pasado domingo 4 de mayo de este año, el lacianiego Víctor del Reguero publicaba en el suplemento FILANDÓN, incluido los domingos en las páginas de DIARIO DE LEÓN, un artículo muy interesante relacionado con la madre del dramaturgo asturiano Alejandro Casona.
Con el permiso del autor y considerándolo de interés para la comarca de Omaña y, generalmente, el resto de la montaña occidental, hemos considerado interesante publicarlo en este foro para que quienes no tuvieron la oportunidad de leerlo en su día puedan hacerlo ahora. Muchas gracias al autor la cortesía que ha tenido al facilitárnoslo.
FAUSTINA ÁLVAREZ GARCÍA. EL RECUERDO DE UNA LEONESA ANÓNIMA Y DESCONOCIDA (Víctor del Reguero. Diario de León, Suplemento Filandón, domingo 4 de mayo de 2003)
Se conmemora este año el centenario del nacimiento del dramaturgo asturiano Alejandro Casona, célebre autor de innumerables y prolijas obras de teatro glosadas en el mundo entero. Conocido y admirado como pocos, no lo fue así su madre. Omañesa de Canales, defendió los derechos de la mujer y dedicó su vida a sus dos grandes pasiones: la enseñanza y su familia. Una leonesa anónima y desconocida que, sin duda, merece ser recordada.
“En diecisiete de febrero de mil ochocientos setenta y cuatro, don Luis Álvarez, Presbítero, con mi licencia de infrascrito Cura párroco de San Juan de Renueva, bautizó solemnemente, puso el Santo Óleo y Sagrado Crisma a una niña que, según declararon sus padres, había nacido el día quince de dicho mes a las dos y media de la tarde, púsola por nombre Faustina, Margarita, Filomena”. Había sido el 15 de febrero de 1.874 cuando, doña Faustina Álvarez García, nacía en la ciudad leonesa.
Hija de don José Álvarez de Castro, nacido en Mena de Babia en 1.815, y doña María Manuela García Flórez, nacida en 1.833 en Barrio de la Puente, pronto se fue a la localidad omañesa de Canales, donde recibió sus primeras letras y vivió sus primeros años. Residió en la llamada “Casa de los siete balcones”, que más tarde inspiraría una de las obras de su hijo Alejandro, y ya daba entonces claras muestras de su gran inteligencia, cuando algunos de sus profesores gozaban dialogar con ella durante extendidas charlas. Su madre no veía bien aquella desmedida afición lectora, que muchos elogiaban, pues quería que tan sólo se dedicara a las tareas del campo, y Faustina –entonces una niña– se veía obligada a esconderse debajo de las faldas de una mesa camilla para disfrutar haciendo lo que más le gustaba: leer.
La primera plaza que ocupó como maestra fue en Llanos de Alba, una pequeña aldea montañesa cercana a La Robla. Fue allí cuando, un día de 1.895, estaba asomada al balcón de la casa que compartía con varias maestras de la zona y pasaron dos jóvenes; uno era Gabino Rodríguez Álvarez, un asturiano destinado a Riello como maestro, y el otro un mozo del pueblo que había acudido a esperarle en la estación ferroviaria de La Robla. Don Gabino charló animadamente con todas las maestras y ellas le ofrecieron un chocolate, muy popular entonces. El asturiano dijo posteriormente que “aquel chocolate fue el principio del fin”, en alusión a aquel encuentro que, pocos años después, terminó en boda.
Pero no todo fue un camino de rosas a partir de entonces. Doña Faustina tuvo que abandonar su amada provincia, debido a que fue destinada a la aldea de Besullo. Al mismo tiempo, tenía dos hijas muy pequeñas y estaba al nacer Alejandro. Don Gabino, sin embargo, se mantenía lejano en Barcia (Luarca), donde tenía el puesto de maestro. Doña Faustina solicitaba insistentemente plaza para allí, con el fin de estar más cerca de su marido, pero no le fue concedida hasta 1.908. Y entonces don Gabino, sin saber nadie el porqué, se trasladó a Villaviciosa, donde permanece hasta 1.913.
La distancia del matrimonio nunca estaba exenta de comentarios y suspicacias, que hablaban sobre ciertas dificultades y desavenencias entre los dos maestros. Cuentan algunas fuentes orales como, doña Faustina, acudía todos los sábados a Luarca para estar más cerca de su marido. Iba todos los fines de semana, sin ninguna excepción, con la esperanza de que él estuviera esperándola a su llegada y permaneciera todo el día con ella y sus hijos. Pero parece ser que, don Gabino, prefería estar con sus amigos echando la partida en el bar que ir a esperar a sus hijos y su esposa.
Con el permiso del autor y considerándolo de interés para la comarca de Omaña y, generalmente, el resto de la montaña occidental, hemos considerado interesante publicarlo en este foro para que quienes no tuvieron la oportunidad de leerlo en su día puedan hacerlo ahora. Muchas gracias al autor la cortesía que ha tenido al facilitárnoslo.
FAUSTINA ÁLVAREZ GARCÍA. EL RECUERDO DE UNA LEONESA ANÓNIMA Y DESCONOCIDA (Víctor del Reguero. Diario de León, Suplemento Filandón, domingo 4 de mayo de 2003)
Se conmemora este año el centenario del nacimiento del dramaturgo asturiano Alejandro Casona, célebre autor de innumerables y prolijas obras de teatro glosadas en el mundo entero. Conocido y admirado como pocos, no lo fue así su madre. Omañesa de Canales, defendió los derechos de la mujer y dedicó su vida a sus dos grandes pasiones: la enseñanza y su familia. Una leonesa anónima y desconocida que, sin duda, merece ser recordada.
“En diecisiete de febrero de mil ochocientos setenta y cuatro, don Luis Álvarez, Presbítero, con mi licencia de infrascrito Cura párroco de San Juan de Renueva, bautizó solemnemente, puso el Santo Óleo y Sagrado Crisma a una niña que, según declararon sus padres, había nacido el día quince de dicho mes a las dos y media de la tarde, púsola por nombre Faustina, Margarita, Filomena”. Había sido el 15 de febrero de 1.874 cuando, doña Faustina Álvarez García, nacía en la ciudad leonesa.
Hija de don José Álvarez de Castro, nacido en Mena de Babia en 1.815, y doña María Manuela García Flórez, nacida en 1.833 en Barrio de la Puente, pronto se fue a la localidad omañesa de Canales, donde recibió sus primeras letras y vivió sus primeros años. Residió en la llamada “Casa de los siete balcones”, que más tarde inspiraría una de las obras de su hijo Alejandro, y ya daba entonces claras muestras de su gran inteligencia, cuando algunos de sus profesores gozaban dialogar con ella durante extendidas charlas. Su madre no veía bien aquella desmedida afición lectora, que muchos elogiaban, pues quería que tan sólo se dedicara a las tareas del campo, y Faustina –entonces una niña– se veía obligada a esconderse debajo de las faldas de una mesa camilla para disfrutar haciendo lo que más le gustaba: leer.
La primera plaza que ocupó como maestra fue en Llanos de Alba, una pequeña aldea montañesa cercana a La Robla. Fue allí cuando, un día de 1.895, estaba asomada al balcón de la casa que compartía con varias maestras de la zona y pasaron dos jóvenes; uno era Gabino Rodríguez Álvarez, un asturiano destinado a Riello como maestro, y el otro un mozo del pueblo que había acudido a esperarle en la estación ferroviaria de La Robla. Don Gabino charló animadamente con todas las maestras y ellas le ofrecieron un chocolate, muy popular entonces. El asturiano dijo posteriormente que “aquel chocolate fue el principio del fin”, en alusión a aquel encuentro que, pocos años después, terminó en boda.
Pero no todo fue un camino de rosas a partir de entonces. Doña Faustina tuvo que abandonar su amada provincia, debido a que fue destinada a la aldea de Besullo. Al mismo tiempo, tenía dos hijas muy pequeñas y estaba al nacer Alejandro. Don Gabino, sin embargo, se mantenía lejano en Barcia (Luarca), donde tenía el puesto de maestro. Doña Faustina solicitaba insistentemente plaza para allí, con el fin de estar más cerca de su marido, pero no le fue concedida hasta 1.908. Y entonces don Gabino, sin saber nadie el porqué, se trasladó a Villaviciosa, donde permanece hasta 1.913.
La distancia del matrimonio nunca estaba exenta de comentarios y suspicacias, que hablaban sobre ciertas dificultades y desavenencias entre los dos maestros. Cuentan algunas fuentes orales como, doña Faustina, acudía todos los sábados a Luarca para estar más cerca de su marido. Iba todos los fines de semana, sin ninguna excepción, con la esperanza de que él estuviera esperándola a su llegada y permaneciera todo el día con ella y sus hijos. Pero parece ser que, don Gabino, prefería estar con sus amigos echando la partida en el bar que ir a esperar a sus hijos y su esposa.