Ángel Penas Merino
Universidad de León
"los paisajes son como las bibliotecas, los depósitos y lugares donde se acumulan las adquisiciones espirituales de la Humanidad. La sociedad se nutre y enriquece de ellas sin que siquiera nos demos cuenta", ha escrito Schmitthusen.
Así nos ocurre generalmente en este entorno, que pasa por delante de nuestros ojos, en el que como cualquier ser vivo nacemos, crecemos, a veces nos reproducimos y sin duda morimos, sin ni siquiera detenernos a contemplar y mucho menos a recoger de él, las muchas enseñanzas que como todo viejo acumula, aunque sólo sea por experiencia
Pero es cierto, como decía Schmitthusen, que los paisajes son bibliotecas y dentro de ellos la flora de nuestra tierra leonesa lo es, pues al igual que en toda biblioteca existen libros antiguos y nuevos, bien tratados y no y en casos algunos con hojas de menos, en nuestra naturaleza también. Hay plantas viejas, jóvenes y en algunos casos en grave riesgo de desaparición.
Plantas viejas, digo, y no me refiero solamente a las entradas en años o de reciente fallecimiento, como pueden ser el tejo de un lugar, el roblón de otro, el ciprés de algún convento o el negrillón de Boñar, éste último difunto y los otros con quinientos o más años; me refiero a tipos de plantas que a través de sus hijos, hoy todavía entre nosotros, representan a las que hace miles de años ocupaban nuestra tierra y formaban nuestros paisajes, muy diferentes a los actuales y que representan reliquias de un pasado y avanzadillas de un futuro que esperan con tranquilidad. Sin duda, entre éstos, no puedo dejar de señalar el pino silvestre (Pinus sylvestris) hoy sólo presente en Puebla de Lillo de forma natural, o la sabina albar (Juniperus sabina) de la que aún quedan magníficos ejemplares desde La Babia hasta Besande.
Plantas jóvenes, y al igual que anteriormente no me refiero a las recién nacidas, es decir, a las que por germinación de sus semillas aparecen todos los años, no, me refiero a las que mediante diversos mecanismos biológicos surgen hoy en día y el botánico detecta con sus estudios como nuevas especies, o para expresarlo más coloquialmente, a nuevas plantas antes no existentes.
Se extrañarán muchos de leer las líneas anteriores y se dirán ¿cómo pueden aparecer nuevas plantas y por qué? A veces nos olvidamos que hablamos de seres vivos como nosotros y que están sometidos a muy distintos factores a los que tienen que adaptarse o morir. Y si no ¿cómo habría surgido la diversidad de plantas con las que convivimos? Creo que esta pregunta resuelve las anteriores.
Algunos libros, decía, están deshojados y nuestra flora, biblioteca en sí misma, también, pues hemos perdido o están en riesgo de ser perdidas algunas de nuestras plantas o hemos visto como su número disminuye con rapidez. En unos casos de forma curiosa, como ocurre con la cebadilla (Hordeunm murinum), aquella planta con cuya espiga partida molestábamos a nuestras niñas tirándosela al jersey, y que hoy, escasea como consecuencia de la práctica desaparición de un compañero de juegos, el asno; ese asno, con el que subidos a su lomo y tirado por el abuelo, recorríamos en primavera las tierras de cereal repletas de azulejos (Centaurea cyanus) y amapolas (Papaver rhocas, P. dubium, P. argemone, P. hybridum), hoy también en franca regresión. Sólo una especie vegetal de las que conocemos, creemos que ha desaparecido, la jara de flores rosas (Cistus crispus).
Por si estas líneas me han llevado a comparar nuestra flora con una biblioteca, quiero ir más allá. Nuestra flora no es una simple biblioteca, es una magnífica biblioteca, tanto por la calidad y número de sus libros, como por su orden, si bien éste se está viendo alterado en los últimos tiempos con mucha rapidez. Será cuestión de llamar al orden a los bibliotecarios.
Nuestra flora es muy diversa, pero quizás no reconozcamos esa enorme diversidad, ya que estamos acostumbrados a confundir flor con planta y a no considerar plantas a nada que no tenga flores, lo que nos conduce a error.
Son parte de la flora, no sólo las plantas, sino también las algas microscópicas y macroscópicas que se expanden por nuestros ríos, lagunas y estanques, también por paredes y tapiales, árboles y atmósfera, no siendo infrecuentes en nuestros edificios más representativos como la Catedral, San Isidoro o San Marcos, donde podemos observar, por mucho que se limpien, algunos tonos verdosos o negruzcos que nos indican su presencia.
Universidad de León
"los paisajes son como las bibliotecas, los depósitos y lugares donde se acumulan las adquisiciones espirituales de la Humanidad. La sociedad se nutre y enriquece de ellas sin que siquiera nos demos cuenta", ha escrito Schmitthusen.
Así nos ocurre generalmente en este entorno, que pasa por delante de nuestros ojos, en el que como cualquier ser vivo nacemos, crecemos, a veces nos reproducimos y sin duda morimos, sin ni siquiera detenernos a contemplar y mucho menos a recoger de él, las muchas enseñanzas que como todo viejo acumula, aunque sólo sea por experiencia
Pero es cierto, como decía Schmitthusen, que los paisajes son bibliotecas y dentro de ellos la flora de nuestra tierra leonesa lo es, pues al igual que en toda biblioteca existen libros antiguos y nuevos, bien tratados y no y en casos algunos con hojas de menos, en nuestra naturaleza también. Hay plantas viejas, jóvenes y en algunos casos en grave riesgo de desaparición.
Plantas viejas, digo, y no me refiero solamente a las entradas en años o de reciente fallecimiento, como pueden ser el tejo de un lugar, el roblón de otro, el ciprés de algún convento o el negrillón de Boñar, éste último difunto y los otros con quinientos o más años; me refiero a tipos de plantas que a través de sus hijos, hoy todavía entre nosotros, representan a las que hace miles de años ocupaban nuestra tierra y formaban nuestros paisajes, muy diferentes a los actuales y que representan reliquias de un pasado y avanzadillas de un futuro que esperan con tranquilidad. Sin duda, entre éstos, no puedo dejar de señalar el pino silvestre (Pinus sylvestris) hoy sólo presente en Puebla de Lillo de forma natural, o la sabina albar (Juniperus sabina) de la que aún quedan magníficos ejemplares desde La Babia hasta Besande.
Plantas jóvenes, y al igual que anteriormente no me refiero a las recién nacidas, es decir, a las que por germinación de sus semillas aparecen todos los años, no, me refiero a las que mediante diversos mecanismos biológicos surgen hoy en día y el botánico detecta con sus estudios como nuevas especies, o para expresarlo más coloquialmente, a nuevas plantas antes no existentes.
Se extrañarán muchos de leer las líneas anteriores y se dirán ¿cómo pueden aparecer nuevas plantas y por qué? A veces nos olvidamos que hablamos de seres vivos como nosotros y que están sometidos a muy distintos factores a los que tienen que adaptarse o morir. Y si no ¿cómo habría surgido la diversidad de plantas con las que convivimos? Creo que esta pregunta resuelve las anteriores.
Algunos libros, decía, están deshojados y nuestra flora, biblioteca en sí misma, también, pues hemos perdido o están en riesgo de ser perdidas algunas de nuestras plantas o hemos visto como su número disminuye con rapidez. En unos casos de forma curiosa, como ocurre con la cebadilla (Hordeunm murinum), aquella planta con cuya espiga partida molestábamos a nuestras niñas tirándosela al jersey, y que hoy, escasea como consecuencia de la práctica desaparición de un compañero de juegos, el asno; ese asno, con el que subidos a su lomo y tirado por el abuelo, recorríamos en primavera las tierras de cereal repletas de azulejos (Centaurea cyanus) y amapolas (Papaver rhocas, P. dubium, P. argemone, P. hybridum), hoy también en franca regresión. Sólo una especie vegetal de las que conocemos, creemos que ha desaparecido, la jara de flores rosas (Cistus crispus).
Por si estas líneas me han llevado a comparar nuestra flora con una biblioteca, quiero ir más allá. Nuestra flora no es una simple biblioteca, es una magnífica biblioteca, tanto por la calidad y número de sus libros, como por su orden, si bien éste se está viendo alterado en los últimos tiempos con mucha rapidez. Será cuestión de llamar al orden a los bibliotecarios.
Nuestra flora es muy diversa, pero quizás no reconozcamos esa enorme diversidad, ya que estamos acostumbrados a confundir flor con planta y a no considerar plantas a nada que no tenga flores, lo que nos conduce a error.
Son parte de la flora, no sólo las plantas, sino también las algas microscópicas y macroscópicas que se expanden por nuestros ríos, lagunas y estanques, también por paredes y tapiales, árboles y atmósfera, no siendo infrecuentes en nuestros edificios más representativos como la Catedral, San Isidoro o San Marcos, donde podemos observar, por mucho que se limpien, algunos tonos verdosos o negruzcos que nos indican su presencia.