Al oeste del Tambarón, en el hermoso lugar de Salientes, la siniestra fama de El Llao también infundió en su tiempo mucho temor. Charlando hace unos días con Carmen, la artista de las Mil Madreñas Rojas, ella recordaba los años de su infancia, cuando le hablaban de una horrible serpiente que, por llevar viviendo en El Llao desde siempre, zampando ganados y pastores, había llegado a alcanzar un tamaño descomunal.
- No sé si la laguna causaba inquietud porque todos sabíamos que allí se ocultaba el monstruo o, por el contrario, fue la inquietud de los antiguos pastores la que terminó dando origen al mito. Así son también las leyendas, reveladoras y equívocas, como la voz de las Pitias.
El caso es que la laguna del Tambarón era inquietante y a mí, de pequeña, su solo nombre me causaba terror.
Parte de aquel pozo tiene un fondo más o menos claro y pedregoso pero el resto está cubierto de limo y de plantas acuáticas. Si arrojas una piedra en esa zona, ni siquiera escuchas el golpe contra el agua. Siempre oí decir que por allí había tragaderos profundos de donde jamás volvía a emerger lo que entraba. Todo el mundo sabía que varios bueyes de Montrondo habían desaparecido por aventurarse a beber más adentro de lo habitual y prudente.
En Salientes nunca nos explicaban con detalle cómo había sido la relación de los vecinos con la serpiente en aquellos tiempos del terror. Contaban que los antiguos habían llegado a un pacto, según el cual, el monstruo se comprometía a permanecer en las profundidades, sin dejarse ver, sin atacar a nadie, a cambio de que una persona del pueblo acudiera cada día de San Juan, a la salida del sol, para servirle de alimento.
Y así ocurría uno y otro año. Al amanecer de cada 24 de junio aparecía la bicha y, después de engullir a la víctima, volvía a dormitar en el fondo.
La persona que debía sacrificarse era determinada por sorteo. Y ocurrió que, en cierta ocasión, le tocó la desgracia a un anciano viudo y con varios hijos. Uno de ellos, la muchacha mayor, pensó que sería tremendo para sus hermanos perder al padre, por más que fuera hombre viejo. Y decidió entregarse ella misma al monstruo.
En la víspera de San Juan, por la tarde, la rapaza se puso en camino con intención de ir dormir al otro lado del Tambarón y despertar junto al agua, como exigía el acuerdo. Esta es la parte de la leyenda que más me angustiaba cuando yo era niña. El camino por donde subía la pobre muchacha era la senda de La Perdiguera, hoy ya extraviada. Pensábamos nosotros en lo que sentiría mientras doblaba las curvas, montaña arriba, viendo alejarse todo lo que conocía, sin nadie que la acompañase, yendo a encontrarse con la serpiente que emergería y la engulliría en cuanto el primer rayo del sol se posase en el agua opaca.
Esto es lo que afirmaba la tradición, aunque nadie sabía de verdad lo que allí ocurría. Sencillamente, los que iban no volvían ni aparecía rastro de ellos nunca más.
Rememoro la historia y, aun hoy, la ascensión de la chica por La Perdiguera arriba me parece lo más angustioso, lo más insoportable. Hasta el momento en que se encuentra con alguien que viene en sentido contrario. Es una mujer que desciende llevando un saco al hombro, que se detiene a la altura de la muchacha y trata de saber a dónde va por aquellos andurriales y a tales horas. La moza se lo explica. Lo que escucha la dama del saco es tremendo. La mira compasiva, busca algo entre sus ropas y le entrega un rosario advirtiendo que, tan pronto como la serpiente abra sus fauces para devorarla, se lo arroje dentro.
Al amanecer, el primer rayo de sol alcanza la superficie de la laguna. El agua se agita, se alborota y emerge la cabeza chorreante del monstruo que la mira, que se acerca...
En cuanto la chica tiene ante sí aquella enorme boca abierta de par en par y siente el apestoso vaho del aliento, lanza dentro el rosario con todas sus fuerzas.
Entonces ocurre el milagro. En la garganta, el rosario crece súbitamente hasta convertirse en una inmensa cadena que se enreda por dentro y por fuera de la bicha y la arrastra hacia al fondo.
Según la mayoría de las versiones que escuché, la campesina del saco era la Virgen. Según todas, la serpiente aún sigue allí, apresada entre los goznes de la cadena. Nadie la ha vuelto a ver pero se sabe que por San Juan, al amanecer, cuando el primer rayo de sol pinta la laguna, se estremecen las aguas y parece oirse como un ruido metálico. La bestia recuerda que es el día y el momento de emerger para cobrar el tributo. Pero no puede hacerlo porque las cadenas se lo impiden y, después de un rato de furia, regresa al letargo.
- No sé si la laguna causaba inquietud porque todos sabíamos que allí se ocultaba el monstruo o, por el contrario, fue la inquietud de los antiguos pastores la que terminó dando origen al mito. Así son también las leyendas, reveladoras y equívocas, como la voz de las Pitias.
El caso es que la laguna del Tambarón era inquietante y a mí, de pequeña, su solo nombre me causaba terror.
Parte de aquel pozo tiene un fondo más o menos claro y pedregoso pero el resto está cubierto de limo y de plantas acuáticas. Si arrojas una piedra en esa zona, ni siquiera escuchas el golpe contra el agua. Siempre oí decir que por allí había tragaderos profundos de donde jamás volvía a emerger lo que entraba. Todo el mundo sabía que varios bueyes de Montrondo habían desaparecido por aventurarse a beber más adentro de lo habitual y prudente.
En Salientes nunca nos explicaban con detalle cómo había sido la relación de los vecinos con la serpiente en aquellos tiempos del terror. Contaban que los antiguos habían llegado a un pacto, según el cual, el monstruo se comprometía a permanecer en las profundidades, sin dejarse ver, sin atacar a nadie, a cambio de que una persona del pueblo acudiera cada día de San Juan, a la salida del sol, para servirle de alimento.
Y así ocurría uno y otro año. Al amanecer de cada 24 de junio aparecía la bicha y, después de engullir a la víctima, volvía a dormitar en el fondo.
La persona que debía sacrificarse era determinada por sorteo. Y ocurrió que, en cierta ocasión, le tocó la desgracia a un anciano viudo y con varios hijos. Uno de ellos, la muchacha mayor, pensó que sería tremendo para sus hermanos perder al padre, por más que fuera hombre viejo. Y decidió entregarse ella misma al monstruo.
En la víspera de San Juan, por la tarde, la rapaza se puso en camino con intención de ir dormir al otro lado del Tambarón y despertar junto al agua, como exigía el acuerdo. Esta es la parte de la leyenda que más me angustiaba cuando yo era niña. El camino por donde subía la pobre muchacha era la senda de La Perdiguera, hoy ya extraviada. Pensábamos nosotros en lo que sentiría mientras doblaba las curvas, montaña arriba, viendo alejarse todo lo que conocía, sin nadie que la acompañase, yendo a encontrarse con la serpiente que emergería y la engulliría en cuanto el primer rayo del sol se posase en el agua opaca.
Esto es lo que afirmaba la tradición, aunque nadie sabía de verdad lo que allí ocurría. Sencillamente, los que iban no volvían ni aparecía rastro de ellos nunca más.
Rememoro la historia y, aun hoy, la ascensión de la chica por La Perdiguera arriba me parece lo más angustioso, lo más insoportable. Hasta el momento en que se encuentra con alguien que viene en sentido contrario. Es una mujer que desciende llevando un saco al hombro, que se detiene a la altura de la muchacha y trata de saber a dónde va por aquellos andurriales y a tales horas. La moza se lo explica. Lo que escucha la dama del saco es tremendo. La mira compasiva, busca algo entre sus ropas y le entrega un rosario advirtiendo que, tan pronto como la serpiente abra sus fauces para devorarla, se lo arroje dentro.
Al amanecer, el primer rayo de sol alcanza la superficie de la laguna. El agua se agita, se alborota y emerge la cabeza chorreante del monstruo que la mira, que se acerca...
En cuanto la chica tiene ante sí aquella enorme boca abierta de par en par y siente el apestoso vaho del aliento, lanza dentro el rosario con todas sus fuerzas.
Entonces ocurre el milagro. En la garganta, el rosario crece súbitamente hasta convertirse en una inmensa cadena que se enreda por dentro y por fuera de la bicha y la arrastra hacia al fondo.
Según la mayoría de las versiones que escuché, la campesina del saco era la Virgen. Según todas, la serpiente aún sigue allí, apresada entre los goznes de la cadena. Nadie la ha vuelto a ver pero se sabe que por San Juan, al amanecer, cuando el primer rayo de sol pinta la laguna, se estremecen las aguas y parece oirse como un ruido metálico. La bestia recuerda que es el día y el momento de emerger para cobrar el tributo. Pero no puede hacerlo porque las cadenas se lo impiden y, después de un rato de furia, regresa al letargo.