MANZANEDA DE OMAÑA: FUEGO AMIGO...

FUEGO AMIGO
Carnicer, el centenario de un insumiso

ERNESTO ESCAPA 10/12/2011

El año que nos aguarda a la vuelta de unos días, entre recortes y limitaciones, trae como todos su equipaje de efemérides literarias. Algunas obvias, por el relumbrón público del personaje, como es el caso de Dionisio Ridruejo, de quien no debiera esquinarse lo mejor de su obra, que es la literatura viajera por Castilla. Otras conmemoraciones apuntan a libros singulares, cuyo impacto marcó una escala distinta en la visión de nuestra tierra. Es el caso de Campos de Castilla, de Antonio Machado, o Castilla, de Azorín. Son los centenarios del 2012 que nos conciernen más de cerca. Pero la lima del tiempo no puede silenciar el recuerdo de un escritor magnífico, aunque con menos ruido, como Ramón Carnicer (1912-2007), a quien prepara un merecido homenaje la Fundación Villalar.

Ramón Carnicer se estrenó como escritor a punto de cumplir el medio siglo y publicó una veintena larga de libros siempre sustanciosos y distinguidos por la calidad de una prosa ejemplar. Ficciones, ensayos, viajes, obras de divulgación o sesudas investigaciones conceden al lector el provecho de una sabiduría sin alardes, servida en un castellano modélico, empedrado de revelaciones, matizado y placentero. Es autor de cuatro novelas, dos libros de relatos, dos monumentales biografías esclarecedoras de ángulos umbríos del diecinueve, varias misceláneas y atinados estudios filológicos, pero donde alcanza su mejor tono es en la literatura memorial y viajera. En uno y otro género nos ha legado títulos ya clásicos, que armonizan una expresión estéticamente intachable con la valentía civil que tanto perjudicó su estimación literaria. Porque Carnicer fue un caballero independiente, una conciencia insumisa, un tipo incapaz de conjugar pamplinas para el medro.

Los testimonios viajeros por la Cabrera, por Castilla la Vieja, por Extremadura o por los dispersos enclaves españoles, acreditan la condición de clásico de este veterano hombre de letras. Cálamo anuncia la reedición de su viaje a Nueva York, que no es el más afortunado de sus textos, mientras sigue inaccesible el modélico Gracia y desgracias de Castilla la Vieja (1976). Murió cumplidos los 95 años sin el Premio Castilla y León de las Letras, pero ese baldón hay que explicarlo. En 1991 Antonio Piedra viajó a Barcelona para ofrecérselo, en nombre del consejero Emilio Zapatero. Dio su conformidad al arreglo y recibió un desaire muy molesto. Con una carta contundente quitó las ganas de tramitar nuevos enredos. Recluido en su casa de Barcelona y casi ciego, dio por concluida su obra y por cerrado el capítulo de los reconocimientos. Por eso, cuando la Universidad de León lo distinguió, tarde y con rebaja grupal, como doctor honoris causa, ya ni siquiera acudió a recibir el colgante.