MANZANEDA DE OMAÑA: El otero, la colina, el morro que apunta de la montaña...

El otero, la colina, el morro que apunta de la montaña para erguirse sobre el tío y dominar el valle; las cadenas de alcores de cúspides meseteñas y laderas elaboradas de escotadura y bastión, siguen hablándonos, con y como notables reliquias arqueológicas y toponímicas, del rango de madres de nuevas comunidades territoriales, cuyos antiguos moradores, a impulsos de une ley tan biológica como histórica, descendieren al valle, desaparecida ya una razón de defensa o forzados al éxodo por las invasiones, hasta que, definitivamente, se abandonó el culmen edificado y fortificado del primer núcleo gentilicio, en cuyo derredor se esponjaron con nuevas generaciones los valles, las vegas y las ricas terrazas agrícolas.
Vamos a seguir ahora, como antes anunciábamos, siempre a la mítica evocación de los castros, el itinerario que parte de La Magdalena de Canales, enfocando el Valle de Luna y cruzando el de las Babias llega a Laciana, descendiendo por el alto Sil hasta Columbrianos. Es una reseña presurosa, como pide la ocasión y condiciona la evidente limitación de nuestros recursos intelectuales o culturales sobre tan apasionante tema. En este sentido quizás la simple reseña tenga la virtud de un brindis para estudiosos sobre un campo poco explorado y enormemente prometedor de tesoros y riquezas para el acervo cultural de nuestra región.

Apenas pasada La Magdalena, tendremos a la derecha, en un cabezo limpio y rocoso, el Castro de Garaño, del que dice la copla: "Balcón de valles queridos, / bastión de vientos huraños...". Fue un castro de brega mineral, como denuncian escorias y escombros calcinados; acaso, reducto de penetraciones fabriles de otras culturas. Es un alcor abierto entre dos valles estrechos, forestales y mineros., alzado sobre el gran valle del Río Mayor de Luna. Quedan sobre el del oeste los taludes defensivos y escalonados, perfectos. Sobre el de oriente serpea un arroyuelo que se llama del Alfolí, porque a su final existió un almacén morisco. Junto al castro, a su abrigo y ya sobre la vega, el pueblecito de Garaño, adormido al eco de consejas que del castro brotan, evanescentes y alucinantes