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Vivir
“Me levanto antes de amanecer todos los días del año”
Eduardo García, ‘El Moreno’, sigue en activo como pastor a los 82 años
MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández / Gete
A las cinco de la mañana ya traía un trastaleo que no había quien durmiera en el chozo. No paró en toda la noche con los nervios de bajar las ovejas para la zona del Condado, donde pasan el invierno”. Así explica Luis Ángel, de Barrio de la Tercia, los nervios de quien puede ser el pastor más veterano en activo, toda una institución: Eduardo García Gutiérrez, ‘El Moreno’ de Casares, un clásico del pastoreo pues no en vano lleva más de setenta años en este duro y viejo oficio.
- Es fácil de averiguar, tengo 82 años y llevo con las ovejas desde los 8, sin dejarlo ni un día.
- Entonces llevas 74 años.
- Y los que vengan.
Lo dice convencido y no le faltan razones. Es increíble la agilidad que tiene, su fortaleza. Mientras bajaban con las ovejas desde la majada de Gete hacía los pastos del Condado jamás se subió al coche de su hijo que les acompañaba con las provisiones para comer. “Tiene que ir ahí, entre el ganado, con los careas, no lo sacas ni con agua hirviendo”. Si a ello unimos que ‘El Moreno’ no habla de “crisis ni Dios que lo fundó” parece que hay pastor para rato. “Ya sé que no se encuentran pastores, que es un oficio duro y todas esas cosas, pero yo es lo que he hecho toda la vida y además me gusta”.
Desde los 8 años
Con Eduardo es muy fácil conversar, más bien escuchar pues, como todos los que pasan muchas horas en soledad, le gusta hablar, no hace falta tirarles de la lengua, se suelta solos. Cuando dice que lleva ‘toda la vida’ entre ganado no exagera ni un ápice pues “empecé con ocho años con mi padre, que ya tenía ovejas. Siempre hemos trabajado las ovejas de casa”, dice mirando para el rebaño que ahora lleva por las carreteras, “éstas serán alrededor de 500 ovejas”.
La guerra civil y los maquis
Pero aquellos inicios como pastor, con su padre, no fueron en una buena época, ni para los pastores ni para nadie, pues llegó la guerra civil, ésa en la que todos los que la vivieron tienen algún mal recuerdo. ‘El Moreno’ también: “En todo el tiempo de la guerra no vimos a nuestro padre, él estuvo para un bando y nosotros por el otro. Nos estaban robando las ovejas, nos la requisaban, y mi padre un día les quitó las esquilas y por la noche huyó con ellas. No nos vimos en años. Fue malo aquello”.
El reencuentro se produjo en unos tiempos todavía convulsos que ‘El Moreno’ y su padre vivieron en los puertos y las majadas de una zona realmente complicada durante la posguerra, en los montes de Lillo. “Estábamos allí para donde las minas de talco y estaba todo el lío de los del monte y la guardia civil... Y nosotros en medio. Muchos días subía la guardia civil a la hora de comer y bajaban los del monte a la hora de cenar. Los conocíamos a todos, con nosotros no hubo problemas, comían de lo que había y se acabó”.
Pero ya era mucho lo de comer, no eran tiempos de abundancia y, recuerda Eduardo, “una vez mi padre ya les dijo a los del monte: ahí para la parte del puerto de Vegarada hay un rebaño muy grande de una que es muy rica, la condesa de algo, ahora no recuerdo de qué. Y le hicieron caso, aunque no dejaron de pasar de vez en cuando a vernos y contarnos cómo andaban las cosas por el monte, de cueva en cueva, eran duros”.
No se le olvida a Eduardo, que entonces era un chaval, una vez que la guardia civil logró detener a varios de los huidos al monte. “Los bajaban en una camioneta y pararon para que los viéramos. Nos preguntaron si conocíamos a algunos para que identificarlos y dijimos que no los habíamos visto nunca. Los conocíamos a todos. Al día ‘alante’ bajamos a la feria de Boñar y los tenían allí encadenados, expuestos, y también para que si alguien los conocía que los delataran”.
Los lobos
Cuando ‘El Moreno’ arranca a contar historias es un pozo sin fondo. Las tiene muy frescas, las cuenta bien, recuerda todos los detalles pero no mira hacia atrás. “Aquello ya pasó y ahora toca otra cosa”. Habiendo sido pastor más de 70 años es inevitable que salga en la conversación el lobo. Nada más que surge la palabra, como si fuera instintivo, mira hacia los mastines. “Siete llevo ahora, siempre tuve muy buenos mastines”.
- ¡Cómo no voy a haber visto lobos! Muchos pero, la verdad, a mí no me han hecho mucho daño porque siempre tuve muy buenos perros. ¿Que si les enseñó bien? A los mastines no se les enseña, los mastines vienen así de fábrica, lo que hay es que cuidarlos, darles de comer... A los que se enseña es a los careas, traigo cuatro.
Y para que veamos cómo trabajan los careas mueve las ovejas de sitio en las praderas donde se han detenido para comer en la orilla del Torío a su paso por Matallana ‘pueblo’. Los llama, tira unas piedras, los dirige con sus voces y en unos segundos ha colocado las quinientas ovejas donde quería. Todo un espectáculo. “Este (por el carea) es el animal más listo que hay y aquellos (por los mastines) los más nobles”. Llama a uno de ellos y el enorme animal levanta la cabeza y mira, como no hay orden la vuelve a agachar y sigue mirando para el rebaño.
Trashumancia
‘El Moreno’ de Casares, un nombre que significa mucho en el mundo del pastoreo, ha recorrido muchos puertos de nuestra montaña. “Estuve en varios de Babia, en Villanueva de la Tercia, en Lillo, en Gete... soy un experto en chozos, en hacerlos y en vivir en ellos”.
Y en más de 70 años de profesión ha visto todas las etapas de este oficio. “Bajé muchos años andando a Extremadura, a las trashumancia; después bajábamos a embarcar en Villadangos para bajarlas en tren, luego pusieron embarque en Villamanín y ahora las bajo para unas praderas ahí en el Condado, en Moral, me gusta bajar andando con ellas, no es lo de antes pero echas dos o tres días de camino, bajas buena comida... Me gusta”.
- ¿Te gusta? Si llevas dos o tres días con unos nervios que no te aguantas y hoy no nos dejaste dormir en toda la noche, que a las cinco de la mañana ya estabas en pie; bromean con él Luis Ángel y su hijo, que le acompañan en esta trasterminancia desde Gete hasta el Condado.
- Eso es otra cosa. Los nervios de bajar, los coches por la carretera, y esas cosas, pero son las cosas del oficio.
Y pasa a uno de los momentos que está claro que le gustan en este viaje: la hora de comer, pues ya ha dicho varias veces aquello de “bueno, habrá que buscar una sombra y comer”.
- Bueno, pues nos vamos, gracias por todo.
- No hombre, quedaros a comer, a ver si después de deciros que dábamos de comer a los maquis y la guardia civil vamos a echaros.
- ¿Qué quedamos, como maquis o como guardias civiles?
- Con esas barbas y esas pintas. Mira, dejaros de tonterías y partir chorizo de ese, que sí es casero de verdad. Y la carne de esas cazuelas, sólo faltaba que a la hora de comer vengáis con tontunas.
‘El Moreno’. Irrepetible.
Vivir
“Me levanto antes de amanecer todos los días del año”
Eduardo García, ‘El Moreno’, sigue en activo como pastor a los 82 años
MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández / Gete
A las cinco de la mañana ya traía un trastaleo que no había quien durmiera en el chozo. No paró en toda la noche con los nervios de bajar las ovejas para la zona del Condado, donde pasan el invierno”. Así explica Luis Ángel, de Barrio de la Tercia, los nervios de quien puede ser el pastor más veterano en activo, toda una institución: Eduardo García Gutiérrez, ‘El Moreno’ de Casares, un clásico del pastoreo pues no en vano lleva más de setenta años en este duro y viejo oficio.
- Es fácil de averiguar, tengo 82 años y llevo con las ovejas desde los 8, sin dejarlo ni un día.
- Entonces llevas 74 años.
- Y los que vengan.
Lo dice convencido y no le faltan razones. Es increíble la agilidad que tiene, su fortaleza. Mientras bajaban con las ovejas desde la majada de Gete hacía los pastos del Condado jamás se subió al coche de su hijo que les acompañaba con las provisiones para comer. “Tiene que ir ahí, entre el ganado, con los careas, no lo sacas ni con agua hirviendo”. Si a ello unimos que ‘El Moreno’ no habla de “crisis ni Dios que lo fundó” parece que hay pastor para rato. “Ya sé que no se encuentran pastores, que es un oficio duro y todas esas cosas, pero yo es lo que he hecho toda la vida y además me gusta”.
Desde los 8 años
Con Eduardo es muy fácil conversar, más bien escuchar pues, como todos los que pasan muchas horas en soledad, le gusta hablar, no hace falta tirarles de la lengua, se suelta solos. Cuando dice que lleva ‘toda la vida’ entre ganado no exagera ni un ápice pues “empecé con ocho años con mi padre, que ya tenía ovejas. Siempre hemos trabajado las ovejas de casa”, dice mirando para el rebaño que ahora lleva por las carreteras, “éstas serán alrededor de 500 ovejas”.
La guerra civil y los maquis
Pero aquellos inicios como pastor, con su padre, no fueron en una buena época, ni para los pastores ni para nadie, pues llegó la guerra civil, ésa en la que todos los que la vivieron tienen algún mal recuerdo. ‘El Moreno’ también: “En todo el tiempo de la guerra no vimos a nuestro padre, él estuvo para un bando y nosotros por el otro. Nos estaban robando las ovejas, nos la requisaban, y mi padre un día les quitó las esquilas y por la noche huyó con ellas. No nos vimos en años. Fue malo aquello”.
El reencuentro se produjo en unos tiempos todavía convulsos que ‘El Moreno’ y su padre vivieron en los puertos y las majadas de una zona realmente complicada durante la posguerra, en los montes de Lillo. “Estábamos allí para donde las minas de talco y estaba todo el lío de los del monte y la guardia civil... Y nosotros en medio. Muchos días subía la guardia civil a la hora de comer y bajaban los del monte a la hora de cenar. Los conocíamos a todos, con nosotros no hubo problemas, comían de lo que había y se acabó”.
Pero ya era mucho lo de comer, no eran tiempos de abundancia y, recuerda Eduardo, “una vez mi padre ya les dijo a los del monte: ahí para la parte del puerto de Vegarada hay un rebaño muy grande de una que es muy rica, la condesa de algo, ahora no recuerdo de qué. Y le hicieron caso, aunque no dejaron de pasar de vez en cuando a vernos y contarnos cómo andaban las cosas por el monte, de cueva en cueva, eran duros”.
No se le olvida a Eduardo, que entonces era un chaval, una vez que la guardia civil logró detener a varios de los huidos al monte. “Los bajaban en una camioneta y pararon para que los viéramos. Nos preguntaron si conocíamos a algunos para que identificarlos y dijimos que no los habíamos visto nunca. Los conocíamos a todos. Al día ‘alante’ bajamos a la feria de Boñar y los tenían allí encadenados, expuestos, y también para que si alguien los conocía que los delataran”.
Los lobos
Cuando ‘El Moreno’ arranca a contar historias es un pozo sin fondo. Las tiene muy frescas, las cuenta bien, recuerda todos los detalles pero no mira hacia atrás. “Aquello ya pasó y ahora toca otra cosa”. Habiendo sido pastor más de 70 años es inevitable que salga en la conversación el lobo. Nada más que surge la palabra, como si fuera instintivo, mira hacia los mastines. “Siete llevo ahora, siempre tuve muy buenos mastines”.
- ¡Cómo no voy a haber visto lobos! Muchos pero, la verdad, a mí no me han hecho mucho daño porque siempre tuve muy buenos perros. ¿Que si les enseñó bien? A los mastines no se les enseña, los mastines vienen así de fábrica, lo que hay es que cuidarlos, darles de comer... A los que se enseña es a los careas, traigo cuatro.
Y para que veamos cómo trabajan los careas mueve las ovejas de sitio en las praderas donde se han detenido para comer en la orilla del Torío a su paso por Matallana ‘pueblo’. Los llama, tira unas piedras, los dirige con sus voces y en unos segundos ha colocado las quinientas ovejas donde quería. Todo un espectáculo. “Este (por el carea) es el animal más listo que hay y aquellos (por los mastines) los más nobles”. Llama a uno de ellos y el enorme animal levanta la cabeza y mira, como no hay orden la vuelve a agachar y sigue mirando para el rebaño.
Trashumancia
‘El Moreno’ de Casares, un nombre que significa mucho en el mundo del pastoreo, ha recorrido muchos puertos de nuestra montaña. “Estuve en varios de Babia, en Villanueva de la Tercia, en Lillo, en Gete... soy un experto en chozos, en hacerlos y en vivir en ellos”.
Y en más de 70 años de profesión ha visto todas las etapas de este oficio. “Bajé muchos años andando a Extremadura, a las trashumancia; después bajábamos a embarcar en Villadangos para bajarlas en tren, luego pusieron embarque en Villamanín y ahora las bajo para unas praderas ahí en el Condado, en Moral, me gusta bajar andando con ellas, no es lo de antes pero echas dos o tres días de camino, bajas buena comida... Me gusta”.
- ¿Te gusta? Si llevas dos o tres días con unos nervios que no te aguantas y hoy no nos dejaste dormir en toda la noche, que a las cinco de la mañana ya estabas en pie; bromean con él Luis Ángel y su hijo, que le acompañan en esta trasterminancia desde Gete hasta el Condado.
- Eso es otra cosa. Los nervios de bajar, los coches por la carretera, y esas cosas, pero son las cosas del oficio.
Y pasa a uno de los momentos que está claro que le gustan en este viaje: la hora de comer, pues ya ha dicho varias veces aquello de “bueno, habrá que buscar una sombra y comer”.
- Bueno, pues nos vamos, gracias por todo.
- No hombre, quedaros a comer, a ver si después de deciros que dábamos de comer a los maquis y la guardia civil vamos a echaros.
- ¿Qué quedamos, como maquis o como guardias civiles?
- Con esas barbas y esas pintas. Mira, dejaros de tonterías y partir chorizo de ese, que sí es casero de verdad. Y la carne de esas cazuelas, sólo faltaba que a la hora de comer vengáis con tontunas.
‘El Moreno’. Irrepetible.