Sobre la Mota se eleva
el gran castillo de Ordás,
infanzón, guarda y orgullo
de aquel augusto solar
donde fincó Mosén Pedro,
el de la sangre real
de Francia, con los comienzos
de una empresa sin igual.
En el paisaje que se abre
como un poema inmortal,
montaña, ribera, monte,
se dan cita singular,
y en medio, como un caudillo
de entrañable majestad,
se eleva el fuste altanero
del buen torreón de Ordás.
Aldeas, bosques, colinas,
la alta montaña al final,
la rumorosa alameda,
las tierras de barbechar,
toda la vida parece
feliz a tan buen mandar,
mientras lamen los cimientos
de este glorioso solar
las ondas claras del Luna,
que hacen égloga el cantar
de esta vida, en el paisaje
de maravilla, de Ordás.
el gran castillo de Ordás,
infanzón, guarda y orgullo
de aquel augusto solar
donde fincó Mosén Pedro,
el de la sangre real
de Francia, con los comienzos
de una empresa sin igual.
En el paisaje que se abre
como un poema inmortal,
montaña, ribera, monte,
se dan cita singular,
y en medio, como un caudillo
de entrañable majestad,
se eleva el fuste altanero
del buen torreón de Ordás.
Aldeas, bosques, colinas,
la alta montaña al final,
la rumorosa alameda,
las tierras de barbechar,
toda la vida parece
feliz a tan buen mandar,
mientras lamen los cimientos
de este glorioso solar
las ondas claras del Luna,
que hacen égloga el cantar
de esta vida, en el paisaje
de maravilla, de Ordás.