al oso
Quienes compartieron el escenario del oso y sostuvieron con él sus más y sus menos, señalan que es un animal que hace gala de cierta educación.
"Se porta como un señor distinguido y considerado. Cuando en pleno día te encuentras con él en un sendero deja el paso, se ladea y sigue su ruta. No se mete con nadie, va a lo suyo. Pero hay que dejarlo y no enciscarse con el mequetrefe" Así de galante dice que es este individuo Luís Díez Prado, que, por lo demás, vivió las de caín con el plantígrado.
"En cierta ocasión -recuerda- me encontraba tranquilamente comiendo la merienda a la orilla de una fuente cuando el oso, por lo visto, iba a echar un trago. ¡Coño! Sin quererlo solté un grito y un berrido soltó él, que se marchó sin pegar un sorbo siquiera. Los dos nos cogimos por sorpresa cuando menos lo esperabamos. Sin embargo, bien pude comprobar que no siempre gasta las mismas bromas..."
Un año, mataba el tiempo en la braña cuando me percaté que un oso tenía debajo de sí, para darle mejor pase, una lustroso oveja merina. Ocurría el insospechado desenlace en plena tarde y en la vaguada de un arroyo.
Al ver la escena, e impulsado por ese natural instinto pastoril de salir al paso de todas las escandaleras y desaguisados, levanté la culera del sitio y me lancé a deshacer el entuerto engallado como un jabato. Cuando me acerqué a escasos metros del animal no me anduve en barras y le espeté con rabia bruta un grito bravío que resonó en toda la cuenca del valle.
¡Eeeehhhhhhhh! ¡Qué haces ahí, me cago en tu estampa! y me puse a hacer esparavanes, aspavientos y amagos para espantar el intruso. ¡La preparé morrocotuda porque el oso, importunado de aquella guisa cuando se disponía a cerrar la mejor faena del día, abandonó la merina y salió detrás de mí como una exhalación! Corrió tanto y tan ágil que a los cinco metros ya lo tenía al ras mío, lamiéndome los talones. Entonces, viéndome en sus garras, me volví de golpe y un capote verde que llevaba conmigo lo puse en alto, abierto y delante de sus hocicos.
¡Aquí estamos señor! me dije, temiendo del todo la muerte.
En esto, y a saber por qué razones, el oso que se detuvo en seco, emitió un ronco gruñido y se dió media vuelta para enfilarse tranquilamente cuestas arriba hasta tumbarse bajo un carrasco, no muy lejos del rebaño. Allí le estuve viendo toda la santa tarde, más tranquilo que un sultán.
¡Las pasé muy negras, las de caín! Es de esos encuentros que hacen a uno escagarruciarse los pantalones y por las patas abajo!
Quienes compartieron el escenario del oso y sostuvieron con él sus más y sus menos, señalan que es un animal que hace gala de cierta educación.
"Se porta como un señor distinguido y considerado. Cuando en pleno día te encuentras con él en un sendero deja el paso, se ladea y sigue su ruta. No se mete con nadie, va a lo suyo. Pero hay que dejarlo y no enciscarse con el mequetrefe" Así de galante dice que es este individuo Luís Díez Prado, que, por lo demás, vivió las de caín con el plantígrado.
"En cierta ocasión -recuerda- me encontraba tranquilamente comiendo la merienda a la orilla de una fuente cuando el oso, por lo visto, iba a echar un trago. ¡Coño! Sin quererlo solté un grito y un berrido soltó él, que se marchó sin pegar un sorbo siquiera. Los dos nos cogimos por sorpresa cuando menos lo esperabamos. Sin embargo, bien pude comprobar que no siempre gasta las mismas bromas..."
Un año, mataba el tiempo en la braña cuando me percaté que un oso tenía debajo de sí, para darle mejor pase, una lustroso oveja merina. Ocurría el insospechado desenlace en plena tarde y en la vaguada de un arroyo.
Al ver la escena, e impulsado por ese natural instinto pastoril de salir al paso de todas las escandaleras y desaguisados, levanté la culera del sitio y me lancé a deshacer el entuerto engallado como un jabato. Cuando me acerqué a escasos metros del animal no me anduve en barras y le espeté con rabia bruta un grito bravío que resonó en toda la cuenca del valle.
¡Eeeehhhhhhhh! ¡Qué haces ahí, me cago en tu estampa! y me puse a hacer esparavanes, aspavientos y amagos para espantar el intruso. ¡La preparé morrocotuda porque el oso, importunado de aquella guisa cuando se disponía a cerrar la mejor faena del día, abandonó la merina y salió detrás de mí como una exhalación! Corrió tanto y tan ágil que a los cinco metros ya lo tenía al ras mío, lamiéndome los talones. Entonces, viéndome en sus garras, me volví de golpe y un capote verde que llevaba conmigo lo puse en alto, abierto y delante de sus hocicos.
¡Aquí estamos señor! me dije, temiendo del todo la muerte.
En esto, y a saber por qué razones, el oso que se detuvo en seco, emitió un ronco gruñido y se dió media vuelta para enfilarse tranquilamente cuestas arriba hasta tumbarse bajo un carrasco, no muy lejos del rebaño. Allí le estuve viendo toda la santa tarde, más tranquilo que un sultán.
¡Las pasé muy negras, las de caín! Es de esos encuentros que hacen a uno escagarruciarse los pantalones y por las patas abajo!