tomografías, urografías, estudios digestivos con contraste baritado. Varios aparatos de electrocardiografía... en fin, no se puede decir que Rivas dejara pasar el tren de la ciencia”.
Y, además, la herencia familiar. Su mujer, María Cristina García, recordaba que “era hijo y nieto de médicos, siempre quiso ser médico y sacó unas notas excelentes en la carrera, de matrícula de honor. Pero en Salamanca conoció a un leonés, que era obispo de Cuenca, y le recomendó “venir a Cistierna. Vinimos a conocer la comarca y no hace falta decir si le gustó o no, basta recordar que aquí se quedó para siempre, aquí hizo su vida, montó su clínica...”.
E hizo sus amigos, pues siempre tenía un rato para departir con su grupo, entre los que se encontraba el fallecido juez Quirós, destinado entonces en la villa.