El dulce más simple es el más extendido por toda la geografía leonesa. No hay fiesta, celebración o conmemoración en esta tierra donde falte. Roscón de bodas, roscón de Babia, roscón maragato, de Reyes... esta dulce redondez acompaña el sentir leonés siempre tan redondo en corros de aluche, corro de concejo o corro de chapas. Tan dulce como el roscón es sí, han sido las circunstancias de su fabricación. Antes del individualismo productor alcanzado merced a los electrodomésticos, los roscones, como el resto de la dulcería, se realizaba de manera vecinal. En fechas previas a la fiesta o acontecimiento, las mozas y mujeres se reunían en la casa que mejor horno tuviera o, más tarde, en una panadería del pueblo, y, en corro, comenzaban a batir los huevos y el azúcar en los calderos de latón. Los niños más golosos procuraban estar cerca par arrebañar aquella delicia resultante. Luego el horno desprendía un olor que era el preludio de un tiempo risueño. Nadie que asistiera a estos sortilegios habrá olvidado el olor del roscón. De vuelta a casa, el ama, se cuidaba de guardar con siete llaves la ambrosía de los pobres. Roscón de Santa Marina. Fue costumbre, en este barrio leonés el celebrar la Santa con un enorme roscón elaborado -al decir de Héctor Luis Suárez- "con más de cincuenta docenas de huevos: el que más huevos tenía de todo León"