MANZANEDA DE OMAÑA: Se nos van los pastores...

Se nos van los pastores
la conjunción del sol con el signo de libra inicia el otoño, la estación más pintoresca y en la que los pastores dejan los puertos de altura

25/09/2011

Durante esta semana, que hoy acaba, los astrónomos señalan en la conjunción del Sol con el signo de Libra, el comienzo del otoño para los habitantes del hemisferio boreal, y su llegada, a pesar de las connotaciones de madurez irreversible, presenta la estación más versátil y pintoresca de las cuatro que componen el ciclo anual. Septiembre, el mes del arranque otoñal, en el que se secan las fuentes o se arrastran los puentes, puede ser muy bien el símbolo de esa versatilidad apuntada. El otoño leonés, siempre esperado con expectación por los labradores como culminación de un intenso laboreo, y el regusto de una buena y gratificante cosecha, está marcado también por la nostalgia de los pastores que durante cuatro meses poblaron los puertos de altura conviviendo y compartiendo con las buenas gentes montañesas. A ellos, a los pastores, dedicamos hoy nuestro Retablo, pues sabemos que las esencias leonesas, unidas tan profundamente a la tierra, están enraizadas en el mundo pastoril, en su cultura, en su folklore, en sus costumbres y en sus amores.

A partir del siglo XIII, ya reguladas las Ordenanzas, que durante siglos rigieron el llamado Concejo de La Mesta, aparecen en nuestra provincia las delimitaciones viarias impuestas por las Cañadas Reales —90 varas de ancho— y los Cordones —45 varas de anchura—. Dos siglos más tarde, la ya poderosa Mesta, alcanzaría la plenitud de derechos con la promulgación de las nuevas Ordenanzas, en 1492, por los Reyes Católicos, que posponen los intereses de los agricultores a los de la gigantesca trashumancia, pues en esta fecha controlan, desde la Corona de Castilla, nada menos que unos cinco millones de cabezas de ganado ovino, encuadrado casi en su totalidad en grandes cabañas pertenecientes a la nobleza y a los «ricos-homes» de las dos mesetas.

De esta manera pudo remontarse, en parte, la depauperada economía de las dos Castillas, que había sido herida de muerte con la expulsión de judíos y moriscos, dueños casi absolutos en aquella época, del mercado y las finanzas en los recién unidos reinos cristianos. Por eso, la industria de la lana, fue en aquellos momentos la tabla de salvación que impidió el hundimiento económico; no en vano las dos terceras partes de la producción se exportaban al extranjero, gravando la Corona, cada saca de lana que fuese a los Países Bajos, con un ducado, mientras que las sacas enviadas a Italia pagaban el impuesto de dos ducados. Había que mimar, pues, los intereses trashumantes, aunque con ello se hacían cada vez más profundos los seculares enfrentamientos del pastoreo y la agricultura.

No es difícil, de esta manera, comprender las secuelas, costumbres, tradiciones y hermanamiento que nuestra provincia tuvo, y tiene, con las gentes de la trashumancia. León fue desde siempre la provincia más receptora de churras y merinas, al reclamo de sus jugosos pastos de montaña, que al amparo de los verdes puertos, aseguran el frescor de sus hierbas aún en los más cálidos veranos. Y así, desde las Extremaduras, por el viejo reino de León, se bifurcaban varios cordeles que conducían a los altos valles montañeses.

Los Concejos, Encartaciones, Merindades y Jurisdicciones antiguas, que componían el mapa administrativo de la montaña leonesa hasta la aparición de los municipios en 1835, recibieron siempre grandes cantidades de ganado lanar, que formaban una espléndida cabaña compuesta por numerosos hatos repartidos en los Puertos, con la expresa condición del respeto a unos límites previamente convenidos. Mayorales, rabadanes, zagales, motriles... pastores en general, cruzaban los caminos señalados y cada noche, mientras duraba su andadura, eran requeridos y disputados sus rebaños para pernoctar en esta o en aquella finca, que así quedaba bien abonada, y llegó a ser muy familiar la estampa de aquellos hombres curtidos en las múltiples brisas de la Rosa de los Vientos, con sus mulas sobrecargadas como el caracol, con la casa a cuestas, los fieros mastines protegidos por las punzantes carlancas, y dispuestos a defender sus ovejas hasta la muerte, como en el romance de La Loba Parda.

Pues bien, todo ese mundillo pastoril, encajado durante varios meses en la vida montañesa, dejó abundante huella de costumbres, folklore, decires, cantares..., en fin, que fue uno de los más firmes vehículos culturales de ida y vuelta entre las tierras del gazpacho y la alpargata y las de las sopas de ajo y la madreña. También sus pasos por las brañas y el arrendamiento de pastos, estaba regulado en lo económico; pero no acababa el compromiso en el pago de unos dineros negociados: se pagaba otra parte en especies, y el pueblo entero participaba esta vez directamente, pues cada rebaño, al caer el verano, entregaba a los vecinos una oveja «machorra», que siguiendo las costumbres extremeñas y salmantinas, se sacrificaban, casi ritualmente, para ser degustadas en armonía por el vecindario.