MANZANEDA DE OMAÑA: Muy cerca de la confluencia del Omaña y el Luna, por...

Muy cerca de la confluencia del Omaña y el Luna, por la carretera que parte de Carrizo de La Ribera, se halla esta Preciosa aldea, donde las haya.
Desde la parte final del pueblo, subiendo un par de kilómetros por un camino carretal, que se calca sobre un acueducto romano, se llega a estas Médulas de gran superficie.
A ambos lados del acueducto cae la explotación de las arrugia, con distinta técnica que la de las Médulas de Orellán, en El Bierzo.
En Villaviciosa se explotaba el oro sin ruina montium, formando infinidad de aroyuelos para el lavado aurífero. Los arrastres de los guijarros han dado abundante material para la gravera que hoy se explota en la localidad de Las Omañas.
La superficie de estas Médulas nos pareció mayor que la de las bergidenses; el agua se traía de los altos de Escuredo, y aun dice la leyenda que bajo el arroyo mayor, que llega directo a la gravera, se halla soterrado un edículo romano consagrado a un ellos, todo de oro.
Al entrar en la aldea saludan al visitante unos castaños tan enormes que en uno de ellos, hueco, caben una mesa, cuatro sillas y cuatro personas jugando a la brisca. A su sombra pueden bailar doscientas parejas.
Dícese que bajo este castaño hay soterrada una cesta llena de pepitas de oro. La trama de esta leyenda ocurrió por el enamoramiento de la hija del centurión romano, que custodiaba las excavaciones auríferas, de uno de los esclavos, quien le regaló a la bella la cestilla de pepitas. La moza la escondió bajo tierra, plantando encima este soberbio castaño que aun perdura a través de los siglos.
Hay otro castaño cerca de la iglesia parroquial, con sus raíces a flor de tierra, que parece sacado de un cuento de hadas. Es el más bello del conjunto.
Hay más bellezas para admirar en Villaviciosa de La Ribera: el retablo barroco de su templo y la ermita de La Virgen de la Portería, con una pared cubierta de hiedra y una diminuta imagen de bellísima factura.
En el interior se conserva un deteriorado cuadro de la familia de los Bardón, de los que escribieron en leonés los cuentos de La Cepeda y La Babia.
También se puede contemplar el palacio de los Lunas y los Quiñones, con sus escudos sobre el tapial, y que sirvió de preceptoría para estudiosos eclesiásticos.
En el edificio que sirvió de escuela aun se conservan las cadenas del suplicio, y hace poco que desapareció el cepo de la tortura; viga seccionada a lo largo, con sus agujeros que cepaban los pies de los condenados.