Regresamos al valle central y nos acercamos a las breves eminencias prehistóricas de Quintanilla, que tanto atrajeron la atención de nuestro guía en el recuerdo, el P. Morán: allí el Otero, sobre el que, sacralizando, se levantó la iglesia de San Lorenzo, y no lejos, el castro del Escaño que tiene como estribo el Sucastro, donde abunda menudencia de objetos de bronce, agujas que cosieron pieles de alimaña o de venado, anillos, cadenillas y cuentas de collar, galas del inocente frívolo vestir de las hembras matriarcales en su alborozo y envidiar, acaso, a las de la gens cercana del Castro —luego Castillo— de Mena, guardián de Cabrillanes, balcón altanero de la Vega Chache, la gran joya de las Estampas de Babia, que tarareó deliciosamente Guzmán Álvarez.
Y siempre, a la llamada mágica de los crastros, entramos en Laciana, aunque sin olvidar que Babia arriba, aún seguirán los castros testimoniando la sembradora vida lejanísima, hasta llegar a los senos pastoriles de Meroy, al asiento señorial de Vega de Viejos y el puerto de los vaqueiros de Somiedo, un trono muy alto donde se asienta la Naturaleza desnuda para respirar sus más puros aires y donde hubo unas minas romanas que nos dejaron bronces de Vera Trajano; sin dejar de avistar otros senos más profundos por la Cueta, donde reinan los gigantes de Cacavillo y Monte Igüero.
En Laciana hubo un Castro-rey, La Zamora, de donde partía, tajado en la dura roca, el legendario camino de La Serrantina, que iba hacia Asturias. La tradición cuenta que aquello de La Zamora fue un castillo y que había un túnel tapiado por el que sus antiguos moradores salían a surtirse de agua en el río. Esto nos dice el P. Morán, pero del Castro de a Zamora —que no castillo— sabemos nosotros alguna cosa más. En efecto, desde el castro hasta el río, baja un conducto, un canalito oculto, bien construido en piedra, que se descubre, intacto, en alguna de sus partes; un carril soterrado por donde los moradores del castro deslizaban sus vasijas, sujetas a sus cuerdas, para alcanzar y subir el agua que necesitaban. El Castro-rey de La Zamora, que no tiene nada que ver con la universal leyenda mora de las creencias vulgares, aunque enterradas sus ruinas y fundamentos, desde la acrópolis hasta los taludes y muros de su defensa y los habitáculos de sus gentes, permanece intacto, esperando la inteligente mano exploradora que ponga de manifiesto toda su grandeza. Mirando hacia los barrios de Sosas están las ruinas del caserío, las chozas circulares, testigos mudos pero elocuentes de lo que ahí registró la empinada y difícil existencia de los remotos antepasados. Cuando un día las gentes de La Zamora se vieron forzadas a descender del culmen milenario, sembraron el valle de mínimos poblados, que después y ahora son aldeas y villas florecientes.
Y siempre, a la llamada mágica de los crastros, entramos en Laciana, aunque sin olvidar que Babia arriba, aún seguirán los castros testimoniando la sembradora vida lejanísima, hasta llegar a los senos pastoriles de Meroy, al asiento señorial de Vega de Viejos y el puerto de los vaqueiros de Somiedo, un trono muy alto donde se asienta la Naturaleza desnuda para respirar sus más puros aires y donde hubo unas minas romanas que nos dejaron bronces de Vera Trajano; sin dejar de avistar otros senos más profundos por la Cueta, donde reinan los gigantes de Cacavillo y Monte Igüero.
En Laciana hubo un Castro-rey, La Zamora, de donde partía, tajado en la dura roca, el legendario camino de La Serrantina, que iba hacia Asturias. La tradición cuenta que aquello de La Zamora fue un castillo y que había un túnel tapiado por el que sus antiguos moradores salían a surtirse de agua en el río. Esto nos dice el P. Morán, pero del Castro de a Zamora —que no castillo— sabemos nosotros alguna cosa más. En efecto, desde el castro hasta el río, baja un conducto, un canalito oculto, bien construido en piedra, que se descubre, intacto, en alguna de sus partes; un carril soterrado por donde los moradores del castro deslizaban sus vasijas, sujetas a sus cuerdas, para alcanzar y subir el agua que necesitaban. El Castro-rey de La Zamora, que no tiene nada que ver con la universal leyenda mora de las creencias vulgares, aunque enterradas sus ruinas y fundamentos, desde la acrópolis hasta los taludes y muros de su defensa y los habitáculos de sus gentes, permanece intacto, esperando la inteligente mano exploradora que ponga de manifiesto toda su grandeza. Mirando hacia los barrios de Sosas están las ruinas del caserío, las chozas circulares, testigos mudos pero elocuentes de lo que ahí registró la empinada y difícil existencia de los remotos antepasados. Cuando un día las gentes de La Zamora se vieron forzadas a descender del culmen milenario, sembraron el valle de mínimos poblados, que después y ahora son aldeas y villas florecientes.