Hombres de corazón. Altivos y señeros, como banderas tutelares, orgullosos y disciplinados. Y sin embargo, difíciles y por tanto imprevisibles, con mucho sol en la sangre y muchas esperanzas cuajadas en el alma. Es como la propia tierra que le cobija: Hombre de transición, alzado, o mejor hincado en territorio desfronterado, entre la áspera, dramática y estática perspectivas de los Campos Góticos y la jugosa, entrecortada, diversa y estremecida geología del León de las temerarias Hoces o de las concavidades sonoras de las gargantas tajadas por las aguas.
Tierras y hombres estos del Páramo leonés, de Coyanza, de Hospital de Orbigo, bajo cuyas arboledas descansaron los hombres estrafalarios del Paso Honroso, de aquel Don Suero de Quiñones que andaba con el dogal amoroso al cuello; tierras de moros, judíos y cristianos viejos - ¿cuánto hay de morisco y de judaizante en la configuración del hombre del Páramo?-, de épicas baladas, de lanzas y choperas velazqueñas, con poblados que ostentan nombres tan simbólicos como los de Castilfalé, Izagre, Toral, San Millán de los Caballeros.
Algo misterioso emana de los hombres de esta ancha y materna tierra que impone respeto, admiración y entrega apasionada. Tal vez sea el talante, el estilo, la singular manera que tiene el paramés de ennoblecer cuanto toca con el aire de su vuelo.
Con las Cabreras hemos topado, que Ramón Carnicer llamó las Hurdes, pues Cabreras hay dos, la Alta y la Baja. Tierras y hombres para la leyenda. Hombres y tierras sometidas al principio de lo desconocido, en lo que cabe embutir cuantos tópicos hayan podido ser acuñados a lo largo de los siglos. Se decía:
Saceda, Noceda, Castrillo y Marrubio, cuatro lugares que Cristo no anduvo.
Y si ciertamente el territorio es pobre, que ya lo registró en sus anales esa andariega descubridora, Concha Casado Lobato, cuando decía:
"La Cabrera es una comarca montañosa, de suelo de cuarcitas y pizarras... Son tierras pobres, con montes cubiertos de matorral bajo, de urces, escobas, tojos y algunos robledales..."
Esta pobredad obliga al hombre habitador a dominar la adversidad y así se da el cabreirés, de la Alta o de la Baja Cabrera, concentrado, musculado, agresivo, luchador, no tanto por temperamento como por necesidad. De todo el amplio y variado repertorio humano que León puede ofrecer, para pasmo incluso de los más sagaces investigadores, sobre el ánima viva y la condición del hombre de estas tierras, sin duda el que ofrece ángulos más interesantes, por su integridad antropológica tal vez, por su voluntad de vida y acaso también o sobre todo por su instinto de conservación, puesto a prueba de continuo, en un medio no demasiado propicio, es el hombre de las Cabreras, tan entremetido en los repliegues más olvidados de la geografía.
Tierras y hombres estos del Páramo leonés, de Coyanza, de Hospital de Orbigo, bajo cuyas arboledas descansaron los hombres estrafalarios del Paso Honroso, de aquel Don Suero de Quiñones que andaba con el dogal amoroso al cuello; tierras de moros, judíos y cristianos viejos - ¿cuánto hay de morisco y de judaizante en la configuración del hombre del Páramo?-, de épicas baladas, de lanzas y choperas velazqueñas, con poblados que ostentan nombres tan simbólicos como los de Castilfalé, Izagre, Toral, San Millán de los Caballeros.
Algo misterioso emana de los hombres de esta ancha y materna tierra que impone respeto, admiración y entrega apasionada. Tal vez sea el talante, el estilo, la singular manera que tiene el paramés de ennoblecer cuanto toca con el aire de su vuelo.
Con las Cabreras hemos topado, que Ramón Carnicer llamó las Hurdes, pues Cabreras hay dos, la Alta y la Baja. Tierras y hombres para la leyenda. Hombres y tierras sometidas al principio de lo desconocido, en lo que cabe embutir cuantos tópicos hayan podido ser acuñados a lo largo de los siglos. Se decía:
Saceda, Noceda, Castrillo y Marrubio, cuatro lugares que Cristo no anduvo.
Y si ciertamente el territorio es pobre, que ya lo registró en sus anales esa andariega descubridora, Concha Casado Lobato, cuando decía:
"La Cabrera es una comarca montañosa, de suelo de cuarcitas y pizarras... Son tierras pobres, con montes cubiertos de matorral bajo, de urces, escobas, tojos y algunos robledales..."
Esta pobredad obliga al hombre habitador a dominar la adversidad y así se da el cabreirés, de la Alta o de la Baja Cabrera, concentrado, musculado, agresivo, luchador, no tanto por temperamento como por necesidad. De todo el amplio y variado repertorio humano que León puede ofrecer, para pasmo incluso de los más sagaces investigadores, sobre el ánima viva y la condición del hombre de estas tierras, sin duda el que ofrece ángulos más interesantes, por su integridad antropológica tal vez, por su voluntad de vida y acaso también o sobre todo por su instinto de conservación, puesto a prueba de continuo, en un medio no demasiado propicio, es el hombre de las Cabreras, tan entremetido en los repliegues más olvidados de la geografía.