Con la friura que en estos días se siente por las tierras leonesas y
la tafarada nauseabunda que inunda la capital del antiguo Reino, será
inevitable que llegue algún andancio que vaya acompañado de calentura
alta y que provoque en los pacientes tembluras y estremezones.
Cuando el catarro ataca a los leoneses nos produce una tosedera persistente, refervedera en el pecho y picacadera del gañato, y no podemos evitar esperriar. Nos duelen los remos, el cogote y las vidayas. De nuestra nariz empieza a manar la moquita, que, poco a poco, se transforma en una espesa moquera. Para evitar que se nos caiga de la nariz de manera inoportuna, cuando no tenemos moqueros, sorniamos; pero los niños, que no saben sonarse la mocada que tapa sus vías nasales, dejan que esta cuelgue y alumbre sus caras con unas luminosas velas y candelas, que, una vez secas, se convierten en cascarrias.
Pero si el catarro se resiste, siempre nos quedará un buen fervidu
de leche cocida con miel y orujo.
la tafarada nauseabunda que inunda la capital del antiguo Reino, será
inevitable que llegue algún andancio que vaya acompañado de calentura
alta y que provoque en los pacientes tembluras y estremezones.
Cuando el catarro ataca a los leoneses nos produce una tosedera persistente, refervedera en el pecho y picacadera del gañato, y no podemos evitar esperriar. Nos duelen los remos, el cogote y las vidayas. De nuestra nariz empieza a manar la moquita, que, poco a poco, se transforma en una espesa moquera. Para evitar que se nos caiga de la nariz de manera inoportuna, cuando no tenemos moqueros, sorniamos; pero los niños, que no saben sonarse la mocada que tapa sus vías nasales, dejan que esta cuelgue y alumbre sus caras con unas luminosas velas y candelas, que, una vez secas, se convierten en cascarrias.
Pero si el catarro se resiste, siempre nos quedará un buen fervidu
de leche cocida con miel y orujo.