MANZANEDA DE OMAÑA: Se llamaba "acarrear" a la faena de llevar el centeno...

Se llamaba "acarrear" a la faena de llevar el centeno y trigo segado y atado en manojos a la era. Se solía hacer en las primeras horas de la mañana. Los manojos se carga­ban en los carros preparados con unas "pernillas especiales" utilizadas sólo para este trabajo, distintas de las de la hierba, con los palos verticales más juntos. Las espigas de los manojos siempre se ponían hacía dentro para evitar que cayese alguna por el camino. Como los caminos no eran excesivamente buenos, a veces, había que "tener" o "sujetar" el carro, para evitar que pudiese "baltarse" (dar la vuelta).

Al llegar a las "eras" con el centeno, este se colocaba "ar­tísticamente" en feginas (la realización de estas feginas se llamaba "afeginar") o en "morenas" o "morenales". El centeno, que era mucho mayor en volumen que el trigo se solía poner en feginas y el trigo en morenas. Las feginas se hacían en forma de "conos", con una base amplia circular, con la paja de los manojos hacia afuera; las primeras hileras que se superponían a la primera se sacaban un poco hacia afuera para darle mayor capacidad (la primera era más pequeña porque esos manojos en contacto con el suelo se solían humedecer y estropear); las demás hileras de manojos se iban cerrando o retirando un poco hacia dentro y así sucesivamente hasta completar la fegina (no siempre era fácil calcular la velocidad de cierre depen­diendo de los carros de manojos); a veces había que hacer un morenal con los ùltimos manojos. No hace falta decir que con esta técnica de la fegina lo que se intentaba era proteger el centeno, principalmente la espiga, de las posibles lluvias, puesto que podían pasar unos días antes de las majas o trilla. No era infrecuente ver visitas de los vecinos para alabar o censurar el terminado de tal o cual fegina, y ver al mismo tiempo quiénes eran los que recogían más pan.

Ya Alonso de Herrera recogía de los romanos la necesidad de hacer con las gavillas "unas muelas redondas de hechura de un torrejón, bien apretadas, y el espiga hacia dentro, porque así ni el agua las pueda calar, ni bestia alguna sacar el espiga