MANZANEDA DE OMAÑA: El gallo de San Isidoro de León - Saqueo leonés de...

El gallo de San Isidoro de León - Saqueo leonés de Medina Azahara

¿Cómo llegó el gallo a la capital del Reino, a León?…

Tanto si el gallo-veleta de la torre de San Isidoro fue realizado en el al-Andalus, como si se fabricó en algún taller oriental y posteriormente exportado al sur peninsular, lo cierto es que, probablemente, la obra llega a León como tributo o como botín de guerra arrebatado a los musulmanes.
En principio, no parece ser una pieza adecuada o utilizada como pago de un impuesto aunque tampoco se debe descartar con rotundidad; más bien, nos inclinamos a pensar que nos encontramos ante un objeto valioso, inhabitual y interesante para los cristianos, removido de su lugar de origen como consecuencia de una acción de rapiña, muy usual en la época, que llega a la ciudad con señales de haber sido arrancado de su emplazamiento original, al faltarle las extremidades inferiores.
Planteada esta circunstancia, el gallo de San Isidoro pudo haber sido traído por Alfonso VI como parte de los saqueos realizados en 1072-1075 a los alrededores de Córdoba, en apoyo a su aliado, el rey de Toledo, Al-Mamún; o es posible que su procedencia sea la ciudad de Valencia, como parte del botín obtenido también por Alfonso VI, por los impagos del musulmán Al-Qadir como resultado de la ayuda del rey leonés para recuperar el trono valenciano en 1081.
La indiscutible procedencia palatina de la obra, también la hace protagonista, supuestamente, de alguno de los palacios que Al-Mamún tenía en Toledo, y que, tras la conquista de la ciudad en 1085, Alfonso VI pudo trasladar como trofeo para adornar la torre del Pateón Real de San Isidoro de León, tumba de sus padres Fernando I y Sancha.
Existe un texto árabe del cronista Ibn Hayyan, en el que narra las maravillas de uno de los palacios reales de Al-Mamún en Toledo, en las que describe dos estanques con surtidores en forma de animales y piletas de mármol en las que: “ … había figuras de animales, pájaros y árboles …”.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que el gallo de la torre, tuvo que llegar a la ciudad de León con anterioridad a la cronología de la leyenda que figura en el cono de sujeción y que, según se propone en las Jornadas Isidorianas, parece corresponder al año 1074. Todas las posibles conjeturas que se realicen con posterioridad a dicha fecha, pueden resultar inexactas.
Entre las hipótesis que se barajan sobre la llegada de esta pieza a León, existe una que resulta especialmente curiosa y, a la vez, apasionante. Es un hecho armado, poco divulgado y desarrollado, ocurrido a comienzos del siglo XI entre el Reino de León y el Califato de Córdoba, que llama poderosamente la atención y en el que podría estar implicada esta fascinante obra.
El siglo X resultó militarmente nefasto para el Reino leonés, que sufrió las terribles embestidas militares islámicas. El Califato de Córdoba había llegado a su máximo esplendor con sus dos primeros califas, Abd al-Rahman III y su hijo al-Hákam II, pero a partir de Hisham II comienzan los desordenes y la confusión, iniciándose un periodo de inseguridad a pesar de que el primer ministro o hayib, el denominado por los nos cristianos Almanzor, ejercerá y concentrará férreamente todo el poder de decisión que correspondía al débil Califa.
Las campañas de Almanzor resultaron devastadoras. En once años de poder efectivo, realizó nada menos que 25 aceifas contra los reinos cristianos. A su muerte, su hijo y heredero, Abd al-Malik, continuó con los ataques militares hacia el norte hasta el 1008, año en el que muere en plena campaña ofensiva.
Su hermano, el nuevo heredero amirí, Abd al-Rahman, conocido por los cristianos como “Sanchuelo”, descendiente de la dinastía navarra y pariente de Alfonso V de León, apoyado por leoneses, beréberes y eslavos, se hace proclamar heredero por el califa Hisham II, lo que origina el estallido del Califato, la guerra civil, la fitna.
Surgen las figuras de Al-Mahadi, biznieto de Abd al-Rahaman III, al que apoya la plebe cordobesa, y de Sulayman, también descendiente del fundador del Califato, que cuenta con el apoyo de los beréberes, mercenarios llamados por Almanzor, y más tarde por los leoneses. Ambos pretendientes disputarán el trono a Sanchuelo, que resultará derrotado y muerto en la batalla de Guadalmellato.
Los beréberes se vieron arrinconados y solicitaron ayuda a los leoneses, que cedieron su ayuda a cambio ciudades de frontera. Un importante contingente de 600 jinetes leoneses, al mando del conde García Gómez, parte desde Medinacelli en apoyo del pretendiente Sulayman, ahora al frente de las fuerzas beréberes.
A comienzos del mes de noviembre del año 1009, las tropas de Sulayman y los leoneses cruzan el Gualdalquivir, atacan los arrabales de Córdoba y siembran el terror entre sus habitantes. Toda la campiña cordobesa sufre los asaltos de beréberes y leoneses, que se dedican al pillaje de una parte importante de las riquezas del Califato, llegando a entrar, destruir y saquear Medina Zaira, Alamiria y el palacio califal de Medina Azahara, sucesos en los que se cuenta que los leoneses: “saquean y roban sin orden”.

Podemos sospechar como entrarían los jinetes leoneses en Medina Azahara. Hombres curtidos en la guerra y forjados durante años en los continuos combates contra las tropas de Almanzor, los guerreros leoneses, tras asaltar las potentes murallas y eliminar la resistencia armada, se encontraron en pleno corazón del arte y poder musulmán, en un espacio palaciego seis veces mayor que la ciudad de León, 112 hectáreas repletas de riquezas y tesoros artísticos, nunca vistos en tierras cristianas.
Los leoneses se dedicarían a un saqueo y pillaje extremo, en el que no quedaría nada de valor que pudieran trasportar: lámparas, tapices, mobiliario, provisiones y todo tipo de utensilios y enseres, destruyendo todo lo que no consiguieran llevarse y matando o esclavizando a sus moradores.
Resultaría ingente el botín de objetos valiosos arrebatados y traídos al norte por el contingente leonés, entre ellos pudiera encontrarse el gallo de San Isidoro, arrancado de una de las fuentes del palacio califal y que, en su momento, se ubicó como veleta en la torre campanario del Panteón Real de la Colegiata de San Isidoro, el edifico religioso más emblemático del Reino de León.

Un lugar especial para una obra excepcional, que permanecerá casi mil años contemplado, desde lo alto de la torre, la vida cotidiana de la ciudad de León…