El color de la infamia La publicación de la pastoral desató el primer gran conflicto entre Fidel García y el Régimen del general Franco y, por supuesto, ni la prensa local ni la nacional se hicieron eco de ella. No se conocen con precisión todos los entresijos del conflicto con las autoridades, sólo de forma indirecta, a través de la carta que el propio Fidel remitió, el 8 de mayo de 1942, al ministro secretario de FET y de las JONS a causa de la censura, que impidió la publicación de la pastoral en el Semanario de la Acción Católica Diocesana. En su carta, Fidel establece con firmeza los límites de lo que considera un derecho, el de expresarse libremente, anteponiendo la palabra como única herramienta, eso sí, con toda la diplomacia y firmeza que se ha de suponer a un ministro de la Iglesia, al cual, bajo ningún pretexto gli deve mancar e finezza. Con tal actitud, necesariamente las autoridades debieron comprender que el omañés no sería precisamente una perita en dulce, sobre todo teniendo en cuenta el eco que su Pastoral tuvo en la Europa democrática, donde hasta la BBC se hizo eco de ella, para alabarla. En Europa se valoró en su justa medida, como la denuncia de un hombre valiente que utilizaba el poder que la Iglesia le había confiado no para medrar allí donde otros lo hicieron sin recato, sino para permanecer fiel a sus principios sin que le temblara la mano a la hora de señalar las rendijas por las que supuraba un Régimen que en nada tenía en cuenta los derechos elementales de la persona. En cualquier caso, es de rigor señalar que, constituyendo el episodio de la pastoral la gran «ofensa» de Fidel para con un gobierno que no le perdonaría, tampoco fue la única, ya que, según asegura el magistrado Antonio Arizmendi, en 1947 publicó una carta en la que ponía en duda la legitimidad del referéndum de dicho año sobre la sucesión a la Corona. Pero, para entonces, su persona ya era el centro de atención de los sabuesos de la policía militar que le «fabricaron» una vida paralela en la que se mezclaban burdeles, juergas en la Feria de Sevilla, tardes de toros, noches en salas de fiestas y correrías sin fin. Un burdo montaje fotográfico, en el que aparecía rodeado de putas en un cabaré, y en la habitación de un hotel en un burdel de Barcelona, levantó una polvareda que hizo incluso revolverse a los demás obispos, que conocían sus «rígidas costumbres de intelectual dedicado a los libros», como señala E. Miret Magdalena. No sirvió de nada, el supuesto reportaje fue enviado a Roma que, por cierto, no dijo ni esta boca es mía y Fidel, probablemente cansado de ver tan de cerca el rostro de la infamia, renuncia a su diócesis el 9 de mayo de 1953, después de 32 años ininterrumpidos, para dedicarse de lleno al estudio en compañía de los Jesuitas en Oña y después en Deusto, haciendo vida de comunidad hasta su fallecimiento, que tuvo lugar el 10 de febrero de 1973. El otro Fidel No le haría justicia a este ILUSTRE OMAÑES que su incuestionable coraje a la hora de articular sus relaciones con el poder ocultara algunos aspectos de su vida que, por ser menos conocidos, no resultan por ello menos relevantes a la hora de establecer el debe y el haber para con la sociedad que le tocó vivir. Uno de ellos es su excelente gestión de los asuntos de la diócesis.