Una de las diversiones favoritas, "la danza", acaso como manifestación acompañada de cantos épicos o de victoria., acaso como expresión de puro solaz; danzas comunitarias de plenilunio en honor de dioses indígenas, innominados o de advocación conocida, como aquel dios Crarus de la lápida romanizada de San Miguel de Laciana; y acaso también por estas montañas del septentrión occidental, como en la de los cántabros tamáricos, la veneración a la fuentes intermitentes o da aguas salutíferas, fuentes envueltas en leyenda milagrera y misterio, halos que aún perduran, como en aquella "fuente sagrada" de Leitariegos, la de las "bruchas" en las heridas campiñas pastoriles de La Cueta, las fuentes de "Las Galianas" o las famosas "prohidas" lacianiegas o asturianas; las de los "vichiviechos", en fin, de nuestro Puerto de Santas Martas... Y el misterio aún más hondo de los lagos de nuestros entresijos serranos, por San Isidro con el de Isoba o el Ausente; por el Cueto de Arbas y las tremendas excavaciones vecinas; por La Baña, por la maravilla endorreica de Somiedo o de Saliencia, donde Mario Roso de Luna encontrara, con su séquito y su ciencia teosóficos, entre ecos arrebatados de Xanas y Ventolinos, el alucinante tesoro del Tara-Vicus o el Vicus-Tara, en las profundidades de la Gruta del Lago de la Cueva, al que pudimos arribar una noche por una increíble senda tajada en la altísima y limpia pared de la roca por muchos milenios de erosión y de pezuñas nómadas. Esos lagos que entre fanatismo y magia atraían la veneración de los astures, que arrojaban a sus aguas las hachas de sus combates esperando las exhalaciones extrañas de vigor o de salud, que como las del hacha y el rayo, envían dioses celestes.
Y volvamos a la danza, como aquella que ponía epilogo o alegraba el yantar común, que se bailaba al son de le flauta o la trompeta, en la que intervenían todos juntos y consistía, según Estrabón, en "agacharse y luego saltar...". Si queda algún eco de esta danza primitiva, tal vez hubiera que buscarlo por las fronteras astures y vaqueiras, en las alturas o en las vertientes altas cis o trasmontanas de las sierras de Somiedo, la Babia Alta o la Laciana del Muxivén. Concretamente en Lumajo, hace ya muchos años y solamente como privilegio de las gentes adultas, ancianas más bien, pudimos contemplar dos danzas singulares: El careau y los pochus. De la primera recordamos un movimiento que parecía responder al nombre. Los danzantes insinuaban un careo hacia un centro o eje invisible, absorbente, mágico. De los pochus sólo recordarnos su agitación, sus movimientos extraños y rápidos. Hemos intentado información más precisa, pero no la hemos recibido hasta el momento. El canto, si vaqueiro, era más vivo también que el acompaña a la garrucha o el baile chano de Babia a Laciana. Allí había panderos, pero había también almireces u otros instrumentos metálicos del utillaje doméstico; aquí, al menos por Laciana y Babia alta, había, hay, pandero, cuadrado y encintada, de un hondo retumbar difuso, y de piel de cabra u oveja: "Esti panderu que tocu / ia de pelecho de ogüecha / ayer berraba nel monte / hoy toca que retumbiecha"... Este fondo musical, sincronizado con el ronco croar de los enormes crótalos, tenia, tiene necesariamente que acunar una danza solemne, de muy elegantes dejes y ademanes, muy peculiares en el movimiento de hombros y brazos en el hombre, y el engarce final de la garrucha, por la que el varón enlaza con su brazo el brazo de la hembra y la atrae muy gentil y vigorosamente hacia si.
Y volvamos a la danza, como aquella que ponía epilogo o alegraba el yantar común, que se bailaba al son de le flauta o la trompeta, en la que intervenían todos juntos y consistía, según Estrabón, en "agacharse y luego saltar...". Si queda algún eco de esta danza primitiva, tal vez hubiera que buscarlo por las fronteras astures y vaqueiras, en las alturas o en las vertientes altas cis o trasmontanas de las sierras de Somiedo, la Babia Alta o la Laciana del Muxivén. Concretamente en Lumajo, hace ya muchos años y solamente como privilegio de las gentes adultas, ancianas más bien, pudimos contemplar dos danzas singulares: El careau y los pochus. De la primera recordamos un movimiento que parecía responder al nombre. Los danzantes insinuaban un careo hacia un centro o eje invisible, absorbente, mágico. De los pochus sólo recordarnos su agitación, sus movimientos extraños y rápidos. Hemos intentado información más precisa, pero no la hemos recibido hasta el momento. El canto, si vaqueiro, era más vivo también que el acompaña a la garrucha o el baile chano de Babia a Laciana. Allí había panderos, pero había también almireces u otros instrumentos metálicos del utillaje doméstico; aquí, al menos por Laciana y Babia alta, había, hay, pandero, cuadrado y encintada, de un hondo retumbar difuso, y de piel de cabra u oveja: "Esti panderu que tocu / ia de pelecho de ogüecha / ayer berraba nel monte / hoy toca que retumbiecha"... Este fondo musical, sincronizado con el ronco croar de los enormes crótalos, tenia, tiene necesariamente que acunar una danza solemne, de muy elegantes dejes y ademanes, muy peculiares en el movimiento de hombros y brazos en el hombre, y el engarce final de la garrucha, por la que el varón enlaza con su brazo el brazo de la hembra y la atrae muy gentil y vigorosamente hacia si.