EL PALO DE LOS POBRES
(Circa 1850)
En la aldaba
que está embajo del balcón,
alantre de mi puerta,
en Nochebuena,
entávia pican en auxilio
los chancletas y méndigos
con acento,
para comer cuchiflitos y viandas,
en mi amplia casona de acogida,
de rústica piedra, de amable pausa.
Son numerosos y hay nevada con ventisca,
y por la fría impaciencia de la espera,
espelurciados, hambrientos, quejumbrosos están,
mas no se emburrian ni se palestrinan,
ni tiran de cheira ni de cachiporra,
son humildes buenas gentes
de heráldica pobreza.
Albertido, yo entoncies,
dándome modo, sin esparabanes,
asusanando a Renuvero, en broma,
salgo a la puerta y digo, con mucho aquél:
¡Abavos! vais a arramar el húmedo rocío
sobre vuestros bellos alamares,
y se calman y ríen.
Convidados, de uno en uno pasan.
Emprencipian cogiendo las cacias,
los cuchares y las beboras para el secaño,
y arrellanados sobre la larga mesa de pino,
llena de carracas, comen a esgalla hasta saciarse,
y gozan y se alegran de plena conformidad.
Aluego corre leche y miel que migan
con la farraspa de la fogaza,
que antes han esmiajao.
Pocos no falan nada, sólo mascan.
Entre ellos no hay morugos ni foscos.
Casi todos, bienaventurados, sin lágrimas,
parecen las sonajas de la pandereta.
¡Juasús que agradecidas gentes!
Es cierto, sí, después de lamberse
los dedos desde la réiz de las uñas,
el focico se lo limpian con las manos,
hasta los jarandos; mas siempre
en mi corazón su desventura.
Al acabar la cena, sin alabancia,
como buen cristiano, a los más lambrones
o necesitados les meto en el zurrón
un compango de queso, carne o jamón,
a modo de comuelgo de confradía,
y también cazapetos
para aliviar la enjundia de gallina,
que enrita la barriga.
Ya alta la noche, al salir al cielo raso,
algunos espirrian, por la fuerte falisca;
otros desatorgan la minga sobre el muradal;
cualisquiera se pega un jostrazo, por la pella;
y en patolea todos, al cabo, excolumbran...
Y así
hasta la próxima,
lambiofando mentres tanto
de aquí y de allá;
habitando el ensimismado silencio,
cada uno según su propia senda,
empinado camino que labró el destino,
bajo la desteñida luna...
¡Bienaventurados, para siempre jamás!
Villarín
(Circa 1850)
En la aldaba
que está embajo del balcón,
alantre de mi puerta,
en Nochebuena,
entávia pican en auxilio
los chancletas y méndigos
con acento,
para comer cuchiflitos y viandas,
en mi amplia casona de acogida,
de rústica piedra, de amable pausa.
Son numerosos y hay nevada con ventisca,
y por la fría impaciencia de la espera,
espelurciados, hambrientos, quejumbrosos están,
mas no se emburrian ni se palestrinan,
ni tiran de cheira ni de cachiporra,
son humildes buenas gentes
de heráldica pobreza.
Albertido, yo entoncies,
dándome modo, sin esparabanes,
asusanando a Renuvero, en broma,
salgo a la puerta y digo, con mucho aquél:
¡Abavos! vais a arramar el húmedo rocío
sobre vuestros bellos alamares,
y se calman y ríen.
Convidados, de uno en uno pasan.
Emprencipian cogiendo las cacias,
los cuchares y las beboras para el secaño,
y arrellanados sobre la larga mesa de pino,
llena de carracas, comen a esgalla hasta saciarse,
y gozan y se alegran de plena conformidad.
Aluego corre leche y miel que migan
con la farraspa de la fogaza,
que antes han esmiajao.
Pocos no falan nada, sólo mascan.
Entre ellos no hay morugos ni foscos.
Casi todos, bienaventurados, sin lágrimas,
parecen las sonajas de la pandereta.
¡Juasús que agradecidas gentes!
Es cierto, sí, después de lamberse
los dedos desde la réiz de las uñas,
el focico se lo limpian con las manos,
hasta los jarandos; mas siempre
en mi corazón su desventura.
Al acabar la cena, sin alabancia,
como buen cristiano, a los más lambrones
o necesitados les meto en el zurrón
un compango de queso, carne o jamón,
a modo de comuelgo de confradía,
y también cazapetos
para aliviar la enjundia de gallina,
que enrita la barriga.
Ya alta la noche, al salir al cielo raso,
algunos espirrian, por la fuerte falisca;
otros desatorgan la minga sobre el muradal;
cualisquiera se pega un jostrazo, por la pella;
y en patolea todos, al cabo, excolumbran...
Y así
hasta la próxima,
lambiofando mentres tanto
de aquí y de allá;
habitando el ensimismado silencio,
cada uno según su propia senda,
empinado camino que labró el destino,
bajo la desteñida luna...
¡Bienaventurados, para siempre jamás!
Villarín