MANZANEDA DE OMAÑA: No había otra forma de acariciar...

No había otra forma de acariciar

Los juegos siempre escondieron realidades que ni ‘don google ni la señorita wikipedia’ serían capaces de entender jamás. Ellos, para hablar de las bondades del clásico juego de la gallinita ciega acudirían a sesudos científicos y sicólogos que nos hablarían de la percepción táctil, de la fuerza interior del grupo, de la socialización y la distensión como valores educativos.

Quienes a ella jugaron recordarán más bien que en aquellos años duros en los que no había rincones para las caricias la gallinita ciega te ofrecía la posibilidad de tocar con la ternura que quisieras poner en la cara que bien sabías de quién era, le ofrecía a quien recibía la caricia la potestad de mantener tu mano sobre su cara, disimulando que no podías adivinar quién era. La fuerza con la que apretaba al apartarte, que iba desde la caricia hasta casi la bofetada, era todo un mensaje cifrado.

El juego, como tantos otros, era una simple vía de escape de los corsés de cada época. ¿Alguien se puede creer que los últimos en ser encontrados al juego del escondite eran los que mejor se habían escondido?

Goya, aquel socarrón aragonés que ni siquiera intuía que un día los saberes estarían en una pantalla, ya pintó en el juego de la gallina ciega a mozos y mozas que están participando en algo que es mucho más que un simple juego.

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