Omaña, El Río (III): La doncella de Montrondo y el monstruo del Llao
Atendiendo a razones puramente artísticas, creo que la imagen que ocupa la casa principal en el retablo mayor en la iglesia de Montrondo es la más interesante del todo conjunto. Pero hay más razones para el interés.
¿Quién es el personaje?
Hoy día tiene que andar con ojo quien acuda a un proveedor de objetos sacros para adquirir la imagen de un santo. Ha de saber muy bien qué es lo que busca. Sobre todo si el bienaventurado habitó in hac lacrimarum valle antes del XVI. Porque la hagiografía e iconografía relacionada con los quince primeros siglos del cristianismo parece estar algo embrollada. Hay mucho nombre repetido, mucha leyenda recompuesta, mucho atributo intercambiado. Así las cosas, y más aún en los tiempos que corren, el vendedor puede estar más atento a cerrar el negocio que a poner mucho rigor en él y arriesgarse a perderlo. Sé de una parroquia a la que, hace unas décadas, le colocaron un santo por otro. Ahora los fieles, sin saberlo, rezan y piden mercedes al intercesor equivocado. No sé cómo les irá.
La iglesia omañesa de Montrondo está dedicada a Santa Marta, pero la casa principal del retablo mayor exhibe a Santa Marina. (Santa Marta no aparece por ningún lado).
La circunstancia es extraña, sí, pero no me parece producto de un error como el relatado anteriormente. Quede claro. La parroquia de Montrondo adquirió esta imagen a mediados de la Edad Moderna y, como bien se sabe, los asuntos de religión se llevaban con rigor extremo durante aquellas centurias. O sea que lo ocurrido aquí no debe de ser fruto de una confusión sino, más bien, algo intencionado.
Vayamos por partes.
Sin duda, la talla corresponde a Santa Marina de Antioquía. Así la llamaron y aun la llaman los cristianos ortodoxos aunque, en occidente, también se la conoce en ocasiones como Santa Margarita. (Ojo, porque Santas Margaritas las hay también surtidas).
Los bizantinos la representan castigando al demonio a mazazo limpio. Pero, en el occidente europeo, la leyenda de esta mártir fue retocada con alguna innovación interesante que restó protagonismo a la maza en favor de la Cruz.
Santa Marina tuvo una vida muy corta pero tremenda. Convertida a la fé verdadera en su juventud, los intolerantes sacerdotes paganos la sometieron a todo tipo de tormentos, a cual más bestia. Acaso el menos truculento, el único con final feliz (aunque no definitivo) fue aquel en que un dragón trató de devorarla y digerirla. La doncella utilizó un crucifijo que llevaba consigo para rasgar la panza del bicho y salir triunfante. A efectos materiales la victoria fue pírrica ya que, poco después, los fanáticos ordenaron decapitar a la muchacha junto con quince mil correligionarios suyos, nada menos. Estos hechos habrían ocurrido a principios del siglo IV.
Andando el tiempo, le leyenda de Santa Marina sería objeto de sucesivas adaptaciones y mejoras, mayormente de matiz. El caso es que, desde muy antiguo, suele ser representada como una virgen gloriosa que pisa la cabeza de un monstruo mientras levanta con una mano el crucifijo y alza en la otra la palma del martirio.
Atendiendo a razones puramente artísticas, creo que la imagen que ocupa la casa principal en el retablo mayor en la iglesia de Montrondo es la más interesante del todo conjunto. Pero hay más razones para el interés.
¿Quién es el personaje?
Hoy día tiene que andar con ojo quien acuda a un proveedor de objetos sacros para adquirir la imagen de un santo. Ha de saber muy bien qué es lo que busca. Sobre todo si el bienaventurado habitó in hac lacrimarum valle antes del XVI. Porque la hagiografía e iconografía relacionada con los quince primeros siglos del cristianismo parece estar algo embrollada. Hay mucho nombre repetido, mucha leyenda recompuesta, mucho atributo intercambiado. Así las cosas, y más aún en los tiempos que corren, el vendedor puede estar más atento a cerrar el negocio que a poner mucho rigor en él y arriesgarse a perderlo. Sé de una parroquia a la que, hace unas décadas, le colocaron un santo por otro. Ahora los fieles, sin saberlo, rezan y piden mercedes al intercesor equivocado. No sé cómo les irá.
La iglesia omañesa de Montrondo está dedicada a Santa Marta, pero la casa principal del retablo mayor exhibe a Santa Marina. (Santa Marta no aparece por ningún lado).
La circunstancia es extraña, sí, pero no me parece producto de un error como el relatado anteriormente. Quede claro. La parroquia de Montrondo adquirió esta imagen a mediados de la Edad Moderna y, como bien se sabe, los asuntos de religión se llevaban con rigor extremo durante aquellas centurias. O sea que lo ocurrido aquí no debe de ser fruto de una confusión sino, más bien, algo intencionado.
Vayamos por partes.
Sin duda, la talla corresponde a Santa Marina de Antioquía. Así la llamaron y aun la llaman los cristianos ortodoxos aunque, en occidente, también se la conoce en ocasiones como Santa Margarita. (Ojo, porque Santas Margaritas las hay también surtidas).
Los bizantinos la representan castigando al demonio a mazazo limpio. Pero, en el occidente europeo, la leyenda de esta mártir fue retocada con alguna innovación interesante que restó protagonismo a la maza en favor de la Cruz.
Santa Marina tuvo una vida muy corta pero tremenda. Convertida a la fé verdadera en su juventud, los intolerantes sacerdotes paganos la sometieron a todo tipo de tormentos, a cual más bestia. Acaso el menos truculento, el único con final feliz (aunque no definitivo) fue aquel en que un dragón trató de devorarla y digerirla. La doncella utilizó un crucifijo que llevaba consigo para rasgar la panza del bicho y salir triunfante. A efectos materiales la victoria fue pírrica ya que, poco después, los fanáticos ordenaron decapitar a la muchacha junto con quince mil correligionarios suyos, nada menos. Estos hechos habrían ocurrido a principios del siglo IV.
Andando el tiempo, le leyenda de Santa Marina sería objeto de sucesivas adaptaciones y mejoras, mayormente de matiz. El caso es que, desde muy antiguo, suele ser representada como una virgen gloriosa que pisa la cabeza de un monstruo mientras levanta con una mano el crucifijo y alza en la otra la palma del martirio.