Celestialmente regido por Santo Tirso. La inocente chufla familiar de las vecindades próximas le dice: "Santo Tirso de Garaño coge las zorras pol rabo". Pero Santo Tirso, que es pequeñín y risueño, conoce bien su oficio y bendice a todos... Entre Mora y los Barrios, el Castro del Otero, que, entre las sombras de mi olvido y el matorral, envuelve el misterio de sus sepulturas; estas tumbas castreñas que son como granos muertos de vida que llevaron flor y fruto de vida a las aldeas del valle.
Sobre la negra roca atravesada, un día fundida en murallón y dique del lago glaciar, otro día rota por el empuje del lago mismo y ahora soldada por el hombre para hacer revivir el lago y domeñarlo a fin de prodigar vida y riqueza, la ruina de uno de los castillos más famosos del viejo reino astur-leonés, prisión del Conde de Saldaña Sancho Díaz, padre de Bernardo del Carpio. Así en la leyenda trágica y amante. Después, en la historia, con los condes de Luna, que alzados sobre el adarve pavoroso convocaban a las gentes para "facer castillaje" y partir "dende allí a conquistar la tierra... ". También en la historia, bajo los ateridos restos de la fortaleza, peto inexpugnable un día para la aceifa del segundo Amirí cordobés, prisión de reyes y caja fuerte del tesoro real legionense. Pero antes, mucho antes, debajo del castillo, cuando no había tal, el Castro, del que proceden piezas y testimonios, y se adivina el alarido de sus águilas humanas, desafiando con las puntas de sus cuchillos, a las Aguilas de Legión de la poderosa Roma. Así pudo ser cómo la prehistoria se fue haciendo historia, la historia crónica y la crónica romance o epopeya, Pero se hizo, sobre todo, vida; esa que palpita en la aldea del valle, acostada a la sombra del peñón, ya desguarnecido, los Barrios de Luna, divina estampa, capital de un muy antiguo y renombrado Concejo.
Sobre la negra roca atravesada, un día fundida en murallón y dique del lago glaciar, otro día rota por el empuje del lago mismo y ahora soldada por el hombre para hacer revivir el lago y domeñarlo a fin de prodigar vida y riqueza, la ruina de uno de los castillos más famosos del viejo reino astur-leonés, prisión del Conde de Saldaña Sancho Díaz, padre de Bernardo del Carpio. Así en la leyenda trágica y amante. Después, en la historia, con los condes de Luna, que alzados sobre el adarve pavoroso convocaban a las gentes para "facer castillaje" y partir "dende allí a conquistar la tierra... ". También en la historia, bajo los ateridos restos de la fortaleza, peto inexpugnable un día para la aceifa del segundo Amirí cordobés, prisión de reyes y caja fuerte del tesoro real legionense. Pero antes, mucho antes, debajo del castillo, cuando no había tal, el Castro, del que proceden piezas y testimonios, y se adivina el alarido de sus águilas humanas, desafiando con las puntas de sus cuchillos, a las Aguilas de Legión de la poderosa Roma. Así pudo ser cómo la prehistoria se fue haciendo historia, la historia crónica y la crónica romance o epopeya, Pero se hizo, sobre todo, vida; esa que palpita en la aldea del valle, acostada a la sombra del peñón, ya desguarnecido, los Barrios de Luna, divina estampa, capital de un muy antiguo y renombrado Concejo.