MANZANEDA DE OMAÑA: El Desoreillao...

El Desoreillao

El asturiano disfrutaba de las palizas que deparaba la caza porque de vez en cuando lograba alguna pieza y se colmaba de felicidad por un tiempo. Sabía de memoria el refrán que reza "la caza, la pesca y los amores, por un placer, dos mil dolores", pero él seguía animoso con sus escapadas al monte. Si le gusta y quiere, allá él se escuerne, decían en casa.

El día de autos, ni siquiera se sabe si estaba de caza o puramente echando una ojeada al ganado que pastaba... el caso es que se metió en el monte, fuera de todo clareo, y fue a darse de bruces con un oso que se encontraba limando las uñas en el tronco de un árbol caído. Al saltar de una peña al tronco cayó al hueco donde se hallaba amagado y acicalándose el señorito peludo.

La fiera, ensimismada que estaba en sus cosas, al verse sorprendida por la aparición humana soltó, sin mayor miramiento ni consideración, un instantáneo sopapo en el rostro del asturiano que le dejó sin una oreja para siempre. La caricia, con ser inconmensurable, no deparó el jaque mate. Sobreponiéndose al zarpazo con una rapidez del diantre sacó suelas y se presentó en el pueblo. ¡Salvóme! Allí le dieron cuenta y detalles del alcance del estrago que sufría. Él sabía que algo llevaba consigo, porque la sangre y el escozor eran patentes. Pero, por suerte, todo quedó en la pérdida de una oreja.
A partir de entonces recibió un nuevo bautizo y siempre fue conocido entre los suyos y más allá del vecindario, como el "desoreillao".

Hay que verselas con el oso, amigo, para saber quién es este animal, que no todos lo cuentan. Nun ye lo mismo, ni ye parecido siquiera un mosquilón de dama qu´un tarascazu del osu.
Y soltaba, según el humo del momento, una sonrisa o una sonora carcajada,