Siempre hay un gato que te mira
Miro por la ventana; en una rama alta del manzano, entre flores blancas, descansa tranquilo un gato arrabalero y cruzado que acaba de tomar el pelo al perro dejándole que le persiga, incluso que se le acerque, para trepar por el tronco del árbol y colocarse a salvo. El gato mira tranquilo, el perro de reojo, sabedor de que esto ha pasado mil veces, que tal vez sea más juego que persecución.
Es más juego que persecución pues a pocos metros, en la acera, descansan al sol otro perro y otro gato, callejeros los dos, sin preocuparse uno del otro, sin perseguirse.
Alrededor de los contenedores de la basura deambulan cuatro o cinco gatos más: uno negro, un par de ellos blancos con el careto negro y otro dos blancos y negros. Y, sin embargo, todos son hermanos, hijos de una vieja gata que observa desde el tejado como todas las madres, controlándolo todo.
En la ventana del bar, por la parte de afuera, observa con atención las partidas de tute una cuidada gata blanca, a la que le da igual lo que le puedas llamar pues es sorda.
En muchas casas de la ciudad, a esta hora, mucha gente abraza a su gato, le besa, le habla y le pone su lata diaria de comida especial.
Siempre hay un gato que te mira.
Miro por la ventana; en una rama alta del manzano, entre flores blancas, descansa tranquilo un gato arrabalero y cruzado que acaba de tomar el pelo al perro dejándole que le persiga, incluso que se le acerque, para trepar por el tronco del árbol y colocarse a salvo. El gato mira tranquilo, el perro de reojo, sabedor de que esto ha pasado mil veces, que tal vez sea más juego que persecución.
Es más juego que persecución pues a pocos metros, en la acera, descansan al sol otro perro y otro gato, callejeros los dos, sin preocuparse uno del otro, sin perseguirse.
Alrededor de los contenedores de la basura deambulan cuatro o cinco gatos más: uno negro, un par de ellos blancos con el careto negro y otro dos blancos y negros. Y, sin embargo, todos son hermanos, hijos de una vieja gata que observa desde el tejado como todas las madres, controlándolo todo.
En la ventana del bar, por la parte de afuera, observa con atención las partidas de tute una cuidada gata blanca, a la que le da igual lo que le puedas llamar pues es sorda.
En muchas casas de la ciudad, a esta hora, mucha gente abraza a su gato, le besa, le habla y le pone su lata diaria de comida especial.
Siempre hay un gato que te mira.