Aparecían violentos los primeros calores del verano y los paisanos empezaban a sudar, pero de pensarlo, no de la temperatura.
Sacaban del enorme cajón de las herramientas lo necesario para ponerse a cabruñar la guadaña, quitaban la hoja del mástil y se sentaban en el corral con paciencia franciscana a dejar ‘la máquina de segar’ como una hoja de afeitar.
Pasaba algún vecino que se había resistido a emprender la misma tarea porque sabía lo que venía detrás, se quedaba mirando, como si fuera una obligación decir algo, y musitaba: “ ¿Qué?”.
- Cabruñando la canícula.
Después venía el levantarse al amanecer con todo el escuadrón de siega, el caminar de todos ellos con la guadaña al hombro y cada uno a su marayo.
Pronto salía el sol, los viajes a la fuente cercana y a la bota posada a la orilla del río, los sudores inevitables, las vueltas a la boina o el sombrero, las culebras que daban unos sustos de muerte y quedaban partidas por la mitad mientras el rabo seguía moviéndose, las maldiciones...
La vieja siega a guadaña, cuando se le arrancaba al monte hasta la última hierba, siempre fue una de esas faenas duras, de las que hacen sudar simplemente con pensarlo.
Por eso, cuando un viejo segador ve las modernas máquinas siempre dice: “Así, segaba yo el mar”.
Sacaban del enorme cajón de las herramientas lo necesario para ponerse a cabruñar la guadaña, quitaban la hoja del mástil y se sentaban en el corral con paciencia franciscana a dejar ‘la máquina de segar’ como una hoja de afeitar.
Pasaba algún vecino que se había resistido a emprender la misma tarea porque sabía lo que venía detrás, se quedaba mirando, como si fuera una obligación decir algo, y musitaba: “ ¿Qué?”.
- Cabruñando la canícula.
Después venía el levantarse al amanecer con todo el escuadrón de siega, el caminar de todos ellos con la guadaña al hombro y cada uno a su marayo.
Pronto salía el sol, los viajes a la fuente cercana y a la bota posada a la orilla del río, los sudores inevitables, las vueltas a la boina o el sombrero, las culebras que daban unos sustos de muerte y quedaban partidas por la mitad mientras el rabo seguía moviéndose, las maldiciones...
La vieja siega a guadaña, cuando se le arrancaba al monte hasta la última hierba, siempre fue una de esas faenas duras, de las que hacen sudar simplemente con pensarlo.
Por eso, cuando un viejo segador ve las modernas máquinas siempre dice: “Así, segaba yo el mar”.