Vanos: ventanas
Las ventanas siempre fueron de pequeño tamaño por falta de soluciones constructivas y para evitar la entrada de frío. Desde un primer momento tuvieron derrame interior, además de poseer una construcción muy simple, pues se practicaban en el muro sin marcos o con dos pequeñas losas con una tercera actuando de cabecero. Más sencillos son los respiraderos, hechos con dos piedras y una losa, algunos con un ancho no superior a dos dedos. Se encuentran en zonas bajas de la casa, coincidiendo con bodegas o establos. Teniendo en cuenta que éstos eran una fuente de calor, no es extraño la angostura de los huecos para evitar su pérdida. En otros casos se trata de una pieza monolítica labrada.
La otra tipología a tener en cuenta dentro de la concepción constructiva más primaria, es la de aquellas ventanas que poseen dintel y marcos de madera, que pueden presentar:
– barrote a modo de parteluz del mismo material
– cierre de madera a falta de cristal, con un pequeño hueco en uno de los cuarterones para la entrada de luz y ventilación
– cierre de madera con un hueco central
Sin embargo, las realizadas con sillares de piedra escuadrados son las más abundantes e, incluso, algunas con ciertos elementos ornamentales. La disposición más sencilla se compone de cuatro sillares anchos para sujetar el hueco y evitar que se derrumbe la pared. Estas labras con derrame son copia de las que se hacen en iglesias y en las casas armeras de la nobleza de la zona, como es visible en los restos del edificio del marqués de Inicio, en el respiradero circular monolítico de Ceide o en aquellos abocinados con una concha venera en la parte superior, como ocurre en Villaceid, a imitación de la ermita arruinada de Orrios. Las de los pisos bajos, a pesar de su pequeñez, se defendían con barrotes de sección cuadrada o circular, cuya reproducción encontramos en Villayuste. En otras, la presencia de la cruz tallada en el dintel defendería la casa de brujas y malos hados, según la creencia popular.
A medida que los vanos son mayores, los elementos de piedra que los forman también aumentan de tamaño, haciéndose cada vez más complejas las combinaciones de los sillares para repartir los empujes verticales del muro. Pero las mejoras no se detuvieron en estos modelos. Se utilizaron métodos de protección contra el frío, tales como vidrio traslúcido, pero no transparente, de baja calidad (Ariego de Abajo), o bien ingeniosas marcaciones exteriores para poder instalar un doble cuarterón, que sería el equivalente a la actual doble ventana. De hecho, en algunas paredes hay rastros de los herrajes que alojaban los citados cuarterones. Sobre esta experiencia se evolucionó con la instalación de la propia ventana en el mismo plano de la pared exterior, evitando la pérdida de luz con el derrame, si se hubiera colocado al mismo nivel de la pared interior.
También se colocaron tejaroces de losa y de teja, y peanas, aunque, bien es cierto, que tampoco las necesitaban, pues al poseer un amplio derrame por la anchura de los muros, el sillar inferior actuaba como tal.
Ya en el siglo XX, los cercos de las ventanas se resolvieron con ladrillo macizo y hueco, algo que hacía variar el aspecto exterior de las casas e iniciaba una nueva estética y versatilidad en el uso de los materiales.
Además de los respiraderos y las ventanas, la tercera posibilidad en el conjunto de vanos es el balcón, implicando un hueca mayor y el empleo de la forja en el pretil, elemento susceptible de presentar aspectos decorativos que aparecen en las tipologías arquitectónicas evolucionadas, especialmente a principios del siglo XX.
Las ventanas siempre fueron de pequeño tamaño por falta de soluciones constructivas y para evitar la entrada de frío. Desde un primer momento tuvieron derrame interior, además de poseer una construcción muy simple, pues se practicaban en el muro sin marcos o con dos pequeñas losas con una tercera actuando de cabecero. Más sencillos son los respiraderos, hechos con dos piedras y una losa, algunos con un ancho no superior a dos dedos. Se encuentran en zonas bajas de la casa, coincidiendo con bodegas o establos. Teniendo en cuenta que éstos eran una fuente de calor, no es extraño la angostura de los huecos para evitar su pérdida. En otros casos se trata de una pieza monolítica labrada.
La otra tipología a tener en cuenta dentro de la concepción constructiva más primaria, es la de aquellas ventanas que poseen dintel y marcos de madera, que pueden presentar:
– barrote a modo de parteluz del mismo material
– cierre de madera a falta de cristal, con un pequeño hueco en uno de los cuarterones para la entrada de luz y ventilación
– cierre de madera con un hueco central
Sin embargo, las realizadas con sillares de piedra escuadrados son las más abundantes e, incluso, algunas con ciertos elementos ornamentales. La disposición más sencilla se compone de cuatro sillares anchos para sujetar el hueco y evitar que se derrumbe la pared. Estas labras con derrame son copia de las que se hacen en iglesias y en las casas armeras de la nobleza de la zona, como es visible en los restos del edificio del marqués de Inicio, en el respiradero circular monolítico de Ceide o en aquellos abocinados con una concha venera en la parte superior, como ocurre en Villaceid, a imitación de la ermita arruinada de Orrios. Las de los pisos bajos, a pesar de su pequeñez, se defendían con barrotes de sección cuadrada o circular, cuya reproducción encontramos en Villayuste. En otras, la presencia de la cruz tallada en el dintel defendería la casa de brujas y malos hados, según la creencia popular.
A medida que los vanos son mayores, los elementos de piedra que los forman también aumentan de tamaño, haciéndose cada vez más complejas las combinaciones de los sillares para repartir los empujes verticales del muro. Pero las mejoras no se detuvieron en estos modelos. Se utilizaron métodos de protección contra el frío, tales como vidrio traslúcido, pero no transparente, de baja calidad (Ariego de Abajo), o bien ingeniosas marcaciones exteriores para poder instalar un doble cuarterón, que sería el equivalente a la actual doble ventana. De hecho, en algunas paredes hay rastros de los herrajes que alojaban los citados cuarterones. Sobre esta experiencia se evolucionó con la instalación de la propia ventana en el mismo plano de la pared exterior, evitando la pérdida de luz con el derrame, si se hubiera colocado al mismo nivel de la pared interior.
También se colocaron tejaroces de losa y de teja, y peanas, aunque, bien es cierto, que tampoco las necesitaban, pues al poseer un amplio derrame por la anchura de los muros, el sillar inferior actuaba como tal.
Ya en el siglo XX, los cercos de las ventanas se resolvieron con ladrillo macizo y hueco, algo que hacía variar el aspecto exterior de las casas e iniciaba una nueva estética y versatilidad en el uso de los materiales.
Además de los respiraderos y las ventanas, la tercera posibilidad en el conjunto de vanos es el balcón, implicando un hueca mayor y el empleo de la forja en el pretil, elemento susceptible de presentar aspectos decorativos que aparecen en las tipologías arquitectónicas evolucionadas, especialmente a principios del siglo XX.