«Me duele tener una calle con mi nombre y saber que jamás la pisaré»
pablo rioja | león 04/10/2011
Casicuentos para acariciar a un niño que bosteza es casi su última publicación y escribe allí de esa escisión del tiempo y alguna cosa más. «No demasiadas, debido a que se trataba de no aburrir al pequeño que entonces bostezaba como un samurai en miniatura. Lo peor del tiempo y de su transcurso irremediable es que no lograremos manejar nunca sus fantásticas riendas, o lo que es lo mismo, que el tiempo nos golpea a su gusto el muy cínico y nosotros, encima, poniendo buena cara».
— ¿Qué extraña de su niñez?
Es curioso, de mi niñez no extraño nada y lo extraño todo. Sí recuerdo perfectamente que se me acabó de golpe a los nueve años, justo cuando inicié mi peregrinaje por diversos internados religiosos.
—Son relatos cuya denominador común es la amargura. ¿Es aconsejable guardar el pasado en un cajón?
—Pudiera parecer que la amargura es el hilo conductor de los casicuentos, pero no es así, al menos no desde mi punto de vista. Sobre todo, porque siendo como fueron historias para ser contadas a mi hijo de corta edad, nada más lejos de mi intención que transmitirle pesadumbre y leves conflictos innecesarios sino acontecimientos de mi infancia que tal vez podrían servirle un día para algo. Para nada le sirvieron. Lo que sí pudo ocurrir es que salió a relucir mi poso de pesimismo mañanero y se fue desparramando sin querer a lo largo del librito. En cuanto al pasado, ese borrón de los sentidos insufrible, qué importa dónde lo tengamos echado a perder, lo que realmente deberíamos evitar es el barrido de la memoria con el que peligra la propia propagación de los recuerdos. Ejercitar la memoria dos o tres horas al día como mínimo. La esquizofrenia y el Alzhéimer son enfermedades que me aterran.
—Hace continuas alusiones a su pueblo natal. ¿Tanto marcan al ser humano sus raíces?
—Riello era, y lo es ahora, mi único mundo con ciertas prolongaciones posteriores, las que llegaron a formar o constituir el territorio Olleir. La República de Olleir, concretamente, ya que la República de verdad no la verán mis ojos, instauro ésta a mi antojo, sin banderas separadoras, sin quebrantos. En el libro intentaba hilar sucesos que recuerdo ocurridos en mi pueblo junto con otros un poquitín inventados o reescritos a mi manera. La palabra raíces no me gusta excesivamente, casi preferiría utilizar ‘el origen’. Y claro que imprime profundas marcas en el ánimo saber que perteneces a un lugar y no a otro. Y si encima el lugar, como es el caso de Riello, es el más hermoso pues ya está todo dicho.
— ¿Es de los que piensan que al lugar donde se ha sido feliz no se debiera volver jamás?
—La felicidad, no importa dónde se haya probado por primera vez, sigue estando ahí presente, latente, de ningún modo nos vamos a poder desembarazar de ella. Afortunadamente. ¿No poder regresar a aquel tiempo, a aquellos lugares? Yo vuelvo siempre, de noche y en sueños. Además sin tetraplejia alguna, con una movilidad más que envidiable. Repito, siempre vuelvo aunque sé de sobra que se me ha prohibido el regreso. Y yo me entiendo.
—Gamoneda dice que usted es la ‘conciencia de Omaña’, entre otras cosas por su capacidad de resistencia y su sentido de lo justo y lo injusto...
—La ‘conciencia de Omaña’ y demás hermosas, y exageradas, palabras se le ocurrieron a Antonio Gamoneda en agosto de 1998 para una carta que se leyó en Riello por aquellas fechas celebrando que un servidor había quedado meses atrás total y literalmente para el arrastre. En lo personal mi resistencia no va mucho más allá de apetecer en los accesos de tos controlar la respiración y decirme a mí mismo: ‘resiste, resiste, caradura’. Con muy pobres resultados. Y no sé exactamente qué es justo y qué es injusto, aunque algo barrunto a medianoche, que es el momento de los artificios y de las reflexiones.
— ¿Qué se siente al tener una calle con su nombre?
—Me temo que aún no he podido asumirlo lo suficiente. De hecho, me duele ‘tener’ una calle y tener también de antemano la seguridad de que nunca la voy a poder pisar. No importa, de crío lo hice a base de bien. ¿Es el orgullo un sentimiento serio y respetable? Pues eso mismo siento yo, y agradecimiento a las personas e instituciones que lo acordaron, y una lista larga de emociones que no voy a enumerar por si acaso. Amén de ser consciente de que no había merecimientos para detalle semejante. En fin. El problema va a sobrevenir en el próximo ejercicio fiscal. A ver cómo diablos se declara una calle en asuntos patrimoniales. Mi asesora aconseja que me lo tome con calma y con licor de guindas.
—Su ejemplo de superación demuestra que los límites sólo residen en la mente.
—Yo jamás he superado nada, ni siquiera lo he intentado. Si alguien ha demostrado continuamente de lo que es capaz de soportar un ser humano esa persona es María Jesús. Y, cómo no, Luis Miguel Jr. Yo simplemente me he dejado llevar por la inercia y la corriente fatigosa del día a día porque mi único deseo es acabar, lo más pronto posible, en Montecorral y en los riscos cercanos al faro de San Juan. Cenizas y cenizas.
— ¿Tiene sentido el sufrimiento?
—Cómo va a tener sentido el sufrimiento, hombre. Es como preguntarse si tienen pirula los obispos o si los carromatos subían antes La Espina más deprisa de lo que lo podrían hacer sí se pusiesen a ello.
— ¿Está la labor poética para pocos trotes?
—A mí no me lo parece en absoluto. Veo y leo por ahí, a Internet me refiero, infinidad de colecciones, infinidad de lecturas públicas, infinidad de presentaciones de libros, infinidad de antologías. Mientras más poetas, mejor le irá a esta sociedad de tunantes disfrazados.
— ¿Cómo es su relación con Internet?
—Una relación totalmente sumisa y amistosa. De hecho, es mi agujerito para comunicarme con personas que sin Internet no habría oportunidad ninguna de hacerlo.
— ¿Qué me dice de Avilés?
—Avilés, es la ciudad gris más maravillosa que conozco.
—Por cierto, ¿qué otros ‘Lugares’ guarda en su memoria?
—No más de los que dejé apuntados en mi último libro a base de abusar de las toponimias del corazón. Aunque algunos me reservo, naturalmente, para momentos concretos muy especiales.
— ¿Qué tiene en mente hacer ahora?
—Editar a corto plazo Música para torpes.
pablo rioja | león 04/10/2011
Casicuentos para acariciar a un niño que bosteza es casi su última publicación y escribe allí de esa escisión del tiempo y alguna cosa más. «No demasiadas, debido a que se trataba de no aburrir al pequeño que entonces bostezaba como un samurai en miniatura. Lo peor del tiempo y de su transcurso irremediable es que no lograremos manejar nunca sus fantásticas riendas, o lo que es lo mismo, que el tiempo nos golpea a su gusto el muy cínico y nosotros, encima, poniendo buena cara».
— ¿Qué extraña de su niñez?
Es curioso, de mi niñez no extraño nada y lo extraño todo. Sí recuerdo perfectamente que se me acabó de golpe a los nueve años, justo cuando inicié mi peregrinaje por diversos internados religiosos.
—Son relatos cuya denominador común es la amargura. ¿Es aconsejable guardar el pasado en un cajón?
—Pudiera parecer que la amargura es el hilo conductor de los casicuentos, pero no es así, al menos no desde mi punto de vista. Sobre todo, porque siendo como fueron historias para ser contadas a mi hijo de corta edad, nada más lejos de mi intención que transmitirle pesadumbre y leves conflictos innecesarios sino acontecimientos de mi infancia que tal vez podrían servirle un día para algo. Para nada le sirvieron. Lo que sí pudo ocurrir es que salió a relucir mi poso de pesimismo mañanero y se fue desparramando sin querer a lo largo del librito. En cuanto al pasado, ese borrón de los sentidos insufrible, qué importa dónde lo tengamos echado a perder, lo que realmente deberíamos evitar es el barrido de la memoria con el que peligra la propia propagación de los recuerdos. Ejercitar la memoria dos o tres horas al día como mínimo. La esquizofrenia y el Alzhéimer son enfermedades que me aterran.
—Hace continuas alusiones a su pueblo natal. ¿Tanto marcan al ser humano sus raíces?
—Riello era, y lo es ahora, mi único mundo con ciertas prolongaciones posteriores, las que llegaron a formar o constituir el territorio Olleir. La República de Olleir, concretamente, ya que la República de verdad no la verán mis ojos, instauro ésta a mi antojo, sin banderas separadoras, sin quebrantos. En el libro intentaba hilar sucesos que recuerdo ocurridos en mi pueblo junto con otros un poquitín inventados o reescritos a mi manera. La palabra raíces no me gusta excesivamente, casi preferiría utilizar ‘el origen’. Y claro que imprime profundas marcas en el ánimo saber que perteneces a un lugar y no a otro. Y si encima el lugar, como es el caso de Riello, es el más hermoso pues ya está todo dicho.
— ¿Es de los que piensan que al lugar donde se ha sido feliz no se debiera volver jamás?
—La felicidad, no importa dónde se haya probado por primera vez, sigue estando ahí presente, latente, de ningún modo nos vamos a poder desembarazar de ella. Afortunadamente. ¿No poder regresar a aquel tiempo, a aquellos lugares? Yo vuelvo siempre, de noche y en sueños. Además sin tetraplejia alguna, con una movilidad más que envidiable. Repito, siempre vuelvo aunque sé de sobra que se me ha prohibido el regreso. Y yo me entiendo.
—Gamoneda dice que usted es la ‘conciencia de Omaña’, entre otras cosas por su capacidad de resistencia y su sentido de lo justo y lo injusto...
—La ‘conciencia de Omaña’ y demás hermosas, y exageradas, palabras se le ocurrieron a Antonio Gamoneda en agosto de 1998 para una carta que se leyó en Riello por aquellas fechas celebrando que un servidor había quedado meses atrás total y literalmente para el arrastre. En lo personal mi resistencia no va mucho más allá de apetecer en los accesos de tos controlar la respiración y decirme a mí mismo: ‘resiste, resiste, caradura’. Con muy pobres resultados. Y no sé exactamente qué es justo y qué es injusto, aunque algo barrunto a medianoche, que es el momento de los artificios y de las reflexiones.
— ¿Qué se siente al tener una calle con su nombre?
—Me temo que aún no he podido asumirlo lo suficiente. De hecho, me duele ‘tener’ una calle y tener también de antemano la seguridad de que nunca la voy a poder pisar. No importa, de crío lo hice a base de bien. ¿Es el orgullo un sentimiento serio y respetable? Pues eso mismo siento yo, y agradecimiento a las personas e instituciones que lo acordaron, y una lista larga de emociones que no voy a enumerar por si acaso. Amén de ser consciente de que no había merecimientos para detalle semejante. En fin. El problema va a sobrevenir en el próximo ejercicio fiscal. A ver cómo diablos se declara una calle en asuntos patrimoniales. Mi asesora aconseja que me lo tome con calma y con licor de guindas.
—Su ejemplo de superación demuestra que los límites sólo residen en la mente.
—Yo jamás he superado nada, ni siquiera lo he intentado. Si alguien ha demostrado continuamente de lo que es capaz de soportar un ser humano esa persona es María Jesús. Y, cómo no, Luis Miguel Jr. Yo simplemente me he dejado llevar por la inercia y la corriente fatigosa del día a día porque mi único deseo es acabar, lo más pronto posible, en Montecorral y en los riscos cercanos al faro de San Juan. Cenizas y cenizas.
— ¿Tiene sentido el sufrimiento?
—Cómo va a tener sentido el sufrimiento, hombre. Es como preguntarse si tienen pirula los obispos o si los carromatos subían antes La Espina más deprisa de lo que lo podrían hacer sí se pusiesen a ello.
— ¿Está la labor poética para pocos trotes?
—A mí no me lo parece en absoluto. Veo y leo por ahí, a Internet me refiero, infinidad de colecciones, infinidad de lecturas públicas, infinidad de presentaciones de libros, infinidad de antologías. Mientras más poetas, mejor le irá a esta sociedad de tunantes disfrazados.
— ¿Cómo es su relación con Internet?
—Una relación totalmente sumisa y amistosa. De hecho, es mi agujerito para comunicarme con personas que sin Internet no habría oportunidad ninguna de hacerlo.
— ¿Qué me dice de Avilés?
—Avilés, es la ciudad gris más maravillosa que conozco.
—Por cierto, ¿qué otros ‘Lugares’ guarda en su memoria?
—No más de los que dejé apuntados en mi último libro a base de abusar de las toponimias del corazón. Aunque algunos me reservo, naturalmente, para momentos concretos muy especiales.
— ¿Qué tiene en mente hacer ahora?
—Editar a corto plazo Música para torpes.