Para aquellos que deseen conocer lo más hermoso de las montañas de Omaña, pero a los que por la razón que sea no les venga bien subir grandes cuestas, una de las rutas que yo recomendaría sería la del valle de Vivero. Creo recordar que no hay un repecho de mención en casi todo el recorrido a lo largo del valle aunque, eso sí, se va subiendo muy suavemente de continuo, porque vamos remontando el cauce del río de Vivero.
Aparcar en Vivero no es fácil, porque no hay un sitio específico, y nunca sabemos si estaremos molestando al aparcarlo junto a una casa, o si obstaculizaremos la maniobra en alguna calle. Yo, por ello, siempre lo aparco unos cientos de metros antes de llegar al pueblo, en un amplio espacio junto a la carretera antes de iniciar la cuesta abajo final. Sea como fuere, una vez a pie, debemos cruzar el pueblo cuesta arriba, pero siempre mirando a la izquierda, buscando la pista, al principio encementada, que sale paralela al río. Una vez que la hayamos encontrado, sabremos que es la correcta porque es completamente llana al principio.
A partir de aquí, ya no hay problemas de orientación. La descripción del recorrido por el valle puede ser soporífera, porque realmente no hay nada destacable que contar. Tampoco soy de la tierra, y no hay ninguna anécdota o historia que yo pueda contar. De nuevo -y no es porque sea familia suya ni lleve comisión- remito al lector al libro de Omaña de Julio Álvarez Rubio, donde se describe Vivero en varias páginas bien ilustradas.
En esta jornada, que empecé al amanecer en un ya frío final de mes de septiembre, decidí acercarme, a mitad de valle, a husmear en la pista que sube a la laguna de Vivero, que ya mostré en una entrada anterior en ruta por el cordal. Numerosos indicios por el valle me confirmaban el hecho que ya había intuido en otras rutas por la zona con indicios menos claros: que el oso pardo anduvo ese año por allí, siendo éste uno de los límites del área de la montaña occidental leonesa que ocupa actualmente, porque al este de Vivero ya no hay bosques. Al llegar a la laguna, me topo con una extraña y simpática visión: docenas de burros negros pastando por la zona. Son -según Vitín de Salientes- los asnos zamorano-leoneses de la finca de El Mular, de Montrondo. No recuerdo haber visto jamás tanto burro junto.
De vuelta al valle de Vivero, y ya al final del mismo, hay varias opciones lógicas: seguir la pista a la derecha, que nos sube al cordal de Peña Vendimia, desde donde se alcanza su cumbre con suma facilidad; o tomar el ramal un kilómetro antes a la izquierda, que lleva a Salientes a través del Alto de Vivero, desde cuyo alto se puede ascender al Tambarón o al Nevadín, tomemos la pista de la izquierda o la de la derecha respectivamente.
Pero si incluyo la ruta en este blog, por algo será. Pues precisamente porque no fue por ninguna de esas dos pistas por donde continué la ruta. Me había fijado en dos ocasiones que alguna especie de senda salía de frente, atacando el Nevadín por su ladera más vertical. Que ese sendero fuera a alguna parte o no estaba por ver. Y a eso iba este día. De entrada, dejando el amplio corral en ruinas de la izquierda de la pista, donde hay un chozo también caído, partía una senda de ganado hacia la ladera que cierra el valle. Pasaba junto a otro chozo más, donde empezaba ya a ganar fuerte pendiente. Seguía avanzando, ya por terreno más difícil y sendas menos marcadas, ganando terraza glaciar tras terraza glaciar, hasta que, ya debajo de Peña Grande, aquello moría por completo. Justo en la base de las rocas de Peña Grande (el risco que hay en la arista entre Nevadín y Peña Vendimia) se intuía un sendero horizontal que atravesaba la montaña desde las Joyas (hoyas) del Nevadín hacia Peña Vendimia. Pero para alcanzarlo quedaba lo peor del recorrido, por muy fuerte pendiente y agarrándome a los arbustos para poder avanzar. El sendero resultó ser un desbroce incompleto muy incómodo para caminar. Al llegar al borde del pequeño circo, el sendero aparece ya muy pisado y trepa por unas rocas para salir ya a uno de los cordales del Nevadín.
Desde aquí podía haber accedido a la cumbre del Nevadín en menos de media hora, pero acabo de subir por ahí hace pocas semanas y no me apetece volver a repetir. En su lugar, decido bajar por una pista que no aparece en el mapa y que concluye en el punto donde la abandoné, al pie de la montaña. Vitín me decía el otro día que no había ni un solo lobo en Salientes, a pesar de que le comenté que vi uno hace dos años. También le indiqué los treinta excrementos de lobo que me encontré este día bajando del Nevadín, pero me contestó que serían de perro. De perro no eran, porque estaba allí expuesto todo el surtido posible: con pelo de jabalí, de corzo, casi completamente blancos de tantos fragmentos de hueso, y alguno de tamaño colosal. En todos estos años he encontrado ya tantos, que rara vez los fotografío, por lo que sólo tengo una foto de ese día. Eso sí, el más llamativo lo guardé en una cajita y lo llevé para casa, donde pocos días después Eduardo me confirmó que era claramente de lobo.
NO SÉ SI ESTO LO REPITO, YA SON TANTAS COSAS, QUE PIERDO EL CONTROL.
Aparcar en Vivero no es fácil, porque no hay un sitio específico, y nunca sabemos si estaremos molestando al aparcarlo junto a una casa, o si obstaculizaremos la maniobra en alguna calle. Yo, por ello, siempre lo aparco unos cientos de metros antes de llegar al pueblo, en un amplio espacio junto a la carretera antes de iniciar la cuesta abajo final. Sea como fuere, una vez a pie, debemos cruzar el pueblo cuesta arriba, pero siempre mirando a la izquierda, buscando la pista, al principio encementada, que sale paralela al río. Una vez que la hayamos encontrado, sabremos que es la correcta porque es completamente llana al principio.
A partir de aquí, ya no hay problemas de orientación. La descripción del recorrido por el valle puede ser soporífera, porque realmente no hay nada destacable que contar. Tampoco soy de la tierra, y no hay ninguna anécdota o historia que yo pueda contar. De nuevo -y no es porque sea familia suya ni lleve comisión- remito al lector al libro de Omaña de Julio Álvarez Rubio, donde se describe Vivero en varias páginas bien ilustradas.
En esta jornada, que empecé al amanecer en un ya frío final de mes de septiembre, decidí acercarme, a mitad de valle, a husmear en la pista que sube a la laguna de Vivero, que ya mostré en una entrada anterior en ruta por el cordal. Numerosos indicios por el valle me confirmaban el hecho que ya había intuido en otras rutas por la zona con indicios menos claros: que el oso pardo anduvo ese año por allí, siendo éste uno de los límites del área de la montaña occidental leonesa que ocupa actualmente, porque al este de Vivero ya no hay bosques. Al llegar a la laguna, me topo con una extraña y simpática visión: docenas de burros negros pastando por la zona. Son -según Vitín de Salientes- los asnos zamorano-leoneses de la finca de El Mular, de Montrondo. No recuerdo haber visto jamás tanto burro junto.
De vuelta al valle de Vivero, y ya al final del mismo, hay varias opciones lógicas: seguir la pista a la derecha, que nos sube al cordal de Peña Vendimia, desde donde se alcanza su cumbre con suma facilidad; o tomar el ramal un kilómetro antes a la izquierda, que lleva a Salientes a través del Alto de Vivero, desde cuyo alto se puede ascender al Tambarón o al Nevadín, tomemos la pista de la izquierda o la de la derecha respectivamente.
Pero si incluyo la ruta en este blog, por algo será. Pues precisamente porque no fue por ninguna de esas dos pistas por donde continué la ruta. Me había fijado en dos ocasiones que alguna especie de senda salía de frente, atacando el Nevadín por su ladera más vertical. Que ese sendero fuera a alguna parte o no estaba por ver. Y a eso iba este día. De entrada, dejando el amplio corral en ruinas de la izquierda de la pista, donde hay un chozo también caído, partía una senda de ganado hacia la ladera que cierra el valle. Pasaba junto a otro chozo más, donde empezaba ya a ganar fuerte pendiente. Seguía avanzando, ya por terreno más difícil y sendas menos marcadas, ganando terraza glaciar tras terraza glaciar, hasta que, ya debajo de Peña Grande, aquello moría por completo. Justo en la base de las rocas de Peña Grande (el risco que hay en la arista entre Nevadín y Peña Vendimia) se intuía un sendero horizontal que atravesaba la montaña desde las Joyas (hoyas) del Nevadín hacia Peña Vendimia. Pero para alcanzarlo quedaba lo peor del recorrido, por muy fuerte pendiente y agarrándome a los arbustos para poder avanzar. El sendero resultó ser un desbroce incompleto muy incómodo para caminar. Al llegar al borde del pequeño circo, el sendero aparece ya muy pisado y trepa por unas rocas para salir ya a uno de los cordales del Nevadín.
Desde aquí podía haber accedido a la cumbre del Nevadín en menos de media hora, pero acabo de subir por ahí hace pocas semanas y no me apetece volver a repetir. En su lugar, decido bajar por una pista que no aparece en el mapa y que concluye en el punto donde la abandoné, al pie de la montaña. Vitín me decía el otro día que no había ni un solo lobo en Salientes, a pesar de que le comenté que vi uno hace dos años. También le indiqué los treinta excrementos de lobo que me encontré este día bajando del Nevadín, pero me contestó que serían de perro. De perro no eran, porque estaba allí expuesto todo el surtido posible: con pelo de jabalí, de corzo, casi completamente blancos de tantos fragmentos de hueso, y alguno de tamaño colosal. En todos estos años he encontrado ya tantos, que rara vez los fotografío, por lo que sólo tengo una foto de ese día. Eso sí, el más llamativo lo guardé en una cajita y lo llevé para casa, donde pocos días después Eduardo me confirmó que era claramente de lobo.
NO SÉ SI ESTO LO REPITO, YA SON TANTAS COSAS, QUE PIERDO EL CONTROL.