Un suspiro de lejanía
Dicen que en Omaña los montes suspiran, lo que de nuevo retrae esa imaginación romántica que deposita el sentimiento en el paisaje. Un suspiro de lejanía, también, por desgracia, de abandono. En la correspondencia paralela de los ríos que surcan los valles hermanos: el Luna y el Omaña, también existe la correspondencia de dos héroes legendarios atados al surco de esos ríos. Se trata de Bernardo del Carpio y don Ares de Omaña, dos héroes juveniles marcados por la melancolía y la desgracia. Bernardo tuvo prisionero a su padre en el castillo de Luna y paseó la forzada orfandad por aquellos parajes antes de emprender los hechos de su gloria y enfrentarse al mismísimo Carlomagno en Roncesvalles. A don Ares lo degolló su tío el Adelantado en el colmo de una venganza sustentada en el odio, cuando todavía era un mozalbete ingenuo y voluntarioso, a quien las gentes de la ribera advirtieron desoladas en su irremediable camino.
Los romances dejan constancia de ese destino de leyenda, y en las noches vecinales de los valles siempre se rememoró el trance de los héroes que no sólo se miraban en los ríos, sino que también se bañaban en ellos y pescaban las hermosas truchas que muchos siglos después todavía tuvo la suerte de volver a pescar Miguel Delibes, según nos cuenta en su inolvidable Mis amigas las truchas.
Dicen que en Omaña los montes suspiran, lo que de nuevo retrae esa imaginación romántica que deposita el sentimiento en el paisaje. Un suspiro de lejanía, también, por desgracia, de abandono. En la correspondencia paralela de los ríos que surcan los valles hermanos: el Luna y el Omaña, también existe la correspondencia de dos héroes legendarios atados al surco de esos ríos. Se trata de Bernardo del Carpio y don Ares de Omaña, dos héroes juveniles marcados por la melancolía y la desgracia. Bernardo tuvo prisionero a su padre en el castillo de Luna y paseó la forzada orfandad por aquellos parajes antes de emprender los hechos de su gloria y enfrentarse al mismísimo Carlomagno en Roncesvalles. A don Ares lo degolló su tío el Adelantado en el colmo de una venganza sustentada en el odio, cuando todavía era un mozalbete ingenuo y voluntarioso, a quien las gentes de la ribera advirtieron desoladas en su irremediable camino.
Los romances dejan constancia de ese destino de leyenda, y en las noches vecinales de los valles siempre se rememoró el trance de los héroes que no sólo se miraban en los ríos, sino que también se bañaban en ellos y pescaban las hermosas truchas que muchos siglos después todavía tuvo la suerte de volver a pescar Miguel Delibes, según nos cuenta en su inolvidable Mis amigas las truchas.
buenos dias a todo@s! me encanta esta parte de el viajero. es tan romantica.........! que paseis un dia estupendo y disfrutar de las pequeñas cosas