Un caso concreto y real de hechizamiento o mal de ojo lo contaba Carolina Geijo en Val de San Lorenzo: decía que había una vecina del pueblo a quien se le enfermó un caballo; la mujer decidió entonces llevar el animal a un curandero, y éste dijo que el caballo estaba embrujado por una vecina que la quería mal; podía saber de quién se trataba porque en el lomo del caballo aparecería la inicial del nombre de la bruja. Al parecer así fue: se trataba de la ti María. Posteriormente este mismo caso fue recordado por su hija Dolores de esta manera: había una señora hombruna en Val de San Lorenzo, cuyas caballerías empezaron a morir “de torzón” y porque no orinaban. Dos cabalgaduras había ya perdido, y a la otra poco le faltaba, cuando fue a ver a una bruja que había en Espadañedo para que le resolviera el problema. La meiga le dijo que todo aquello se debía a un conjuro que había hecho una vecina amiga suya, también bruja, que le había echado, por envidia, el mal de ojo a los animales, puesto que éstos seguro que tenían una “M” marcada en el anca, y que el nombre de esta vecina empezaba por la misma letra. También le dijo que en el camino de vuelta se encontraría con ella, la saludaría amablemente y conversarían las dos al llegar a su casa. Le indicó que fuera a la cuadra y mirara junto a la pata del animal, donde había grabada una “M” inicial del nombre de la bruja y causante del maleficio. Dio la casualidad que por el camino de Santiagomillas, la maragata se encontró con una vecina suya que andaba limpiando la huerta de hierbas, llamada María, y la saludó. No esperó más. Allí mismo le sacudió tal paliza que la dejó medio muerta de golpes con el estoque. Poco después se la encontró ensangrentada, muriendo a los pocos días de la paliza recibida. ¡Y seguro que ni era bruja ni nada, pero la otra lo creyó y le dio de golpes con la fusta!.