Las caras y los hisopazos
Recuerdo los amaneceres del Domingo de Pascua, la gran fiesta de los católicos. Mi madre aparecía con una pequeña rama de pino que había guardado el Domingo de Ramos y con un frasco de agua bendita, reciente, de la misa de la noche anterior, al lado del fuego. Mojaba el ramo, bendecía la casa y, sobre todo, a mi hermano y a mí que despertábamos sobresaltados por el agua, poníamos caras extrañas.
Habría algo de fe, o mucho, pero había, sobre todo, mucho amor de una madre que recurre a todo para proteger a sus crías, sus hijos.
Volví a ver aquellas caras que hacían gestos de sorpresa, fue en la bendición de los animales, en la respuesta de perros, gatos y hasta conejos a los hisopazos del párroco. Vi las mismas sonrisas de mi madre en las caras de los dueños.
No es un sacrilegio la comparación. Las gentes que acudieron a San Antón no bendecían a un animal, buscaban protección para ese gato que cada tarde se coloca en su manta y quedan juntos dormidos en el sofá, para ese compañero que sin entender el reloj a las ocho en punto está detrás de la puerta pues sabe que llega el amo, para ese perro que siempre camina a su lado, el que ladrará desesperado el día que el dolor no le deje andar...
Habrá fe, pero hay mucho más.
Recuerdo los amaneceres del Domingo de Pascua, la gran fiesta de los católicos. Mi madre aparecía con una pequeña rama de pino que había guardado el Domingo de Ramos y con un frasco de agua bendita, reciente, de la misa de la noche anterior, al lado del fuego. Mojaba el ramo, bendecía la casa y, sobre todo, a mi hermano y a mí que despertábamos sobresaltados por el agua, poníamos caras extrañas.
Habría algo de fe, o mucho, pero había, sobre todo, mucho amor de una madre que recurre a todo para proteger a sus crías, sus hijos.
Volví a ver aquellas caras que hacían gestos de sorpresa, fue en la bendición de los animales, en la respuesta de perros, gatos y hasta conejos a los hisopazos del párroco. Vi las mismas sonrisas de mi madre en las caras de los dueños.
No es un sacrilegio la comparación. Las gentes que acudieron a San Antón no bendecían a un animal, buscaban protección para ese gato que cada tarde se coloca en su manta y quedan juntos dormidos en el sofá, para ese compañero que sin entender el reloj a las ocho en punto está detrás de la puerta pues sabe que llega el amo, para ese perro que siempre camina a su lado, el que ladrará desesperado el día que el dolor no le deje andar...
Habrá fe, pero hay mucho más.