Cuatro fábricas de buen colesterol
Cada cual enseña con orgullo lo que tiene en casa de más valor y para estas mujeres de Serrilla pocas cosas aseguran un invierno mejor que la excelente cosecha de cerdos que muestran en la calle; que era habitual sacarlos a pasear, a tomar el sol, a curtir el jamón y a que los vean los vecinos.
Ya estamos en los santos y bien es sabido que “de los santos a Navidad es invierno de verdad”, por más que nos hayan engañado hasta ahora. Y para el invierno duro sólo se ha inventado una vacuna, el arcón lleno.
Nada más levantar la siguiente hoja del calendario ya aparece el ‘sanmartino’, a la vuelta de la esquina, y ya se muestran en todo su esplendor los gochos que han hecho acopio de colesterol condensado en su diario viaje del cubil al corral, de las mondas de patatas a las remolachas, de los baduyos a los restos de todas las comidas.
No hace falta pesarlos, la dueña calcula las arrobas prácticamente exactas a ojo y a falta de báscula ofrece muy buena pista abrazarlos y ver con satisfacción que ya no los abarca.
Ya están dando los últimos paseos por las calles, luciendo sus cuerpos por última vez, siendo la admiración y envidia del vecindario. Después, un terrible gruñido rasgará el velo de los cielos, ya está el gocho en el banco y el arcón a punto de volverse a llenar.
http://www. la-cronica. net/2011/10/27/fotografia. html
Cada cual enseña con orgullo lo que tiene en casa de más valor y para estas mujeres de Serrilla pocas cosas aseguran un invierno mejor que la excelente cosecha de cerdos que muestran en la calle; que era habitual sacarlos a pasear, a tomar el sol, a curtir el jamón y a que los vean los vecinos.
Ya estamos en los santos y bien es sabido que “de los santos a Navidad es invierno de verdad”, por más que nos hayan engañado hasta ahora. Y para el invierno duro sólo se ha inventado una vacuna, el arcón lleno.
Nada más levantar la siguiente hoja del calendario ya aparece el ‘sanmartino’, a la vuelta de la esquina, y ya se muestran en todo su esplendor los gochos que han hecho acopio de colesterol condensado en su diario viaje del cubil al corral, de las mondas de patatas a las remolachas, de los baduyos a los restos de todas las comidas.
No hace falta pesarlos, la dueña calcula las arrobas prácticamente exactas a ojo y a falta de báscula ofrece muy buena pista abrazarlos y ver con satisfacción que ya no los abarca.
Ya están dando los últimos paseos por las calles, luciendo sus cuerpos por última vez, siendo la admiración y envidia del vecindario. Después, un terrible gruñido rasgará el velo de los cielos, ya está el gocho en el banco y el arcón a punto de volverse a llenar.
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